Decir la verdad, ese es el oficio del escritor, podría pensarse, pero el escritor mismo casi al instante contestaría: ¡Eso es muy pretencioso! ¡No, señor, ese no es el oficio del escritor! Más bien éste: contar cosas de la gente, lo que hace, lo que siente, lo que piensa. Podría ser esto, aunque inmediatamente podrían surgir objeciones como esta: ese es propiamente el oficio del periodista, y no todos los periodistas son escritores, no obstante que escriban todo el tiempo.
¿Qué es lo que define a un escritor? Sin duda, que escribe textos, que a eso se dedica de forma más o menos ordinaria y que de ahí, del oficio, come, le pagan, vive. Escribe libros, no sé, si pienso en algunos escritores me vienen a la mente casi naturalmente Elías Canetti, Albert Camus, Franz Kafka, José Revueltas, pero inmediatamente surge la distinción, bueno, propiamente unos son novelistas, otros ensayistas, otros compositores de teatro, en fin, otros poetas, otros filósofos.
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Porque, en efecto, no por escribir textos alguien se vuelve escritor. El investigador en la universidad escribe textos (a veces los mal escribe, claro está), lo mismo hace el abogado, el magistrado (o su secretario), el periodista, el novelista, el poeta, el ensayista, y no por eso necesariamente se tornan escritores, aunque es verdad que el periodista, el novelista, el poeta y el ensayista se encuentran más cerca de eso que llamamos escritor, tal vez porque, en el caso del profesor universitario o investigador, además de escribir sus textos practican la docencia, la promoción y difusión de la cultura o alguna otra cosa, o el periodista, además de escribir, se involucra en la grilla de los asuntos públicos, y así también el abogado y el magistrado y, en suma, su carácter de confeccionistas de textos no los hace ser escritores.
En cambio el ensayista, el novelista, el poeta, de una o de otra manera, se encuentran en el horizonte del texto mismo, dependen de él de una manera casi vital: escriben para vivir y viven para escribir. Un poco (o un mucho también) como escribe Octavio Paz en La casa de la presencia:
“He escrito y escribo movido por impulsos contrarios: para penetrar en mí y para huir de mí, por amor a la vida y para vengarme de ella, por ansia de comunión y para ganarme unos centavos, para preservar el gesto de una persona amada y para conversar con un desconocido, Por deseo de perfección y para desahogarme, para detener al instante y para echarlo a volar. En suma, para vivir y sobrevivir. Por esto, porque estoy vivo todavía, escribo ahora estas líneas. ¿Sobreviviré? Ni lo sé ni me importa: el ansia de supervivencia es, tal vez, una locura pero es una locura ingénita, común, inextinguible.” (Obras completas, 15 tomos, Círculo de lectores/FCE, tomo 1: 15).
Es difícil vivir o sobrevivir de este oficio sin encadenarse a algún tipo de poder, de hecho, como señalaba Vargas Llosa en algún programa de televisión en los noventa: en México los intelectuales (y los escritores en esto lo son con cierta plenitud) se han acomodado a algún tipo de estímulo –ya sea económico o de alguna función burocrática- de los que detentan el poder, y aunque han hecho la crítica, lo han formulado desde ciertos márgenes que no cuestionan seriamente al poder. Pero dejemos este caso que podría sonar a una malformación de los intelectuales y, en lo que nos toca al tema, a los escritores. Volvamos mejor, como lo ilustra el caso de Vaclav Havel: el oficio del poeta y del escritor que se compromete con la verdad. Porque ante los poderosos, ante cualquier tipo de poder, ante el tirano, no hay más que decir la verdad, casarse con la verdad y eso lo puede hacer el escritor, habitualmente lo hace el escritor. Un primer modo, según el poeta, escritor y presidente de su nación, de ese comprometerse con la verdad es salir de la simulación: no se puede simular si en verdad se quiere ser un buen escritor.
Ese compromiso con la verdad no sólo es del escritor, sino de cualquier persona que se cansa de la simulación gubernanental. Y Havel –en El poder de los sin poder- comenta el ejemplo de un tendero en la Checoslovaquia comunista en los años sesenta o setenta, que tenía que colocar, junto a los productos que vendía, un letrero de sintonía con el régimen (“¡Proletarios de todo el mundo, uníos!”), y el inspector pasaba cada determinado tiempo para checar que estuviera el letrero y que el tendero se mostrara su adhesión. Hasta que éste se cansó de esa simulación y, un buen día, decidió quitar ese letrero: se sintió liberado. Sufrió la consecuencia, fue encarcelado, pero aun así se sintió libre: ya no simulaba más. Y su ejemplo cundió pronto. La historia es harto conocida, fueron los cimientos de la liberación de la república Checa y de Eslovaquia que culminó con la caída del comunismo en Europa oriental.
Las dos pretensiones señaladas arriba, la de Paz y la Havel, se me hacen nobles y orientadoras, porque, en efecto, escribir debería servir para vivir y sobrevivir, para ser libre, escribir con libertad –sin las censuras o autocensuras para congraciarse con los detentadores del poder, ni menos para seguir sus consignas- tendría que recordarnos ese aforismo que, de joven, hace ya algunas primaveras, leí con entusiasmo: “El que no vive para servir, no sirve para vivir”.
Una postura más, la de Vargas Llosa en La verdad de las mentiras, se me hace conmovedora; hablando del novelista y de las novelas, que es otra forma de escribir y de señalar la verdad de las cosas, lo que provocan esas historias son, por un lado, cuando las condiciones de libertad y de vida son precarias, el deseo de libertad, de construir algo mejor, de vivir en mejores condiciones humanas y de bienestar. Es el afán de vivir mejor. Y, por el otro lado, cuando las cosas van bien –o en apariencia van bien-, esas historias, esos textos que hace el escritor, sirven para cuestionar todo, para demoler incluso los cimientos de nuestras convicciones, con el afán desde luego de lograr algo mejor humana y socialmente.
Vivir, sobrevivir, ser libre, mejorar, cuestionar, pueden ser las puntas de una estrella que, por ahora, llamaríamos “estrella del escritor”. Con ella sobreviviremos en medio de esta ciudad estrangulada todos los días por quién sabe qué para generar un tráfico espantoso que se traduce de facto en pérdidas millonarias de horas-persona. Y, en unos meses, habremos de sobrevivir la elección del nuevo gobernador (o gobernadora, de entre las posibles) que, como suele darse en la praxis política, todo apunta a elegir a la parte menos mala. El escritor podría, entonces, imaginar un mundo mejor, y sus lectores desear ese mundo de tal suerte que, como las gotas que componen el mar, juntos inspiraran los nuevos oleajes de una sociedad que busca algo mejor, que no está de acuerdo con el tráfico provocado por la promoción de una administración ni mucho menos con las toneladas de dinero desperdiciado en la publicidad. Menos cuando sectores sociales padecen la pobreza, la exclusión, el ninguneo y la indiferencia.