Quienes somos los más viejos en una familia tenemos una tarea y responsabilida inigualable: somos sustento de hijos, nietos, y algunos con mucha suerte bisnietos, a veces hasta sobrinos. Estamos aquí para que ellos puedan continuar con la vida.
Los abuelos somos la memoria de todas las generaciones, de todos los hechos. Somos mediadores entre el antes, muy antes y el después, que representan los más jóvenes.
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Eso tiene sus recompensas, pues cuando contemplas la totalidad de la familia puedes paladear con certeza eso que nos identifica, que nos hace comunes, que nos da esencia e identidad familiar: nuestros mejores atributos como seres humanos que se repiten en cada uno, la genética no engaña ni miente.
Y cuando se contribuye así a la construcción de la identidad, pueden conservarse los valores: los hijos, los nietos, saben quiénes son, de que están hechos y de qué son capaces. Así es imposible perderse a sí mismo entre los embates de la modernidad, de los anuncios de los medios de comunicación y los pseudovalores que transmiten, no son corruptibles por otros, como es común ver en familias “modernas”.
También somos la amalgama del cariño y del enorme amor en el gran árbol familiar tejiendo historias, rescatando viejas fotografías, diciendo a cada uno cuál es su lugar entre todos.
La calidez de sentir a la familia cercana, todos mirándose a los ojos, aceptando su diversidad, entendiendo su propia riqueza y la de los demás, no tiene precio, les comento y recomiendo lo que en la nuestra hacemos por una tradición heredada de mi abuelo paterno.
Todo mi clan familiar se reúne los días doce de diciembre, no sólo para cumplir una manda encargada por mi querido viejo, consistente en una oración a la Virgen de Guadalupe, sino que cada miembro del clan desde el más pequeño, expone sus logros y no logros del año ante todos como lección de vida, así como su historia de vida del año que está a punto de concluir.
He visto que esta práctica contribuye no sólo para amalgamar amor fraterno, sino para exponer sus propósitos propios para el siguiente año.
Hoy que estamos tan faltos de afecto, éste puede ser un gran bálsamo al corazón de todas las generaciones, pues al enseñarles aceptación y respeto les estamos inculcando qué es una familia y los enseñamos a vivir en sociedad.
En ninguna familia faltan rencillas y malentendidos, pero actuar con cariño y respeto puede sanar heridas entre todos. Cuando los abuelos somos prudentes podemos actuar en consecuencia y restablecer el orden perdido.
Ciertamente a veces dominar las tecnologías, los nuevos términos, el avance de la ciencia nos cuesta trabajo a los más viejos; sin embargo, sin nuestra intervención estaría perdida aquella parte humana que es capaz de sacar lo mejor de sí en el amor, en cuidados, en escucha, en tiempo de estar juntos y compartir, en continuidad de las tradiciones, en relaciones armoniosas.
También ayudamos a conservar los saberes ancestrales, si nos tomamos el tiempo para tomar la mano de nuestros pequeños nietos y enseñarles un poco de carpintería, de música o de cocina, del cuidado de los animales, de la jardinería. Son verdaderos placeres que alimentan nuestro espíritu y son regalos que ellos conservarán en la memoria de por vida, volviéndonos inolvidables, ¿cómo no recordar y añorar tu sabiduría abuelo?
Mucho más allá del cielo, mucho más allá de los tiempos, el amor entre ancestros y descendientes permite que el mundo continúe todos los días.
Por eso, amigos, no podemos perder de vista la educación que con nuestras acciones cotidianas vamos haciendo posible y que es insustituible por cualquier institución educativa. Esta es la parte donde la sociedad se educa a sí misma. Créelo, te lo digo con conocimiento de causa.
Salvador Calva Morales es rector de la Universidad Mesoamericana.