En las elecciones legislativas del domingo 6 de diciembre, Venezuela y los venezolanos ─muchos de éstos, aun contra sus deseos─, mediante un eficaz proceso de unificación, todas las fuerzas opositoras al gobierno chavista del presidente Nicolás Maduro se coaligaron para formar un frente común que les facilitó la obtención de un triunfo electoral, que por su contundencia fue indiscutible.
Triunfo que puede ser histórico para su país y un ejemplo a seguir en América Latina. El electorado venezolano derrotó no solamente al presidente Nicolás Maduro, sino también al sistema populista que Hugo Chávez implantó en Venezuela hace alrededor de 15 años y ahora amenaza con asentarse en otros países de este continente, como podría ser el caso de México en 2018, si llegare a triunfar el populista tabasqueño, Andrés Manuel López Obrador, en la elección presidencial de ese año.
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La unidad lograda por las fuerzas opositoras que hizo posible la derrota del presidente Maduro, debe mantenerse a toda costa, muy por encima de cualquier diferencia táctica y de estrategia que pudiere existir entre ellas. Solo construyendo una unidad monolítica se podrá avanzar, sin contratiempos, hacia la mejoría económica de la sociedad venezolana y hacia la obtención del cambio de régimen político que requiere Venezuela y reclaman sus habitantes.
Así resultará menos problemático restablecer la vida democrática de los venezolanos, recuperando para la sociedad la libertad de expresión, la libertad de manifestación y el derecho a contar con medios informativos ─impresos y electrónicos─ libres de intromisiones e imposiciones gubernamentales de cualquier clase y naturaleza.
La contienda electoral efectuada para disputar los 167 escaños que integran la Asamblea Nacional de Venezuela, se llevó a cabo, prácticamente, entre dos fuerzas antagónicas. Una, la oficialista, compuesta por el gobierno de Nicolás Maduro y quienes todavía se asumen como partidarios de Hugo Chávez, no obstante, el desbarajuste que prevalece en la economía venezolana y el desasosiego social que éste creó con sus medidas represivas y antidemocráticas.
La otra fuerza, la opositora, se integró con la participación de ciudadanos ─agrupados en organizaciones políticas disímiles─ que se aliaron para combatir al régimen populista que avasalla a Venezuela.
Las expectativas expresadas por la sociedad venezolana acerca de los resultados que tendrían las elecciones legislativas del 6 de diciembre se confirmaron inexorablemente. Triunfó, en forma indiscutible, la fuerza opositora al chavismo con una diferencia de 34% al obtener 7.7 millones de votos y 112 curules en la Asamblea Nacional, contra los 5.6 millones de sufragios y 55 escaños logrados por el oficialismo representado por el heredero de Hugo Chávez.
El presidente de Bolivia, Evo Morales, y Nicolás Maduro se negaron a reconocer que la derrota del chavismo la ocasionó, entre otras cosas, el hartazgo y la inconformidad que existe en la sociedad venezolana por la creciente escases de alimentos; la irrefrenable carestía del costo de vida y la incertidumbre económica que aqueja a millones de venezolanos. Los dos mandatarios cerraron los ojos para no ver esta realidad y optaron por la vía fácil de atribuir la derrota a una guerra económica promovida, según declararon, por el imperio yanqui contra la República Bolivariana de Venezuela.
Raúl Castro, en representación del gobierno de Cuba, fue más precavido, ya no se lanzó como antes contra el imperialismo yanqui, tal vez porque ahora el país que gobierna restableció recientemente relaciones diplomáticas ─a nivel de embajador─ con los Estados Unidos de América, después de 55 años de haberlas suspendido.
Castro, según el periódico cubano Granma, se concretó a enviar un mensaje a su homólogo venezolano, Nicolás Maduro, diciéndole: He seguido minuto a minuto la extraordinaria batalla que han dado y escuché con admiración tus palabras… Estoy seguro que vendrán nuevas victorias de la revolución bolivariana y chavista.
En México, legisladores del Partido del Trabajo y del Movimiento de Regeneración Nacional, afines a Andrés Manuel López Obrador, defendieron a Nicolás Maduro cuando la senadora del PAN, Luz María Calderón, pidió que el Senado de la República emitiera un pronunciamiento a favor de elecciones democráticas en Venezuela.
Es evidente que no fue la supuesta “guerra económica” la que derrotó a Maduro, sino la incapacidad de éste gobernante para resolver el desbarajuste que ha creado en las finanzas públicas; así como su ineptitud para mantener bajo control la inflación; su tolerancia ante la corrupción gubernamental; la falta de libertades ciudadana; el desabasto y carestía de los bienes de consumo cotidiano; la inseguridad pública y la represión contra sus opositores, fue lo que impulsó a la mayoría de ciudadanos venezolanos a expresar en las urnas su repudio contra el heredero de Hugo Chávez. Se trató, mediante este procedimiento electoral, de poner fin a 15 años de hegemonía populachera.
Los gobernantes populistas se asumen como víctimas de guerras económicas y complots de la derecha cuando son derrotados electoralmente. En tanto obtienen un triunfo en las urnas aducen que éste es producto de una elección democrática.
Ni la represión gubernamental; ni la falta de democracia; ni el sometimiento forzado de la opinión pública a una prensa, impresa y electrónica, controlada absolutamente por el gobierno; ni la amenaza de suspender las elecciones legislativas, pudieron impedir el triunfo de los ciudadanos y la derrota del gobierno dictatorial de Maduro.
Así, la jornada electoral del 6 de diciembre, se convirtió en un inevitable plebiscito
que sirvió para evaluar el desempeño del gobierno venezolano.
La derrota del kirchnerismo en Argentina y en Brasil, el sometimiento de la presidenta Dilma Rousseff a un juicio de destitución por presuntos actos de corrupción en la empresa Petrobras, donde están involucrados el Partido del Trabajo y un grupo de senadores y diputados. Así como la derrota, en Venezuela, del chavismo representado por Nicolás Maduro, constituyen 3 acontecimientos que pueden ser indicadores del destino que depara al populismo de supuesta izquierda en América Latina.
Si los mexicanos no deseamos que en México se reproduzca el desastre económico y político que desde hace 15 años sufren los habitantes de Venezuela a causa del populismo impuesto por Hugo Chávez y continuado por su caricatura Nicolás Maduro, debemos evitar votar en 2018 por quien ha demostrado en innumerables ocasiones su arraigada propensión por el populismo, el tabasqueño Andrés Manuel López Obrador.