La declaración de Andrés Manuel López Obrador de que “Margarita Zavala es una extensión de su marido” provocó reacciones. Pero lo dicho y sus consecuencias anticipan lo que será la guerra por la presidencia. Al líder de Morena lo llamaron misógino. Y a partir de tal calificación quisieron convertirlo en una pira pública. Lo cierto es que la quema no funcionó
Unos días duraron las críticas y el asunto se apagó. ¿Por qué? Porque la afirmación es en buena medida cierta. Lo dicho por AMLO es parte de los dimes y diretes propios del lenguaje político. Y los altoparlantes que en algunos medios (columnas muy localizadas) levantaron la campaña se extinguieron en medio de una pobreza argumentativa.
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La señora Zavala es tal y está donde está por obra y gracia de su esposo. Eso no tiene vuelta de hoja. No se requiere una encuesta para probarlo. Usted pregúntele a sus conocidos si la identifican y por qué. Y la respuesta común es obvia: es la esposa de Calderón. Nadie va más allá.
Y a nadie se falta al respeto al decir esto. ¡Pamplinas con la misoginia..! La crítica con sustento en nuestra realidad debe ser así, con todas sus letras. Punto.
En seis años, y antes de ese periodo en el que tuvo un cargo de elección popular, nada la significó de modo notable en el país. Al revisar la historia reciente de la vida pública, no se encuentran huellas relevantes de su gestión, quehacer o causas. Ya sabemos que la esposa de un presidente, en un sexenio, se vuelve la cara amable, bondadosa y dulce del hombre del poder.
Su responsabilidad pública no le confiere tareas políticas, hay que decirlo. La tradición les asigna un papel discreto y generalmente a la sombra. Aunque primeras damas ha habido que lograron, dentro de esa cautela impuesta, un sello inteligente que les abrió un lugar especial en la historia sin lesionar la figura de su esposo.
Otros casos también se registran, con un rol contrario: la ambición desbocada, abuso desmedido e intromisión escandalosa en asuntos de gobierno tienen un ejemplo inequívoco en el tiempo reciente, Martha Sahagún. La esposa de López Portillo es otro deplorable caso, ella en el terreno de la frivolidad, arbitrariedad y el escándalo.
En la mayoría de las llamadas primeras damas es la buena vida y la grisura lo que las ha marcado.
En el caso que nos ocupa, la reacción de la señora aspirante es parte de una estrategia de propaganda. Sus asesores levantaron la condena flamígera hacia AMLO, movieron a sus medios y llamaron al linchamiento. No prosperó. La propia Margarita hizo una menos qué tímida defensa. Se escudó en los medios, como suele hacerlo. Y su reacción y la de su equipo en cuarenta y ocho horas se desvanecieron.
Hay una muralla mayor contra la que chocó su fallida réplica política: la imagen de Calderón. El ex presidente no salió con una aureola de admiración sino con las manos tintas en sangre. Y su esposa, simplemente, fue… y es su esposa.
Por lo demás, coincido con varios analistas nacionales en el sentido de que la retórica de la señora es de una pobreza franciscana. Tiene un sitio entre los aspirantes presidenciales por la cauda del sexenio donde estuvo y las siglas del PAN. Pero nada más. Que a pesar de tan escuálida presencia política esté allí, debe registrarse más con pesar que de otro modo, porque retrata nuestra miseria política, que hoy tiene en escena a una figura hecha y vigente gracias a la televisión.
Para ver las cosas con mejor perspectiva, intente usted revisar trayectorias como las de la presidenta de Brasil, o la de Chile, incluso Cristina Kirchner, y ni qué decir de la señora Merkel, y coteje con ellas la formación, trayectoria y méritos de la señora Zavala.
Con todo respeto (y también con pena!), ni a las rodillas, por favor…!
Señora mía, está usted donde está gracias a la indigencia política que vive ahora este pobre país. No hay otra razón…