En 1994 un alzamiento en Chiapas, el crimen de un candidato presidencial, el de un jerarca católico y varios escenarios de caos, generaron una sensación de inseguridad, amenaza e incertidumbre entre la sociedad que, a final de cuentas, en el ánimo de los electores que participaron ese año en la elección presidencial, prevaleció el deseo de asegurarse a lo conocido (más vale malo conocido que bueno por conocer). La amenaza era tal que apostarle al cambio, a otra opción era sinónimo de locura e irresponsabilidad. Zedillo ese año obtuvo una victoria holgada, contundente y con una participación relevante.
En el 2000, igualmente, de manera holgada, contundente y con una importante participación, Vicente Fox obtuvo una victoria en las urnas que lo hizo ser un candidato electo con alto margen de legitimidad. Pero la idea entre los electores había cambiado, la sensación fue otra, ahora sí, había que apostarle al cambio, sobre todo a la promesa de que se iniciaba una nueva época, un nuevo modus vivendi; ya no prevaleció la sensación de amenaza sino la de una esperanza en una suerte de tierra prometida.
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¿Por qué en una elección prevaleció la idea o imagen de incertidumbre, inseguridad y riesgo, es decir, la sensación de amenaza que llevó a los electores a aferrarse al malo conocido, a su seguridad, y seis años después se apostó por el cambio con la esperanza –acaso seguridad- de que vendrían o podrían venir tiempos mejores? ¿Será válida la tesis del Leviatán de Hobbes en el sentido de que, en política, los temores y los intereses son los que definen las circunstancias? En un caso, amenaza; en el otro, esperanza.
En el 2006, al menos eso dicen algunos discursos relevantes –incluyendo el del fallo del tribunal federal electoral, la sensación de amenaza que representaba López Obrador (recuérdese la proposición: “es un peligro para el país”), auspiciada por sectores sociales de incidencia como los empresarios o grupos empresariales importantes, y hasta del mismo Presidente de la República, lograron detener esa inercia lopezobradorista que, finalmente, perdió la elección ante un Calderón que prácticamente comenzó de cero. La idea de amenaza, por un lado, y de continuidad por el otro, lograron ese extraño, híbrido, resultado electoral que confrontó políticamente al país y que suscitó frustración de un lado y enojo del otro. Ángeles y demonios, casi en una visión maniquea, eran espíritus que animaban esos humores oscilatorios, veleidosos y, por momentos, violentos de los partidarios de uno y otro lado.
En el 2012, sin importar el dinero invertido, los mecanismos empleados, y la dinámica misma del proceso electoral y de las campañas políticas, prevaleció el rostro bonito, la corbata y el traje bien puestos y la sonrisa a todo vapor. Fue también claro, contundente e inobjetable (como suele decir la retórica bombosa) esa victoria del candidato vencedor. No importan los problemas del país, ni las propuestas o mecanismos para resolverlos, los electores, y las electoras –que nunca se equivocan porque tienen buen gusto-, definieron y eligieron que la imagen es lo que vale en una elección. Además con un régimen incapaz de resolver los principales problemas de los asuntos públicos, no había sino rabia y enojo que dieron la espalda a ese gobierno y a su partido. Fastidio ante la incapacidad, gusto por la cara bonita, no hay necesidad de comparar.
Seguridad (1994), esperanza (2000), amenaza -y por lo tanto, temor (2006) y amabilidad –o imagen bonita- ante el fastidio (2012), parecen definir la sensibilidad política de los electores. ¿Cuál será la sensibilidad que defina el 2018? Y en Puebla, ¿cuál será la del 2016?
En el 98, Melquíades Morales ganó con las mismas características de victoria holgada, contundente y de buena participación electoral. La sensibilidad entre los electores (entre la mayoría de los electores) era esta: “este señor sí me conoce, es gente del pueblo, hasta mi nombre se sabe”. En el 2004, Marín representaba, además, una carrera que venía de abajo; incluso se habló insistentemente –hasta que el caso Lydia Cacho lo paró- de un nuevo Benito Juárez listo para asumir la Presidencia de la República. En ambos casos, la sensación era de identidad con el pueblo: éste es nuestro, éste es mío.
En el 2010, los excesos del marinismo, su encerramiento en su burbuja dorada y el fastidio de la sociedad generaron esa idea de cambio, de esperanza en que las cosas podían ser mejores (nuevamente la idea de tierra prometida) y se dio la alternancia a nivel local y el bono democrático hizo lo suyo. Pero en cinco años las cosas han cambiado, los humores ciudadanos y de los electores se han vuelto oscilatorios y cabe la pregunta, ¿qué imagen, qué idea, qué sensación prevalecerá en los electores y terminará dando el triunfo a determinado candidato?
La sensación de esperanza y de tierra prometida funcionó en el 2010, es muy probable que no funcione para el 2016, ¿funcionará la de continuidad, la de más de lo mismo? ¿Qué tendrían que percibir los electores para que se apostaran por la seguridad de la continuidad (más vale malo conocido)? No creo que ocurran alzamientos armados, crímenes políticos, abatimientos de líderes religiosos por narcos. Sería terrible.
Las claves las da un historiador de las religiones, Mircea Elíade; y no es que el señor hable de estrategias políticas o campañas electorales, no. Él, en dos obras que condensan sus investigaciones (El mito del eterno retorno e Historia de las religiones), analiza y desmenuza la mentalidad simbólica de los pueblos, de los individuos que conforman las sociedades (primitivas o civilizadas) y, desde ahí, plantea la estructura mental y su comportamiento. Lo que logra simbolizar, dice, logra la acción. Y en esa estructuración mental –le llama estructura mítica-, siempre hay una definición del sujeto (a la manera de las iniciaciones religiosas o rituales). El sujeto, individuo o pueblo, es el primer elemento de esa estructura. Por eso todo lo que signifique pueblo tiene visos de pertenencia (que en términos políticos, a mi modo de ver, lograron Melquíades y Marín en sus campañas: “éste es nuestro”, “viene de abajo, del pueblo”).
El pueblo camina hacia una meta: la tierra prometida. Por eso la esperanza siempre está puesta y quien sabe manejarla, plantearla, señalarla (¡conseguirla!), sabe mover y conducir al pueblo. Es un segundo elemento esa esperanza, mejor dicho, esa tierra prometida. El tercer elemento es el camino mismo: el pueblo ha de caminar, ha de emprender la marcha, ha de cruzar el desierto, la selva, el bosque, lo que sea. El camino no es fácil. Por eso se requiere un guía, alguien que sepa por dónde hay que ir, un líder, un profeta (Moisés es una de las grandes figuras en este sentido). Y en política, están el héroe, el caudillo, la gran personalidad. No son extraños que el pueblo (o la raza) sea un elemento que tiene su complemento en el caudillo, el führer. Y cuando las cosas andan mal es que no hay un caudillo, un buen líder, el hombre adecuado que encarne lo que el pueblo quiere y busca. Pero en todo esto, en el camino que el pueblo ha de tomar, existen peligros, existen engañadores, falsos profetas, espíritus malignos, maliciosos (aquí es donde prevalece o puede configurarse la idea de “un peligro para el país”), y los demonios siempre dan miedo y el miedo también se impone. Aunque no hay de qué preocuparse si con nosotros está el bueno, el profeta, el caudillo, el jefe. Claro, el partido representa la conducción adecuada, la sana doctrina, es el que ha de darnos al caudillo, al candidato, a la garantía de que no nos perderemos.
Eso que funciona en la mentalidad religiosa, mejor dicho, en los rituales religiosos o iniciáticos, también lo hace en el simbolismo de la política. Ni más ni menos. ¿Cuáles serán los simbolismos del 2016 y del 2018? No hay que olvidar, por cierto, que la corrupción, la impunidad, el autoritarismo, la arbitrariedad, el abuso y la soberbia, en el simbolismo político-electoral, representan amenazas, peligros y riesgos.
Per viam
Muy pronto, amable lector, le compartiré unos cuentos cortos sobre asuntos electorales, casos, situaciones, personajes. Historias que son ficciones, ficciones que hacen historias.