Se llama Julia. Le dicen July. El cigarro es su vida y no quiere que se le acabe, el cigarro. Y toma. Desmesuradamente.
Tiene dos hijos. Jóvenes adultos. Difícil vivir con una madre que tiene la casa oliendo a cigarro todo el tiempo y no la encuentras sobria. Así que rentaron un departamento y se fueron a vivir solos, cerca de ella, pero aparte.
Más artículos del autor
July no tiene empacho. Está feliz de que sus hijos vivan a tan sólo dos edificios de ella. Así ella no molesta y nadie la molesta ni le reprocha nada.
Pero no es lo único que le pasa a July: se ha aislado. Sus borracheras se las pone de buró… a solas. Como dice su hermana: “Hace su fiesta particular: cigarros y bebida en su recámara. Se jala el teléfono y, ya borracha y hundida en humo, se pone a hablar con sus amigas las horas y horas, con risa y risa, entre trago y trago, con cigarro y cigarro. Y ahí está: encerrada, bebiendo, fumando y hablando por teléfono. Así se le pasa la vida”.
Pero July no era así. Cuando joven era muy sociable; salía a fiestas, se arreglaba bonita, tomaba una que otra copa de vez en cuando, tenía un grupo de amigos con quienes se divertía. ¿Qué le pasó? “No sé –dice la hermana--, de repente empezó a tomar mucho y el marido nos dijo que era insoportable ya vivir con ella, y la dejó con los niños chiquitos. Ahí si lo veo mal porque se hubiera llevado a los niños, pero los dejó. Ella nunca se lo perdonó y vive como si eso hubiera sido hoy el abandono. Si no dejaba el alcohol antes, mucho menos después. Ya tuvo pretexto.
“Pero ahora vela: cuando está cruda como la que más, no viene a trabajar. El negocio es de ella, pero está muy descuidado. La gente viene y pregunta y yo los atiendo mientras estoy, pero yo tengo mi trabajo aparte, tengo que atenderlo.
“Ahora le ha dado por meterse a la computadora. Encontró esos jueguitos por el internet que a cualquier hora tienes con quién jugar. Eso la ha ayudado en un sentido, que ya no bebe igual, ya se entretiene, y ya por lo menos viene al negocio dos veces a la semana, porque dice que eso es suficiente.
“Yo no me meto, no le digo nada. Ya no la ayudo cuando tiene problemas o necesita dinero. Tampoco la busco cuando hace shows insoportables, nadie de la familia lo hace. Tiene la ventaja que nunca le dio por salir a buscar hombres. ¡Imagínate dos niños en casa y ella borracha! ¡Qué peligro!
“Ella vive en el sexto piso… pero es su fiesta, --y aclara--, es un piso por década.”
alefonse@hotmail.com