En la próxima elección para Gobernador en el año 2016, se estrena el Consejo General del OPLE, sólo esperemos que su actuación, no ponga en duda los resultados electorales por las sospechas de maridaje político con el ejecutivo del estado Rafael Moreno Valle Rosas, la duda mata dice el refrán popular. Si bien es cierto que el cambio de nombre, de individuos, no debiera modificar la finalidad de dicho instituto, es pertinente reconocer el gran significado para el éxito de la organización electoral el apego personal de sus miembros a principios democráticos. No está por demás recordar que el comportamiento de pasados consejos ha estado marcado por los vaivenes entre el interés privado y el público, donde las tentaciones de abandono de la integridad del funcionario público, la soberbia burocrática, la negociación monetaria personal, en nada contribuyen al preciado bien público: la confianza de los resultados electorales.
Las elecciones como práctica política en Puebla, han servido para legitimar a la elite gobernante en turno. Han sido ejercicios de ritualidades de legitimación que no han variado en lo sustancial. También constituyeron el espacio donde se afinaba y aceitaba la maquinaria electoral partidaria, así las campañas electorales, las votaciones y sus resultados constituían el escenario simbólico de legitimación. El mismo ritual reproducen los que fueron sus maldicientes en su momento. La idolatría dio paso a la encuestología, la retórica ideológica fue sustituida por el fugaz culto a la personalidad de candidatos, la convicción de la victoria se fincó en la “ingeniería electoral” previa al proceso, durante y posterior al mismo.
Más artículos del autor
Es cierto que en procesos electorales los recursos económicos son desiguales para competir, pero también cada vez más se observa, registra y documenta que el electorado poblano define, cada vez más, su conducta en razón de resultados de gobierno y sentido social de las políticas públicas, por ello una inversión en propaganda y posicionamiento gráfico mediático no garantiza de antemano un triunfo electoral. Por el contrario buenos resultados de gobierno, con una pésima campaña mediática, pueden conducir al desastre electoral y cúmulo de deudas. En los últimos años la experiencia ha sido devastadora para aquellos que se fiaron en su personalidad y en la aparición continua, constante y persistente, apoyada en encuestas sesgadas y por lo tanto amañadas.
En un escenario de incremento de competitividad electoral la sociedad es la que “gana” en dos sentidos prácticos: acepta todo lo que le dan los diferentes partidos (gorras, camisetas, mandiles, bolsas, sombrillas, mochilas, uniformes, chamarras, cobijas, lápices, plumas, usb, cd, planchas, licuadoras, estufas convencionales y ecológicas, tostadores de pan, televisores, cemento, cal, varilla, láminas para vivienda, tinacos rotoplas, plantas de jardinería, boletos para espectáculos, desayunos y comidas gratuitas, refrescos, cervezas, dinero en efectivo y etcétera) y además el partido ganador estará obligado a mejorar su eficiencia y eficacia en los procesos de gobierno. El voto se convierte así de manera incipiente en un instrumento de control de gobierno.
Los políticos poblanos poco comprenden discursivamente y no llevan al debate público propuestas viables y factibles como perspectiva de bienestar al elector. Paulatinamente se va configurando el ciudadano racional y participativo para dar sentido social a sus demandas más sentidas como: empleo; ingreso; seguridad a su integridad física y patrimonio; bienestar en la economía familiar; educación media y superior de calidad para los hijos; precios estables; contaminación; mejoramiento y conservación del medio ambiente; transporte público, seguro, oportuno, eficiente y barato; crecimiento ordenado de la ciudad, entre otros, que son las variables cotidianas con las que se enfrenta para encontrar mejores niveles de bienestar.
El bipartidismo y su polarización en la geografía electoral poblana, ha traído alternancia política en los diferentes ámbitos de representación política y en los últimos años, las coaliciones se presentan como el modelo óptimo para obtener el número de votos necesarios para ganar: pragmatismo y utilitarismo se han impuesto como estrategia electoral. La crisis de credibilidad que viven los partidos políticos, sus candidatos y deshonestidad es más que evidente y reprobable por los ciudadanos en cada proceso electoral.
Muy lejos están la mayoría de los ciudadanos poblanos de la época de la polarización ideológica “cristianismo si, comunismo no” “los subversivos del sistema político, son pagados por el oro de Moscú”. El comportamiento del elector se ha mostrado en recientes elecciones que poco le importa el concepto izquierda, derecha, centro izquierda, centro derecha, los extremos menos, las campañas ahora son el instrumento que define el triunfo de contendientes a cargos de elección popular, dejaron de ser mero trámite para convertirse en el espacio de competencia que define el acceso al poder.
Irónicamente hoy las campañas electorales están centradas alrededor de la imagen, son verdaderos ejemplos de no decir nada, de no asumir compromisos, el empoderamiento de los juegos de imágenes, en política no siempre son la mayor fortaleza para ganar.
Entonces… ¿la cultura política democrática y de la legalidad, es solo una construcción mental sin sustento en la realidad y por lo tanto una quimera? Ver para creer.
nish76@hotmail.com