Con mi solidaridad y respeto a la familia Copado Molina.
Si perdemos la fe en el ser humano, solo nos queda la barbarie
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Nuestro país se encuentra en una severa crisis social, política, económica, ideológica y cultural, ello trae como consecuencia una visión fragmentada de la realidad, un desencanto, desconfianza, indiferencia, intolerancia y un fuerte resentimiento de todo y contra todos. Nuestros políticos se pierden en su protagonismo, anteponen intereses personales, se enriquecen ilícitamente, se olvidan de los ciudadanos y solo buscan la forma se mantener y perpetuar su cuota de poder. El estado de derecho ha sido rebasado, cada día se debilita más, la procuración e impartición de justicia está seriamente vulnerada, generando una gran desconfianza. Los partidos políticos han perdido credibilidad, viven pugnas internas, no son una opción sería para la sociedad civil y dejan mucho que desear, producto de sus acuerdos a conveniencia, sus intereses copulares. La distribución desigual y desproporcional de la riqueza, la corrupción, los dispendios y los beneficios solo a unos cuantos, debilita cada día nuestra economía, existen pocos, poquitos muy ricos y muchos, demasiados pobres. Por ello es conveniente preguntarnos ¿Qué nos queda a los ciudadanos?
Ante este escenario, no es casual que el ciudadano de a pie ante el incremento de la violencia, desarrolle diversas respuestas, a nivel individual recorre una primera fase de indignación y solidaridad, que se traduce en parte de su cotidianidad, pero en la medida que se sigue reproduciendo este fenómeno se impone un proceso de aceptación, que pervive entre la falsa esperanza de que no sucede nada; el desconsuelo, y la negación se integra a su propia vida, lo cual trae como consecuencia la indiferencia, todo lo anterior se ve con normalidad, es en este momento que surge la raíz del miedo a vivir, a morir, miedo del otro y la otra, la desconfianza se asume como algo natural, se desarrollo un sentimiento de persecución, la vigilancia se incrementa y se justifica el castigo como un mal necesario.
En este contexto es que surge el 21 de octubre el linchamiento en Ajalpan Puebla, de dos personas comunes, como cada uno de nosotros, que solo hacían su trabajo, su actividad era aplicar encuestas de la empresa Marqueting Estratégico del Distrito Federal, los hermanos José Abraham y Rey David Copado Molina de 25 y 35 años, mismos que tenían una familia, un proyecto y una historia de vida, que se vio truncada de la manera más brutal, cruel, vergonzosa e indignante. Basto una sola y falsa afirmación, señalarlos de secuestradores de una menor, para que la policía municipal los detuviera, interrogara y corroborará su inocencia, pero pese a ello, los entrego a una turba incontenible, rabiosa, iracunda que los torturo, masacro y quemo. Todo ello ante el beneplácito, complicidad, responsabilidad de uno y de todos, es tanta la banalidad del mal que todavía se grabo este hecho, para dejar constancia de la barbarie y brutalidad de que es capaz una y muchas personas. Recomiendo vean los videos que circulan una y otra vez, para que quede grabado en su memoria que este tipo de actos son injustificables, que no se deben repetir y que nos dejan a todos en un enorme desamparo, que nos demuestra que pese a todo pervive en nuestro inconsciente colectivo la justificación de la violencia y que ante el miedo y la fragilidad el exterminio, aniquilación y muerte aparecen como un trinomio inseparable.
El linchamiento es una ejecución sin proceso y en forma tumultuaria contra un sospechoso o un reo. Conlleva brutalidad, porque es una acción violenta, de crueldad excesiva, que suma afectos y pasiones y es una muestra de barbarie porque es propia de personas salvajes, faltos de compasión hacia la vida y la dignidad de los demás.
Cabe preguntarnos en ¿Qué momento hemos perdido nuestra propia identidad y capacidad de reconocernos?, basta una falsa afirmación para hacer surgir la raíz del miedo, repetirla una y otra vez aniquila nuestra conciencia, desarrolla ese estado primigenio de fragilidad y aniquilación, despertando nuestros instintos de muerte.
Ante este hecho por demás reprobable e indignante a ¿Quién se castiga? A los aniquiladores, a los responsables de mantener el orden, al presidente municipal, al secretario de gobernación, al gobernador, a los diputados, a los partidos políticos, a los ciudadanos, a los que se han quedado callados, a los que estando presentes no hicieron nada por evitarlo.
En primer término este acto refleja el enorme grado de descomposición social que vive nuestro país, es un llamado de atención a todos y cada uno de nosotros como seres humanos ordinarios, a los tres niveles de gobierno municipal, estatal y federal, a los partidos políticos, medios de comunicación, diputados, senadores, instancias de procuración e impartición de justicia.
Es un llamado de atención a las autoridades, partidos políticos y diputados ya dejen de echarse la culpa unos a otros, no lucren con el dolor ajeno, asuman su responsabilidad, hagan su trabajo con responsabilidad, compromiso, transparencia y sobre todo gánense la confianza, el respeto y la credibilidad de cada ciudadano de a pie, de no hacerlo, pronto también se les pasara la factura a cada uno de ustedes. Nuestro país está llegando a un clima de ingobernabilidad, donde la mano dura, la represión, el exterminio y muerte no es lo más recomendable. Ya basta de víctimas inocentes como nuestros 43 estudiantes de Ayotzinapa, los 45 de Acteal, los 27 de Aguas Blancas, los y las desaparecidas y todos los que han sido arrasados por el espiral de violencia donde lo mismo es el criminal que el funcionario coludido.
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