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OPINIÓN

Patricia, la desconfianza y la incertidumbre

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Juan Martín López Calva

Doctor en Educación UAT. Tuvo estancias postdoctorales en Lonergan Institute de Boston College. Miembro de SNI, Consejo de Investigación Educativa, Red de Investigadores en Educación y Valores, y ALFE. Profesor-investigador de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (UPAEP).

Lunes, Octubre 26, 2015

“Una nueva conciencia empieza a surgir: el hombre, enfrentado a las incertidumbres por todos los lados, es arrastrado hacia una nueva aventura. Hay que aprender a enfrentar la incertidumbre puesto que vivimos una época cambiante donde los valores son ambivalentes, donde todo está ligado”.

Edgar Morin. Los siete saberes necesarios para la educación del futuro. p. 42.

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Un huracán empieza a formarse y a crecer en el Océano Pacífico hasta llegar a tener una magnitud que según los científicos que estudian los fenómenos meteorológicos es histórica. No hay precedente de un fenómeno de tal intensidad –se le clasifica como huracán categoría 5 plus- en la costa oeste del país y tal parece, según algunas fuentes, que no existen registros en la historia de estos fenómenos naturales que indiquen un precedente similar en el mundo.

Ante los reportes científicos tanto del Servicio Meteorológico Nacional (SMN) como de otros centros similares en los Estados Unidos y otros países, el gobierno federal –cosa no frecuente- reacciona con celeridad y empieza una intensa campaña de información en todos los medios de comunicación y la instrumentación de un plan de emergencia que incluye el desplazamiento de altos funcionarios a los lugares donde impactará con mayor fuerza Patricia –así se ha denominado a este huracán-, la evacuación de turistas, la instalación de albergues y el cierre de la navegación y la indicación de que ningún ciudadano debe estar fuera de sus casas o de refugios seguros a partir de las dos de la tarde el viernes pasado.

Como en pocas ocasiones se produce una buena coordinación entre autoridades y población. El huracán toca tierra con vientos superiores a los trescientos kilómetros por hora que luego van disminuyendo –por la tarde-noche del viernes se calculaban en doscientos sesenta- poco a poco y el fenómeno se empieza a degradar al chocar con la Sierra Madre Occidental. Se producen algunos daños materiales no graves y no hay tragedias humanas que lamentar. Esta situación que debería haber producido tranquilidad y ser celebrada como un ejemplo de que cuando las cosas se hacen bien y existe una adecuada planeación de la autoridad y colaboración de la ciudadanía se enfrentan con éxito situaciones difíciles y de enorme riesgo produjo sin embargo reacciones masivas de sospecha, escepticismo y teorías del complot  en las redes sociales.

“Extraña mezquindad ante las buenas noticias: un huracán que no golpeó como parecía, unas instituciones que funcionaron ante la emergencia” expresó Enrique Krauze en su cuenta de twitter reaccionando ante esta ola de versiones conspirativas.

¿Qué es lo que explica una respuesta de este tipo en un gran número de mexicanos? ¿Por qué la incapacidad de celebrar lo que hacemos bien?

Desde el punto de vista de muchos, surge de inmediato la teoría de la desconfianza que existe y ha crecido enormemente en los últimos tiempos. La desconfianza de la gente hacia el gobierno que tantas veces ha engañado o intentado engañar a la población creando versiones o filtrando información para distraernos de hechos y decisiones que nos afectan como sociedad. “La mula no era arisca” dicen muchos con razón.

Pero existe además de la desconfianza otra explicación que es igualmente razonable y atendible para tratar de entender este fenómeno en el que mucha gente habla de que el gobierno creó una falsa alarma a nivel nacional como “cortina de humo” para ocultar “algo muy grave” –en los tuits y comentarios de FB que he leído prácticamente nadie dice qué es- que iba a ocurrir o se iba a decidir.

Esta otra explicación tiene que ver con el temor que nos produce como seres humanos la incertidumbre.

Hemos nacido y crecido en una cultura extremadamente racionalista en la que se nos plantea que todo tiene una explicación lógica y que es posible predecir el curso de los fenómenos naturales y sociales desde el pensamiento científico y la razón. No es fácil por ello para nosotros aceptar que la naturaleza no es una maquinaria perfectamente predecible o esa especie de Edén idílico que nos venden los ecologistas románticos tan de moda sino que se trata de una sistema de sistemas complejos que tienen un grado de impredecibilidad y de azar que no podemos controlar.

Por ello es más fácil explicarnos lo sucedido con este huracán desde la hipótesis de que el Presidente Peña organizó un complot que involucró al SMN, a los científicos expertos en el clima de Estados Unidos y de todo el mundo y por supuesto a los medios de comunicación “vendidos” para hacernos creer –tal vez usando photo shop con las imágenes de satélite- que Patricia revestía un riesgo enorme cuando en realidad no era así.

Mejor caer en la ilusión que nos autoengaña y racionaliza una explicación que va en contra de toda lógica científica que aceptar que la naturaleza es impredecible y contiene amenazas potenciales que a veces se hacen realidad y otras veces, como esta, disminuyen ante una combinación de fenómenos azarosos. Mejor pensar que todo está bajo el control de “mafias” y “grupos secretos” que nos manipulan que aceptar que el mundo tiene en sus entrañas cosas que no podemos predecir ni controlar.

Como bien afirma Edgar Morin, “debemos aprender a enfrentar la incertidumbre” porque el mundo en que vivimos es cambiante e imposible de controlar. La educación, dice el padre del pensamiento complejo debe formar ciudadanos capaces de navegar en océanos de incertidumbre buscando pequeños archipiélagos de certeza.

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