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OPINIÓN

¿Se puede festejar la Independencia de México?

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Oscar Barrera Sánchez

Doctor en Ciencias Sociales y Políticas por la UIA. Comunicador y filósofo por la UNAM y teólogo por la UCLG.

Martes, Septiembre 15, 2015

Como cada año, las denominadas fiestas patrias, del 15 y el 16 de septiembre en México son sinónimo de una exaltación nacionalista que ha servido a los gobiernos a limar asperezas con el pueblo, la ahora mal llamada ciudadanía. Desde hace varios años, gobiernos del Partido Revolucionario Institucional (PRI), del Partido Acción Nacional (PAN) y en los estados del Partido de la Revolución Democrática (PRD) y la pantomima priista del Partido Verde Ecologista de México (PVEM) han glorificado un nacionalismo ramplón y obtuso, que ha exaltado el racismo, la discriminación y la xenofobia como instrumento de cohesión social, ante la pauperización, la violación sistemática de los derechos humanos y la privatización del país. Sin embargo, con el arribo del Partido Revolucionario Institucional (PRI) y Enrique Peña Nieto a la presidencia de la República, cabe preguntarse: ¿hay algo qué celebrar? ¿cómo llamar independencia a un país que ha sido desmembrado en su pueblo y sus recursos?

El Estado-nación es una creación histórica eminentemente capitalista y moderna. La constitución de los Estados nacionales europeos tras la ruptura del modo de producción feudal, necesito de un soporte ideológico que permitiera la cohesión y el lazo social de las poblaciones heterogéneas que, bajo la idea de patria, de un padre en común, se fueron convirtiendo en más homogéneas. El Estado, padre todo poderoso, se adjudicó la soberanía, la voluntad superior, la misma que fue cedida o pactada por el pueblo, la voluntad general, para protegerse de un mítico estado de naturaleza que ponía en riesgo la vida, las libertades y las propiedad privada. El Estado protegería a la sociedad civil de la amenaza de los externos y de lo peligroso que pusiera en riesgo la vida dentro de la nación. Estado-padre y nación-madre resultarían la extensión de la familia falogocentrista patriarcal moderna a gran escala.

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Sin embargo, como buen pater familias, el Estado se adjudicaría el derecho de vender-rentar a sus hijos, así como de darles vida o muerte. Sin embargo, ese mismo Estado necesitaba de la constitución de un lenguaje que albergara su Ser, que fuera su casa, que le permitiera una ética soberana capaz de dar vida o aniquilar a sus enemigos. El Derecho moderno surgió como esa forma de discurso legitimador del uso del poder de manera “legal y legítima” al Estado; permiso supuesto de la voluntad general para cometer todo tipo de atrocidades y prebendas con sus forjadores originales: la burguesía. Así, el Estado surge para proteger los intereses de la clase dominante, ya sea a través de la reproducción ideológica, la falsa conciencia o por medio del uso de la fuerza. Enajenación o muerte han sido los instrumentos del Estado para maniobrar en la protección de los más ricos, de los dueños de las voluntades y de las riquezas que producimos todas y todos.

México, obviamente, no ha sido la excepción. Desde la conformación del Estado-nación mexicano ha utilizado símbolos, mitos y ritos religiosos y laicos para lograr persuadir a los gobernados para formar una nación. Los criollos exaltaron a la Virgen de Guadalupe contra la opresión española; los liberales fundaron el Estado burgués bajo la idea de los derechos y las libertades; el autoritarismo porfirista funcionó gracias a la idea positivista comtiana del orden y el progreso; la Revolución mexicana apeló al Sufragio efectivo, como forma de elección política de una clase burguesa que administrara los rumbos de la nación; un periodo posrevolucionario que vio en el mestizo la forma de aplacar los brotes de insurgencia ante una revolución fallida; la institucionalización revolucionaria, que consolidó una dictadura de partido que provocó burocratización, corrupción y represión justificadas en la paz y el progreso social; hasta llegar a una horda desbandada de capitalistas-tecnócratas-salvajes-neoliberales que, como la espada que trozaba el nudo gordiano, rompió con la paradoja de un Estado autoritario enajenante y nacionalista, imponiendo un Estado autoritario enajenante servil a los intereses de las grandes corporaciones. Desde 1982, gobiernos priistas (Miguel de la Madrid, Carlos Salinas, Ernesto Zedillo y ahora Enrique Peña Nieto) y panistas (Vicente Fox y Felipe Calderón) se encargaron de vender la nación. El Estado-padre se encargó de prostituir a la nación-madre.

De este modo, el Estado mexicano, bajo el ideal neoliberal de debilidad, se muestra con una doble cara. Es un Estado débil para intervenir en las relaciones económicas entre grandes corporaciones nacionales e internacionales, pero fuerte para hacer valer la espada y reprimir a quien se ponga enfrente y muestre su descontento con su actuar. El Estado no es lo que los tramposos juristas han querido hacer creer: población, territorio, gobierno y leyes. El Estado es una espuria suma de una clase dominante, la burguesía económica y los gobernantes), y una clase dominada, los gobernados. En un Estado neoliberal, los gobernados son más pobres y los gobernantes más corruptos, más serviles al poder económico; los gobernantes usan el poder y la fuerza militar y policiaca para reprimir a todo aquel o aquella que cuestione, que proteste contra la venta y la prostitución de la nación.

Paradoja histórica, la lucha contra un Estado-padre autoritario y una nación-madre sumisa (nación con “n” minúscula, menosprecio por lo femenino desde la enunciación de la teoría política), se revierte con un deseo de no-Estado que es cada vez más salvaje y atroz y una nación desmembrada, mutilada, vendida a los mejores postores nacionales e internacionales, al capital, a ese espectro que no tiene nación. Aunado a ellos, esos hijos a los que se les debía dar protección, salvaguardar su vida y sus derechos y libertades, ahora son clasificados como legítimos y como bastardos. Los primeros, los enajenados y sumisos, los que reproducen los discursos legítimos son bendecidos con el derecho a la vida; los proscritos, los bastardos, los malditos, son desaparecidos, asesinados, fusilados. Todos ellos y ellas condenados a la pobreza, a la humillación. En 10 días se cumplirá un año del asesinato y desaparición forzada de los estudiantes normalistas de Ayotzinapa, en Iguala, Guerrero, veremos qué dice ese Estado-padre ante el asesinato de sus hijos, ya que su verdad, su primera historia falsa se cayó. Este Abraham no sólo llevó al holocausto a su hijo, lo cumplió, culminó su asesinato, de él y de muchas y muchos. No lo donó al Padre de los cielos, se lo dio a sí mismo. Cada vez más apunta a que fue el Estado y el Ejército quienes aniquilaron a sus hijos, a sus hermanos.

Asimismo, México se ha convertido en un Estado xenófobo, que bajo la idea nacionalista del verde, blanco y rojo, no de la Bandera nacional, sino de la selección mexicana de futbol, se ve al migrante, al mismo que celebra el 16 de septiembre (no el cumpleaños de Porfirio Díaz, el 15 de septiembre, como en México) su “independencia” como enemigo de una misma libertad obtenida ante España y perdida con Estados Unidos y el capital europeo. Se ve como ajeno y no como hermano. Estado-padre y nación-madre que, aún moribundos, ven a su familia como única y propia, en detrimento de las otras y ajenas.

¿Hay algo qué celebrar? Desde hace décadas no hay nada que celebrar. Mañana… menos.    

Picaporte

Para qué simulacros ante sismos, si tenemos caídas peores, como la del peso frente al dólar; y gobiernos represores, estatales y federal, que son peores en la escala de Richter.

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