La docencia es sin duda una de las profesiones más antiguas del mundo, acompañar a un alumno en su proceso de aprendizaje es un privilegio y un honor; un reto que implica no sólo tener conocimientos sobre el área de especialidad con la que se trabaja y aplicar metodologías o herramientas pedagógicas que apoyen su desarrollo. Ser profesor significa también abrazar con amoroso compromiso el desafío de transformarse uno mismo, para incidir en la vida de los otros y transformar la realidad.
A lo largo de este año el rector de la Universidad Iberoamericana Puebla, Dr. Fernando Fernández Font SJ, ha compartido con los docentes de la Institución la esencia de la Formación Pedagógica Ignaciana, esa concepción tan particular que los Jesuitas concibieron para acompañar y desarrollar seres humanos que siembren como anhelo de vida ser para los demás. Escucharlo resulta inspirador, no sólo por el abordaje sino por el trasfondo de esta metodología que plantea una docencia fundamentada en el equilibrio de la mente y el corazón.
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La formación pedagógica Ignaciana se sustenta en cinco grandes ejes:
1. Conciencia, que aunque el término parece sencillo, su práctica y ejecución supone un proceso íntimo y complejo donde el profesor aprende a conocer, reconocer y darse cuenta quien es, cuál es su realidad y desde ahí ser capaz de atender lo que ocurre para entonces, en ejercicio pleno de la libertad – y la conciencia, decida qué acciones debe emprender al respecto.
2. Comprender, a través de la conciencia se aprende a percibir lo que ocurre y cómo ocurre, esta capacidad habilita al docente para entender la dimensión de su profesión: cómo lo hace, para que lo hace y cuál es la incidencia de su quehacer en la realidad. Ello implica un proceso transformador que permita ver las situaciones y las relaciones de manera diferente; ser capaces de explicar por qué las cosas son como son (y no sólo como las supone o se las cuentan). En la docencia ésta es una gran cualidad que puesta al servicio de los estudiantes siembra la criticidad, el diálogo y el constante cuestionamiento de lo que ocurre, cómo ocurre y para qué ocurre.
Entre la conciencia y la comprensión se genera un verdadero proceso formativo, liberador y dinámico del aprendizaje; que pone en juego sentimientos, memoria, imaginación y entendimiento; factores esenciales en la educación Jesuita.
3. Decidir, más allá de la complicada elección entre más de una opción, la decisión implica un proceso profundo y acucioso que le permita al profesor aprender a identificar desde dónde elige y que consecuencias supone dicha elección. La clave está en comprender que el impacto de la decisión genera consecuencias diferentes si se delibera desde la libertad interior que si se hace desde los desórdenes de la vida personal de cada quien. Decidir obliga a cuestionar continuamente y en primera persona: ¿qué soy yo?, ¿qué son mis prejuicios?, ¿qué son mis deseos?, ¿qué es la realidad?, ¿qué es aquello que realmente quiero decidir?, ¿desde dónde estoy decidiendo?, las respuestas van llegando de a poco y construyen, también en primera persona mi vida, mi historia y mi sociedad, es entonces que debo preguntarme ¿a qué aspiro? y ¿a dónde quiero llegar?
4. Reto docente. La encomienda última es favorecer el proceso de apropiación de las cosas; posibilitar en los estudiantes las capacidades afectiva, cognitiva y experienciales que favorezcan su compromiso en y por la realidad, que aprendan a comprender la más grande lección universitaria: Con aquello que soy y decido ser ¿cómo impacto la vida de los demás?
En este punto las tensiones conducen a moverse de una postura relativista de la educación donde “todo se vale” y no existe la relación justa y fraterna, a la construcción sólida, intelectual y socialmente responsable, andamiaje necesario para que cada uno de los futuros profesionistas aprenda a tomar más y mejores decisiones.
Decía Bartolomé Benássar historiador e hispanista francés “A nuestra sociedad le afecta en la raíz de su ser, que crezcan individuos informados pero indiferentes, inteligentes pero crueles, sin entrañas, por eso debemos recolocar la sensibilidad hacia el sufrimiento”.
5. La acción. De nada sirve tener plena conciencia para comprender, decidir y planear la tarea docente si no hago algo con eso. La acción es el paso decisivo para experimentar la realidad y actuar; la demagogia de los proyectos se esconde justamente en la inacción y el profesor es un gran provocador de la transformación y el cambio, con su enseñanza, con sus procesos, pero sobre todo con su ejemplo.
6. La evaluación. El último eje invita al docente a poner los ojos en aquello que se ha (o no) logrado ¿qué reto plantea la realidad?, ¿qué evidencias o indicadores señalan que se camina hacia allá?, ¿qué más puede hacerse?, ¿desde dónde y con quienes posibilitarlo?
El proceso se reinicia con una nueva “probación de la realidad”; asumirse pues como “aprendices de vida” y comprometerse con la formación de jóvenes que sean capaces de apostarle a la formación personal y profesional como la única apuesta para transformar el mundo en un lugar de justicia, paz y solidaridad, donde el centro de la acción son los más pobres y los más desfavorecidos.
La autora es profesora de la Universidad Iberoamericana Puebla.
Este texto se encuentra en: http://circulodeescritores.blogspot.com
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