Oídme; porque soy alguien.
Y sobre todo no me confundáis con nadie.
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Nietzsche, Ecce homo, prefacio, I
No he leído a Julio Cortázar y mis hijos me han dicho que me estoy perdiendo una joyita. El otro día leí la contraportada de uno de sus libros y me llamó poderosamente la atención la premisa de los motivos de su escritura: escribir con entera libertad, sin formalismos, sin revisiones, prácticamente como brota de la mente, como un río que –sin detenerse- busca su propio cauce, como una energía que se abre caminos porque –realmente- no puede detenerse.
Los escritores (filósofos, literatos, poetas, periodistas), de diversos modos y de variada intensidad, a lo largo de la historia, no sólo han descrito su tiempo sino que, acaso por ver la realidad cambiante, han suscitado verdaderos cambios o, al menos, los han entrevisto para testimoniarlos con su pluma. Nietzsche mismo, ha visto con un siglo de antelación la época que se avecinaba, la de la fabulación de la realidad vía la hybris del lenguaje y el surgimiento de una sociedad basada en la permanente oscilación de los valores, ora esto, ora aquello, ora lo de más allá (al fin y al cabo, nada es definitivo).
Kafka, por su parte, fue capaz de describir al gran monstruo y tirano de la modernidad en el ámbito público: el imperio y la barbarie de la burocracia, por un lado, y la deshumanización de la vida reducida a mera funcionalidad (hasta que un buen día, descubrimos que no somos sino un bicho raro que se presta a la conmiseración y, después, la burla incluso de los más cercanos). Su rebelión, por así decirlo, cimbró la estructura de las instituciones para no dejar de advertirnos siempre: si no quieres deshumanizar las relaciones humanas, no las burocratices.
Camus vio el rostro del absurdo, sobre todo de esa razón donde se funda no sólo el pensamiento moderno sino la civilización misma y sus instituciones: la eliminación racional del otro. Pero sus motivos no se quedaron ahí, y si no habla de esperanza, sí de una suerte de confianza en la capacidad de solidaridad entre los seres humanos. Su confianza en anteponer lo humano ante el absurdo lo hace uno de los escritores más concisos de nuestro tiempo.
Orwell de igual manera, ha denunciado sobre todo al totalitarismo, tiránico y autoritario, en un momento en que –en el caso soviético- las simpatías se abrían y crecían en todo el mundo occidental y en el ámbito particular del periodismo. Mientras todos –o muchos, para ser precisos- planteaban como solución al socialismo frente a la crisis de la sociedad consumista, sus descripciones sobre el Gran Hermano y los cerdos de la granja, denunciaban con toda claridad la inhumanidad de un pensamiento y de un modo de hacer política que llegaba a lo degradante: el sometimiento de la persona humana a un dogma, a un partido, a una versión de la patria y de la historia.
Solzhenitsyn en la Rusia soviética y muchos otros en Europa oriental también lo han hecho frente a los regímenes totalitarios y autárquicos, y el resultado ha sido el derrumbamiento de los ídolos con pies de barro. Ese es el resultado de la actividad de los escritores, siempre terminan equilibrando las cosas: si el poder se carga de un lado, ellos se colocan en el otro, justamente para que no se desequilibre el ambiente (la institución, la sociedad, la época).
Y lo han hecho de una forma indirecta: contando cuentos, narrando historias ficticias, fabulando la realidad, escribiendo poemas, precisamente porque la realidad no se queda en las versiones oficiales. Su dimensión es más amplia, va más allá del papelito (y esto lo ha mostrado con todo rigor y minuciosidad Michel Foucault, o mejor dicho, ha visto que más allá de la versión oficial, la verdad se muestra en otros papelitos a veces de menor valía, como las notas de un enfermo, o el diario de un preso).
Antonio Tabucchi también denunció y se enfrentó a un régimen represor; Sostiene Pereyra es una historia que supone la lucha por un ideal, la empatía y la solidaridad y la necesidad de denunciar la inhumanidad del poder cuando se torna injusto. Ahí, el personaje principal, el que escribe la historia y la narra, escribe que la literatura –que parte de ficciones- llega a la verdad y la muestra. A diferencia de la filosofía que parte de la verdad (aquella o aquellas que se muestran a la razón) y termina construyendo ficciones. Desde luego, esto tiene aristas de discusión, pero sin duda es un flashazo que vislumbra lo que, hoy por hoy, aprisiona la reflexión filosófica: la dispersión, la multiplicidad de versiones y la incomunicación con otras disciplinas.
Las novelas, las historias, los cuentos, nos muestran lo que somos, cómo somos y cómo actuamos. Muestran a los seres humanos en su humanidad y en su inhumanidad, por eso denuncian y anuncian y, también por eso, pueden cambiar una sociedad, la realidad misma, la historia. De ahí su importancia, su validez, su sentido pedagógico. Esto no es nuevo, por supuesto, desde hace más de veintiséis siglos Esopo ya nos lo mostraba con sus cuentos y sus fábulas. Lo nuevo podría ser una sensibilidad especial que no deje de mirar las cosas en su honda dimensión, en su elemento, en su justeza, y así como nos conmueve ver cómo un pequeño niño sirio cae ante la violencia del exilio y ante las fuerzas de la naturaleza, no deje de conmovernos el mirar a los excluidos, convivir con y velar por ellos; así como no dejar de indignarnos, denunciar y oponernos, por ejemplo, a la corrupción en las instituciones, en la sociedad y en los diversos ámbitos de la actividad humana. Y veremos cómo los cuentos, las historias y las novelas cambian la realidad, o al menos pueden intentarlo.
Fusiones y confusiones
La reportera Camacho, contrario a lo que expone, es la confundida en sus enfoques; puso en mis labios palabras que nunca dije con el argumento de que no se trataba de una declaración sino de un hecho: el que el consejo general haya aprobado un reglamento que, en dos de sus artículos, dejó sin efecto el tribunal federal. Si se hubiese basado en el hecho mismo, no habría tomado en cuenta mi exposición, o el silencio de quienes no tomaron la palabra, simplemente habría referido el caso. No lo hizo así, tomó en cuenta mi intervención agregando de su cosecha, y eso no es tomar en cuenta un hecho sino interpretarlo, aderezándolo con su propia versión.
Arturo Rueda, en cambio, ni siquiera ha publicado mi carta aclaratoria; ojalá no sea sino un descuido involuntario; un abogado no pasaría por alto ese detalle, un director menos, máxime cuando frente a sus lectores necesita reivindicarse.