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OPINIÓN

Blanquitud e infamia

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Oscar Barrera Sánchez

Doctor en Ciencias Sociales y Políticas por la UIA. Comunicador y filósofo por la UNAM y teólogo por la UCLG.

Viernes, Septiembre 4, 2015

Desde la semana anterior, cuando el diario español, El País, publicó una fotografía en la cual se muestra a varios migrantes africanos ahogados en el Mar Mediterráneo se evidenció de nueva cuenta, el abandono y la muerte que producen la modernidad y el capitalismo, razón y destrucción, hijos de la blanquitud europea, que ha engendrado un nuevo fascismo como estrategia coadyuvados con la soberanía, la biopolítica y la necropolítica como tácticas. Razón y destrucción, figuradas, sentidas, pensadas y anheladas de tez blanca, o de aspiracionismo despintado, no sólo de la piel, sino de la imagen, de la clase social, de la lengua, del sexo, del género, de la etnia, de la raza, entre muchas otras, han alejado a cada persona de la otra, las abandonan, las asesinan, las dejan a la deriva hacia la muerte.

Nadie puede mantenerse lejano al drama humano que muestra una fotografía que circula en las redes sociales donde aparece Aylan Kurdi, un niño sirio de cuatro años muerto, ahogado, en las costas de Turquía. Un niño asesinado por la blanquitud europea, la misma que saqueó y sigue saqueando la tierra y sus riquezas en aras de un progreso rapaz que no termina. Además, esta misma blanquitud ha ultimado a millones de niños y niñas, mujeres y hombres, ancianos y ancianas de Latinoamérica, África, Asia y Oceanía. Misma depredación que puede ser europea, o de sus hijos bastardos, Estados Unidos e Israel. Blanquitud que asesinó y asesina a todo aquello que no es de lo blanco, de lo racional, de lo que explota, de lo que domina, de lo que interviene militarmente.    

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Uno de los mayores legados que heredó el filósofo Bolívar Echeverría fue el concepto de blanquitud. Echeverría nos dice que ésta está ligada a la modernidad capitalista y recurre más a una imagen de una condición física blanca que a un cierto tipo de color de piel o de raza. De esta manera, el planteamiento central es que la modernidad capitalista no sólo requiere un ethos ad hoc al capitalismo, sino la presencia de imágenes de la blanquitud, es decir, rasgos étnicos y culturales identitarios.

Esta blanquitud se debe entender en los términos en que Karel Kosik, menciona como "la consistencia identitaria seudoconcreta destinada a llenar la ausencia de concreción real que caracteriza la identidad adjudicada al ser humano por la modernidad establecida". Es decir, la blanquitud del homos capitalisticus como dice Echeverría "es todo el conjunto de rasgos visibles que acompañan a la productividad, desde la apariencia física de su cuerpo y su entorno, limpia y ordenada, hasta la propiedad de su lenguaje, la positividad discreta de su actitud y su mirada y la mesura y compostura de sus gestos y movimientos".

La blanquitud capitalista moderna que ha asesinado a los miles de migrantes africanos y asiáticos en los últimos en Europa con los mismos que han criminalizado el derecho legítimo de desplazarse de un lugar a otro. La migración no es un delito, es una necesidad que la propia blanquitud ha provocado tras siglos de saqueo de la diferencia (vista la diferencia desde ellos). Para la blanquitud la diversidad y la multiplicidad son diferencia y, por lo tanto, el migrante es un hostis, un enemigo externo que ponen en peligro la propia blanquitud. Según Carl Schmitt, a este enemigo externo hay que eliminarlo. Esta es la política de las naciones europeas, así como la estadounidense y la judía-sionista, que ven en los migrantes un peligro de muerte. Hay que recordar que gran parte de las guerras recientes son hechas y financiadas por países europeos, Estados Unidos e Israel. Además de auspiciar guerras internas o religiosas como lo hace el Estados Unidos con el Estado Islámico, de quien huyen muchas personas, entre ellas Aylan.

Racismos de Estado, diría Michel Foucault. La soberanía, es decir, el derecho de hacer vivir o dejar morir se convierte en un derecho global de la blanquitud. La biopolítica, el control de la vida en las poblaciones, es una prerrogativa de la blanquitud. La necropolítica, de Achille Mbembe, se convierte en la planetarización del terror y la muerte. Hermanas gemelas, soberanía, biopolítica y necropolítica se convierten en el carruaje de la blanquitud mortuoria que hemos visto hacia los migrantes, no sólo hacia Europa, sino a los Estados Unidos y hacia todo lugar donde haya alguien que clasifique como inferior a otro u otra bajo los signos de la blanquitd jerarquizante per se. Basta recordar el trato que inflige el gobierno mexicano a los migrantes centroamericanos que se dirigen  rumbo a los Estados Unidos. Blanquitud aspirada bajo el ideal de mestizaje, que se lanza contra la pobreza indiana y sus manifestaciones.

La blanquitud es signo de muerte hacia ese hostis, pero también hacia el inimicus, ese enemigo interno en la nación y que pone en peligro la identidad y el poder expresado en la política, que no es más que la manifestación y conducción de la blanquitud capitalista moderna. Esas fotografías de migrantes africanos y asiáticos ahogados en el Mediterráneo, son las mismas de los desaparecidos y asesinados durante los últimos años en México. La fotografía de Aylan es semejante a la de Julio César Mondragón: los dos víctimas de una guerra con los diferentes. La primera con el hostis potencialmente; la segunda contra un inimicus. Ambos peligrosos ante el estado de cosas dictado por la modernidad capitalista, por la razón y la destrucción, por la blanquitud.

La fotografía de Aylan y de miles de migrantes en todo el mundo no sólo nos quitó el sueño a más de uno por que nos enterneció, sino porque evidenció que nuestra idea de progreso, de valores, de metas y aspiraciones no son más que una humanización de la crueldad, una deshumanización, una infamia. La imagen Aylan está en todos los rincones, con otros nombres, con rostros de niñas y niños, de mujeres… de todas y de todos los que no encajamos en la blanquitud.

Picaporte

Al día siguiente de la entrega del 3er. informe de gobierno, Enrique Peña Nieto ocupó dos horas de mentiras, de falsedades y de promesas infundadas y sólo dos minutos de los verdaderos problemas nacionales y, claro, de pasadita. Dos postales: la primera, el culto de un besamanos presidencial en México; la segunda, una sociedad que se organiza y destituye a un presidente: gracias Guatemala, por el ejemplo.

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