El fin de las instituciones es la justicia,
así como el del pensamiento es la verdad.
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John Rawls
De nueva cuenta, un cuento. Escarbando en la biblioteca del recuerdo, la aventura y la imaginación, me encontré con un libro cuyo título –si la memoria no me traiciona- era algo así: “La verdadera historia del gordito anaranjado y su representación en las instituciones electorales”, firmado por un tal Fantasma de Radiopasillo, que sin duda es o era un pseudónimo. La historia comienza desde las épocas precámbricas en que pululaban los enormes dinosaurios, y donde nuestro personaje era un gordito multicolor, hasta este democrático 2015 donde adquirió el tono –y la forma- de una naranja.
Radiopasillo dio a conocer el último día de agosto que nuestro ilustre personaje había hecho una denuncia en contra de tres miembros del consejo general del instituto electoral porque habían cometido un sacrilegio enorme: seguir las determinaciones de dicho consejo en el comité de transparencia de ese ente electoral, justamente sobre una premisa que el tribunal federal determinó que era contraria a derecho y, en consecuencia, se establecía la revocación de la sentencia del primer tribunal, el local, y en segundo lugar se modificaba el acuerdo del citado consejo general “para dejar sin efectos la fracción VII del artículo 12, así como el artículo 23 del aludido Reglamento, facultades que deberán ser del mencionado Consejo General.” Se entiende: a partir de la fecha del fallo.
Nuestro anaranjado personaje, como gran inquisidor, desenvainó la espada, tomó la tea, y con sus armas secretas, lanzó las proclamas correspondientes sólo contra esos tres consejeros –justamente los que participan en la renovación del consejo general-, dejó intactos a todos los demás, sobre todo al secretario ejecutivo, que –se cuenta en esta secreta historia- es la mano que mece la cuna; dejó intactos también a las estructuras jurídicas que ayudan al mencionado secretario –un director técnico que, por cierto, es compadrito del gordito (se cuenta que hay fotos y videos de tan cercano vínculo que ya está en manos de la prensa) y un (ir)responsable jurídico. Dejó intacto, pues, al que tiene la tarea de revisar y de garantizar que se cumpla el principio de legalidad: para ello tiene a su cargo no sólo el dinero del presupuesto, sino todo el personal, especialistas, abogados y conocedores del derecho (y del revés) para formular buenas propuestas y excelentes reglamentos.
En la historia secreta (revelada ya por el tal Radiopasillo), en el penúltimo capítulo, se narra la turbia y opaca complicidad del naranjita y del secretario. En realidad el arma es el anaranjado personaje –que, como dice el cantautor español José Luis Perales, es “frío como un puñal”. “Un mercenario”, escribe el autor del libro “ni más ni menos”. El autor intelectual es el otro, el que mueve recursos, dinero, estímulos, convenios, bienes materiales (y de diversas índoles), y el que, sobre todo, controla todo: lo que entra y lo que sale. Y lo que no controla lo golpea con su mercenario.
Al libro, sin embargo, le faltaba el último capítulo, que en el índice se titulaba: “De cómo se conformará el nuevo organismo. Los tiros salen por la culata”. Pero aunque estaba incompleto, en el texto se incorporaban múltiples notas, observaciones, comentarios, datos dispersos y diversos, por ejemplo, había una nota sobre los documentos oficiales, donde el desconocido autor afirmaba lo siguiente: “No todo documento oficial refleja la verdad de toda persona, cosa o situación” Y enseguida escribía: “Releer la novela 1984 de George Orwell: ahí el ministerio de la verdad rescribía todos los días la historia (la inventaba)”. Detrás de la nota agregaba: “Leer periódicos serios, que suelen ser sólo uno o dos, a lo sumo”. En otra nota más agregaba: “También revisar los diarios personales, pues nos muestran las impresiones del momento y los datos particulares.” En un dato disperso, que parece ser una transcripción de un whatsapp, se podía leer una orden del secretario al mercenario: “¡Pártele su madre!” (se refería a un consejero).
Las notas también incluían a otros autores: Algunas notas sobre Kafka como esta: “K. descubrió lo que es el imperio de la burocracia: el papeleo, que es una cárcel. Si uno sabe romper esa cárcel –que es de papel-, descubrirá que las instituciones tienen el rostro que les damos. Pero hasta ahora les hemos quitado el rostro. Ese es el mensaje central de El proceso. Por eso la víctima termina muriendo como un perro.”
En una nota que parecía una relación de gastos, abundaban los datos sobre viáticos y comidas, combustibles y materiales de oficina, comidas por aquí, por allá y por acullá. Y una nota para el director administrativo: “¡Ningún dato de estos ni copia de factura a los consejeros!” En una especie de reflexión –siempre según el autor del libro-, en una nota escribía el secretario: “He superado al periquito tricolor, no una o dos veces, sino cuatro o cinco (¡yo sí sé de números!)”
Al final, la última nota decía: “Puebla, sine data”. Y en la contraportada estaba escrito a lápiz: “Aun así, es posible esperar a que las cosas mejoren, si rompemos las cadenas de papel y damos racionalidad a las instituciones.” Se trata de un libro revelador, sugerente y lleno de datos, lástima que cuando quise volver al baúl, éste había desaparecido. El encargado de la biblioteca me dijo que nunca había estado ni ha estado ningún baúl que, sin duda, era producto de mi imaginación y del calor insoportable: --Además –agregó-, con este tráfico infernal y esta ciudad caótica, es posible que llegara sin sentido de la realidad. Al no haber otra alternativa, y ya cercana la noche, me llevé de la biblioteca otro libro: Muerte en Venecia & Mario y el mago, dos novelas de Thomas Mann. Por cierto, ésta última trata sobre un espectáculo en donde ocurre una muerte real en el escenario y la gente que mira el espectáculo cree que es parte de la actuación, por lo que, lejos de acudir en ayuda de la víctima, la deja morir con su aplauso a rabiar. La vida –a final de cuentas- la vivimos recordando e imaginando. ¿Por qué no imaginarla de un mejor modo?