“En el principio era la Palabra –escribe san Juan en su Evangelio- y la Palabra estaba en Dios y la Palabra era Dios”. Siempre me ha impresionado ese texto por su hondura, profundidad y significado. Centrar el origen de todo en el verbo, en su acción, en su acto, concentrarlo como manifestación de la divinidad –lo sublime- no es extraño. Lo raro y hasta paradójico es que esa divinidad se haya participado a los seres humanos: “Y la Palabra se hizo carne, y habitó entre nosotros”. La palabra se humanizó, nos humanizó: nos hizo humanos, hombres y mujeres. Lo divino se humanizó y, de este modo, lo humano se divinizó. Su contenido teológico, filosófico, antropológico y hermenéutico no deja de llamar la atención.
Lo anterior vino a mi mente mientras leía yo una entrevista que le hicieron a Octavio Paz en 1992 sobre las palabras y, en particular, sobre él mismo como maestro de la palabra. Y entonces el Nobel mexicano plantea algunas ideas que es lo que querría yo destacar ahora. 1) A diferencia de otras ciencias, la lingüística, para estudiar las palabras, utiliza como medio y como método las palabras, lo cual conlleva en sí mismo una complicación. 2) La palabra humaniza al hombre, ya que mediante ellas no sólo se comunica sino muestra lo que es y descubre lo que es el mundo; la palabra, por tanto, le descubre su propio ser y el ser del mundo; por tanto, el vínculo y la relación entre mundo y persona comienza ahí, en su núcleo fundamental, en la palabra. Las creaciones humanas están edificadas sobre la palabra y el mundo mismo –incluyendo el cosmos- no se traducen sino en palabras, signos, y sus significados. 3) La palabra, si bien es valiosa en sus dimensiones oral y escrita, en los tiempos que corren se ha tornado menos significativa en la medida en que prevalece lo oral y se oscurece lo escrito, ya que disminuye lo significativo y, en su lugar, aparece lo homogéneo y, en un sentido comercial, la reducción de todo a un elemento demasiado mecánico: el precio. Es decir, no importa el significado porque todo puede comprarse, justamente porque todo tiene un precio. Y esto incluso aplica también para la cultura y el arte, no es la estética sino el precio por el que se introduce al mercado. La palabra –y lo humano en consecuencia- se reduce al acto comercial, la compra-venta, el precio en que termina todo acto de creación, incluyendo la poesía. 4) En ese contexto, sin embargo, se abren oportunidades para que, en la sociedad posmoderna, poscapitalista y posestructuralista, no muera lo humano ni sus conquistas más preciadas, sobre todo la democracia –que ya anticipa visos de contrariedad y de regresión (o riesgos latentes), y es que los medios de comunicación se tornen espacios de manifestación pluralista: diversidad en vez de homogeneidad.
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Esto último es lo que me hizo comprender, por un lado, la pasión por la palabra de intelectuales como Paz, y, por el otro lado, la necesidad de mirar al presente y al futuro. En necesario, oportuno y apremiante que quienes escriben (quienes escribimos) lo hagan con la pretensión de que manifestar la convicción, la perspectiva y hasta el capricho. Escribir con pasión, en consecuencia, se volverá un acto de congruencia (para quienes escriben por convicción), una manera de divertirse (para quienes sólo expresan su perspectiva) y una forma de arrebato (para quines lo hacen por capricho). Lo importante es que en los medios de comunicación –como lo es sin duda e-consulta y como lo ha sido estos 13 años de historia digital- existan esos elementos: convicción, diversión y capricho. Quienes toman la pluma, quienes quieren plasmar sus ideas por convicción, diversión y/o capricho, no deben de dejar de hacerlo, no sólo por supervivencia, cuanto más por salvar y renovar lo humano y, de este modo, lo divino que hay en el hombre: la chispa de la palabra. Chispa, sí, necesaria para provocar un incendio. No hay que olvidar lo que escribió Vicente Huidobro en El vuelo de Altazor: un poema es un incendio.
En esa misma entrevista, Paz respondía que no se explicaba por qué los medios de comunicación, en especial los periódicos, no publicaban poemas. Que en vez de eso publicaban notas que todos los demás (periódicos) replicaban. Y es verdad, uno lee un periódico y basta con ello para saber lo que los demás publican: lo mismo. En otras palabras, no es necesario leer todos los periódicos. Esa homogenización es lo que advertía Paz como un peligro contra la humanización de la palabra, en especial la escrita. Y lo que a mí, en particular me llamó la atención de la misma (la entrevista) es cómo el poeta relaciona la pluralidad de los medios de comunicación (que han superado o que intentan superar la homogenización) como condición sine qua non para que perviva la vida democrática. Porque no hay democracia sin crítica ni pluralidad. Sin ellas el poder se vuelve violencia, como lo ha mostrado la ya larga historia de la humanidad y la historia reciente de la que somos parte, no sólo en el globo, sino en nuestro país y en nuestros espacios cotidianos. “Pero el hombre es imprevisible: ayer vota por Hitler, hoy salta el muro de Berlín. Y mañana… ¿Qué hará mañana?” (Paz, 2003: p. 242).
Referencia bibliográfica:
Paz, Octavio (2003): Obras completas, 15. Miscelánea III. Entrevistas, edición del autor, Círculo de lectores / Fondo de Cultura Económica, 1a. ed. Barcelona, 2002; 2a. ed. México, 2003, 754pp. [La entrevista la hizo Juan Cruz: “Las palabras, incidents mortales” (pp. 240-243), se publicó con el título “El porvenir de la palabra” en el suplemento Leonardo de manera simultánea en El País, The Independent, Le Monde y La Repubblica en 1992].