“Es tarea del profesor desarrollar un nivel
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de pensamiento crítico tal,que los alumnos
puedan cuestionar los motivos políticos y
las desigualdades sociales, de manera que
se les oriente hacia una sociedad más justa
y democrática”
Henry Giroux
Con toda la serie de acontecimientos que se han venido desencadenando en nuestro país, es necesario reflexionar sobre la necesidad de desarrollar el pensamiento crítico, no solo entre los niños y los jóvenes que estudian, en toda la sociedad mexicana.
En los planes y programas de los diversos niveles educativos se especifica dentro del enfoque de competencias, el desarrollo del pensamiento crítico, especialmente dentro de los campos disciplinares de las ciencias sociales, humanidades y comunicación.
¿Para qué formar alumnos críticos? Para que tomen conciencia, custionen su realidad social e histórica y participen activamente en su papel de actores sociales.
Sin embargo, no por ir a la escuela y cursar un grado o nivel educativo lo desarrollan. Las habilidades relacionadas con él se construyen paulatinamente y los estudios han mostrado que existen relaciones complejas entre el desarrollo del individuo y los procesos educativos en los que éste se ve inmerso (Díaz Barriga, 2001).
Es muy complejo pensar críticamente y los buenos docentes siempre se preguntan: ¿cómo intervenir pedagógicamente para fomentar dicha habilidad de pensamiento complejo? No es sencillo, sobre todo en un contexto social donde el pensamiento crítico parece estar ausente. Al ser una habilidad de muy alto nivel involucra otras habilidades: la comprensión, la deducción, la categorización y la emisión de juicios entre las más importantes. No se desarrolla de manera aislada y no es la suma de habilidades, tiene que desarrollarse y relacionarse en un contexto y contenido determinados. Está enfocado dentro del desarrollo de habilidades metacognitivas y autorregulatorias (el qué, cómo, por qué, para qué).
Los investigadores definen al pensamiento crítico como el intento activo y sistemático de comprender y evaluar las ideas o argumentos de los otros y los propios, Paulo Freire por ejemplo, consideró que lo que hay que enseñar es la habilidad de analizar, problematizar e intervenir en la realidad, por lo que la capacidad de situarse históricamente y de tener en perspectiva los valores, creencias e ideologías propias o ajenas, es la esencia del desarrollo de un sentido de criticidad.Un pensador crítico es capaz de reconocer y analizar los argumentos en sus partes constitutivas.
A una maestro se le pide, dentro de sus obligaciones profesionales desarrollar el pensamiento crítico de sus alumnos en un grado o nivel educativo, pero muchas de las veces está solo, en una sociedad que parece no importarle que los ciudadanos desarrollen y apliquen un pensamiento crítico.
Las decisiones y acciones de las últimas semanas han mostrado, de personas o grupos, la ausencia de un análisis problematizado de las situaciones, parece no existir criticidad en nuestro país.
Aunado a ello, la información que bombardea a los ciudadanos en México está permeada de mentiras, promesas incumplidas, de spots publicitarios alejados de la realidad, con un sistema político que se muestra con un alto desprecio al electorado y por tanto a la ciudadanía, con supuestas reglas de competencia que sigue perpetuando a los mismos cuadros, a pesar de la corrupción e impunidad evidente.
Pedro Flores Crespo escribe que es necesario estudiar y hablar de los efectos que ha producido la programación de Televisa y TV Azteca en la inteligencia de la niñez mexicana, opino que no solamente afecta a la niñez mexicana. Los jóvenes, adultos y ancianos pasan buena parte del día admirando y asimilando sus programas así como a sus estrellas principales.
Necesitamos desarrollar el pensamiento crítico en toda la población mexicana, pero para ello hay que cambiar de manera sustantiva, los modos de ser y hacer que prevalecen en nuestra sociedad.
Referencia:
Díaz B, Frida. (2001) Habilidades de pensamiento crítico sobre contenidos históricos en alumnos de bachillerato Revista Mexicana de Investigación Educativa, vol. 6, núm. 13, septiembre, 2001.