En un aparente ejercicio de suma de esfuerzos, el Instituto Municipal de Arte y Cultura de Puebla, en mancuerna con el Consejo Estatal para la Cultura y las Artes y, en conjunción con la comunidad teatral poblana, han organizado una serie de eventos artísticos escénicos, talleres, mesas redondas y representaciones en espacios independientes e institucionales, para celebrar el Día Mundial del Teatro 2015.
El público podrá ver un abanico muy diverso de ofertas espectaculares de arte dramático y teatral, dirigido a adolescentes, adultos y público infantil. El gran muestrario de representaciones arrancó desde el 23 de marzo -día que se celebra internacionalmente al teatro de marionetas- y, concluye su calendario de funciones, actividades formativas y voces y miradas críticas a este complejo que es el teatro, el domingo 29 de marzo.
Más artículos del autor
Además de difundir el mensaje que comparte cada año un teatrista elegido por el Instituto Internacional del Teatro de la UNESCO, por sus aportes a la teatralidad y a la escritura dramática; hoy también trataré de preguntarme un poco sobre el entorno socio-político que constriñe a nuestra disciplina.
¿Contamos con una política cultural que apueste por el desarrollo del arte teatral?
Ni la promoción ni el fomento a la actividad artística han sido suficientes para integrar a la mayoría de la masa poblana dedicada a las artes escénicas. Ni las instancias municipales ni las estatales han sabido proporcionar un escaparate de visibilidad o, de movilidad para sus creativos e intérpretes del arte dramático y teatral. A decir, todavía no se nos considera en tanto bienes artísticos y culturales. Continuamos formados en la cola, para que los miopes encargados, nos consideren para alguna participación mínima dentro de los múltiples programas que podrían darse en pos de un crecimiento recíproco.
Socialmente no circulamos, porque ni al estado ni al municipio les interesa contemplarnos en un diálogo interactivo de producción además de creativa, formativa. Entonces, es más difícil que la audiencia potencial nos consuma. O sea, no se nos reconoce. No es de cada gestión, sino de cada día, que hay que volver a comenzar la ardua tarea de: tocar puertas, ofrecer proyectos, comprobar la ficha curricular; para ver si el funcionario en turno, se baja de su pedestal de autosuficiencia, y al menos nos concede una cita.
En este sentido, la función de las instancias culturales gubernamentales no es explícita, permea la discrecionalidad que empodera a los venidos de otros lados, a los recomendados. Y, de los apadrinados, qué más constatar, no sólo les dan hueso, puestos pues, sino que son los que aparecen programados apriorísticamente.
A lo que se aúna la falta de continuidad. A lo largo del desfile de encargados de despachar las actividades artísticas y culturales, no hay un propósito compartido, cada cual que llega, quiere imponer su opaca mirada de las cosas. Tampoco los responsables de administrar lo relativo a la cultura y a las artes, se interesan por su comunidad artística; nos mantienen a raya. Aunque proponen coartadas, como abrirnos la posibilidad de participación en alguno de sus festivales, sólo que lo que se presupuesta para una comunidad entera, a veces no iguala lo que se le paga a un solo grupo importado.
Aquí, lo que se maneja como política cultural, no es una relación ni democrática, ni equitativa. Lo que tenemos son aparatos gubernamentales que se gastan gran parte de los recursos financieros en el pago de los sueldos y canonjías, para sostener a un personal, con un esquema en algunos casos, obsoleto. La institucionalización de los bienes creativos tan cargados de subjetividad, sólo ha empujado a una pugna constante entre las agrupaciones que se pelean por un espacio acondicionado, por un recurso que signifique un porcentaje mínimo de lo caro que es en Puebla dedicarse a la profesión teatral. Esta condición se vuelve más complicada en el caso de los que ya tenemos familia, pues, no contamos en ningún momento con un trabajo seguro, ni bien remunerado, mucho menos bien posicionado.
Hay que tener vocación y mucho aguante. Ser un apasionado del arte escénico para seguir creando. Amar lo que se transmite a la audiencia, para actuar no por un pago, sino por el afán de ofrecer instantes genuinos de ficción teatral, que tal vez puede contribuir para modificar un poco las circunstancias en las que efectuamos nuestras representaciones.
Además la verticalidad del sistema político, considera a los que se alinean, integra a aquellos grupos o artistas que comulgan con la política del estado; que no, con una política cultural que apueste por el desarrollo multidimensional de los involucrados en la realización del arte teatral. A los que se salen del coto, los que critican y se resisten a someterse al discurso de la autoridad, a esos, hay que congelarlos, sutilmente, mantenerlos atrapados en la red de una promesa, que se posterga perennemente.
Actualmente, la interlocución entre gobernantes y creadores del arte y la cultura, sólo puede darse, si estos últimos legitiman las prácticas dictadas desde el despacho del ejecutivo del estado o, a veces, desde ese artilugio progresista que se promociona desde la municipalidad. Y como las administraciones en turno no se han caracterizado por una postura incluyente, ni justa, repetimos sintomáticamente el caminito para ser contemplados.
En algunas ocasiones, el desencuentro entre creadores, o en relación a las autoridades, se torna más ríspido y muy desgastante. Quemar los ánimos de los creadores del teatro, es otro recurso de huida de los intermediarios entre la autoridad gubernamental y sus artistas. Habría que tener días de 45 horas y un seguro de desempleo, para sostenerse en el intento de una atención significativa por parte de los encargados de administrar las partidas presupuestales designadas para el arte y la cultura.
El manejo de los recursos materiales y financieros aún no es traslúcido. No hay autonomía en lo respectivo al crecimiento de la producción de bienes artísticos y culturales. No hay una verdadera libertad discursiva. Las obritas por encargo, están teñidas de doble moral y de un filtro inverosímil. Los intentos de planeación organizativa, se ven truncos, pues las más de las veces, los parcos recursos autorizados, se liberan o muy tarde; o, pasados varios días de efectuado el evento programado. Este atorón administrativo, es de los vicios más nocivos que hay que subsanar cuanto antes.
Este desorden es un botón de muestra del mal funcionamiento de lo que se dice una política cultural a favor de la ciudadanía. No. Con esta dinámica, se le niega el poder al ciudadano, y se bloquea la participación activa de la sociedad.
Es la fecha en la que nuestra participación es casi nula. Todavía nos siguen dando atole con el dedo. Pues, estadísticamente seguimos al margen de los grandes proyectos públicos.
En síntesis, no hay congruencia entre lo que se informa mediáticamente y la realidad que viven los hacedores y sostenedores del arte del teatro. Luego, falta mucho por conciliar una política cultural que busque potenciar a sus artistas y creadores y productores de bienes culturales.
En un tono más optimista, leamos lo que desde Varsovia Krzysztof Warlikowski director del Teatro Nuevo, nos comparte a modo de mensaje para celebrar del Día Mundial del Teatro -27 de marzo de 2015.
Los verdaderos maestros del teatro se pueden encontrar muy fácilmente lejos del escenario. Y por lo general no tienen interés en el teatro como máquina para reproducir convenciones y clichés. Buscan las fuentes de la pulsión y las corrientes vivas que evitan las salas de representación y a las multitudes que prefieren la copia de un mundo o de otro. Preferimos copiar en vez de crear mundos que inciten al debate con el público, que se centren en las emociones que se acumulan bajo la superficie. En realidad no hay nada que pueda revelar tantas pasiones ocultas como el teatro.
A menudo vuelvo a la prosa como una guía. De vez en cuando me sorprendo pensando en escritores que hace casi un siglo profetizaron el declinar de los dioses europeos, y describieron el crepúsculo que hizo sucumbir a nuestra civilización en una oscuridad que aún espera ser iluminada. Estoy pensando en Franz Kafka, Thomas Mann y Marcel Proust, pero también incluiría hoy a John Maxwell Coetzee en este grupo de profetas.
Su sentido común sobre el inevitable fin del mundo -no del planeta, sino del modelo de las relaciones humanas- y del orden social y el caos, es considerablemente actual para nosotros hoy día. Para nosotros que vivimos después del fin del mundo. Para nosotros que enfrentamos crímenes y conflictos que se encienden diariamente en nuevos lugares más rápido que los ubicuos medios de comunicación. Estos fuegos se vuelven aburridos muy rápidamente y desaparecen de las noticias, para nunca más volver.
Y nos sentimos desprotegidos, horrorizados y acorralados. Ya no podemos construir torres, y las murallas que levantamos obstinadamente, no nos protegen de nada -por el contrario, ellas mismas piden protección y cuidado, lo que nos hace consumir una gran parte de nuestra energía vital. Ya no tenemos la fuerza para tratar de mirar lo que hay más allá de las puertas, detrás de los muros. Y es precisamente por eso que el teatro debe existir y donde debe encontrar su fuerza. Mirar más adentro de lo permitido.
"La leyenda busca la explicación de lo inexplicable. Está aferrada a la verdad y debe terminar en lo inexplicable"- así es como Kafka describió la transformación de la leyenda de Prometeo. Siento profundamente que esas mismas palabras deberían describir el teatro. Y ese tipo de teatro que se aferra a la verdad y termina en lo inexplicable, es el que deseo para todos sus trabajadores, para los que están en el escenario y para los que están en el público. Lo deseo con todo mi corazón.