Acudí en estos días a dos convivios de fin de año. (Tengo por norma no acudir a ningún sitio si no soy expresamente invitado.) Me gustan las reuniones de pocos concurrentes, de preferencia no más de seis. En las numerosas se habla mucho, se conversa poco. En las reducidas los alimentos y bebidas se disfrutan a la par de la charla, el convivio se vuelve un placer, sobre todo cuando hay invitados amenos y los platillos son de sazón familiar.
A las que asistí fueron de dos estilos totalmente distintos. La primera en Casa Puebla, una reunión del gobernador con representantes de los medios de comunicación. Me pareció concurrida en exceso. Cuando esto ocurre adquiere casi el carácter de mitin y el fin buscado se pierde, creo. Como se dice en el futbol: había mucha gente de pantalón largo en la cancha.
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Ausencias de periodistas notables, desde luego. Muchos, demasiados platillos de aceptable calidad. Las mesas y sillas pequeñas y otras con aspecto de periqueras, poco cómodas. El servicio de meseros magnífico. La señora esposa del gobernador llegó media hora antes que él y saludó de mano a todos los asistentes. Este gesto, como otras veces, ha sido muy bien apreciado.
El ejecutivo estatal habló cerca de unos veinte minutos en el centro de la pista acompañado de su esposa. Su intervención fue una especie de mini informe de gobierno. Hizo un recuento de muchos logros y dio un saludo de felicitación por fin de año. Expuso un panorama totalmente optimista del estado. Se rifaron muchos obsequios. Si el objetivo era halagar e impresionar a los asistentes, no necesariamente comunicadores, se logró.
Luego, el gobernador Moreno Valle charló otros veinte minutos en una mesa de la que fui parte. Exhibió conocimiento de los presidentes y sus municipios, lo que hacen o dejan de hacer, se refirió a los que trabajan y a los que practican la holganza. Se ve que los conoce bien a todos. Luego pasó a otra y otra mesa y así hasta que dieron las 23:15 horas y yo me despedí.
La otra fue una cena a la que convoca cada año el Arzobispo Víctor Sánchez, en la casa arzobispal. Vestía con sotana y luego de saludar de mano a las dos docenas de asistentes los pasa a la sala donde se sirve la cena. Esta tiene toques navideños pero es sobria. En un rincón un árbol de navidad con algunos regalos. El aroma a platillos de temporada es grato y el ambiente cálido. Afuera hace un poco de frío y contrasta con el interior. Ofrece el Arzobispo una excelentísima cocina a sus invitados. Son platillos confeccionados por religiosas, comentó alguna vez. Cuatro jóvenes auxiliares, entre ellos un sacerdote sirven la mesa.
Lo hacen con el carácter de amigos del anfitrión y muestran diligencia y amabilidad. Por la mesa desfilan las delicias de temporada: la ensalada de betabel, el bacalao, los chilpotles grandes rellenos de queso, la pierna, los ayocotes, el ponche y los buñuelos, todo junto un verdadero manjar. El sazón conventual poblano confirma su fama, y en qué forma.
Pero la exquisitez mayor la pone el Arzobispo. Su charla es sencilla, directa, abierta, salpicada de anécdotas, de referencias a la vida sacerdotal, a los entretelones, pasillos y personajes del Vaticano. No acapara el micrófono, reparte el juego entre los convidados. Les pregunta, deja que hablen, escucha atento. Es cuidadoso en las formas pero no usa un lenguaje rígido cargado de solemnidad. Por el contrario, hace gala de un estilo coloquial, sencillo y se echa a la bolsa a los comensales.
Informa, platica, cuenta, casi sin reservas, con un fino sentido del humor en algunos casos. No le rehúye a ningún tema. Se habla de las iglesias, de sermones, problemas sociales y políticos, calidad o fallas de las homilías, valores de algunos sacerdotes, omisiones que hay que corregir, acepta sugerencias, habla de las reformas eclesiales, del Papa Francisco, la pederastia y el acento humano que le imprime a su ministerio, sus reuniones casi diarias con millares de católicos en todo el estado.
Describe una vida, la suya, sin límite de tiempo, y una agenda apretadísima; asiste a ceremonias públicas donde se le invita y se disculpa con franqueza si no puede por tener un compromiso mayor con sus fieles o la jerarquía; no tiene prejuicios ni rencores, muestra sensatez y respeto en dosis iguales. Mide sus palabras, forra con prudencia sus comentarios.
Practica la modestia desde la primera cena a la que nos invitó hará unos cuatro años: a la hora de los digestivos, él mismo, se pone de pie y dirige a uno de sus auxiliares al servir a cada uno de los asistentes, y así le da vuelta a toda la mesa. A veces recomienda algún licor italiano y hasta se espera generosamente a conocer el juicio de alguno de sus invitados.
Maneja la relación humana con sencillez y maestría, se mueve con destreza en la comunicación con los medios. Al final, obsequia una pequeña charola con buñuelos a todos los presentes y hasta parece pasar lista, con elegante lenguaje corporal, para ver si no se excluyó a alguno. Antes ha dirigido a todos un mensaje cordialísimo de salud, amistad y buenos deseos.
Deja en su trato con todos una impronta de gentileza y distinción, sin importar que en su ecuménica mesa haya no creyentes o hasta alguno poco prudente que asiste a la cena con “cola” y sin rubor alguno.
El del Arzobispo Víctor Sánchez es un estilo estupendo en la relación con la gente.
Por algo la iglesia católica tiene una vida milenaria…