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Miércoles, 13 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

La mirada juvenil

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Fidencio Aguilar Víquez

Es Doctor en Filosofía por la Universidad Panamericana. Autor de numerosos artículos especializados y periodísticos, así como de varios libros. Actualmente colabora en el Centro de Investigación Social Avanzada (CISAV).

Miércoles, Diciembre 17, 2014

En los ojos del joven arde la llama.

En los del viejo brilla la luz.

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Víctor Hugo

En 1997, cuando fui consejero electoral en el distrito seis de la capital para la elección federal de ese año, tenía yo dos hijos, el mayor de tres años de edad y el menor de uno, y escribía yo artículos de opinión sobre la cosa pública inspirado en ellos y algunos dedicados a ellos. Luego nació mi tercer hijo y seguí escribiendo en esa tónica. Ellos eran niños y yo acababa de saltar la juventud. Hoy, los dos mayores ya están en la universidad, uno estudia ciencias políticas, otro cine y el menor, pronto, diseño digital. Y sigo escribiendo artículos de opinión inspirado en ellos. Los tres crecieron bajo la lectura, entre otras, de Tolkien, El Hobbit y El señor de los anillos, y de Lewis, Las crónicas de Narnia. Luego cada uno fue diversificando: la historia de México, Vasconcelos y la cristiada uno, los cómics el otro y los clásicos el menor. Es ahí donde puedo ver, justamente, cómo en ellos, en su mirada, arde la llama de la juventud. Sé que otros padres de familia ven esa llama en otros ámbitos, en otras cualidades de sus hijos, en otras peripecias, en otras habilidades. La juventud es fuego.

Siempre he pensado que la juventud, además de sus problemáticas, es un estado de las personas en donde, además de ese fuego que arde y quema, se interroga, pregunta y pide razones de las cosas y de las circunstancias: la juventud pide razones para entregar su existencia, para comprometerse, para darse, donarse y perdonarse. Y creo que la gravedad de las cosas que ocurren en el país, y entiéndase, el país no está allá, en un lugar quién sabe dónde, no, el país está aquí, en los espacios donde está la familia, en los espacios de la calle, del trabajo, de la escuela y de todos los ámbitos del quehacer cotidiano, pues bien, digo, esa gravedad ocurre justamente teniendo a los jóvenes como protagonistas: por desgracia muchas veces como víctimas, ahí está el caso de Ayotzinapa; pero se pueden agregar los casos en que lo son de la violencia o de las redes que secuestran, esclavizan o asesinan. El fuego también puede usarse para lastimar y destruir.

El tema juvenil me gusta abordarlo bajo dos ejes temáticos, el de las generaciones y el de las edades de la vida, por un lado, y el de mi experiencia como profesor universitario donde por muchos años he tenido contacto con jóvenes, por el otro lado.

En el primer rubro, el de las generaciones, quienes han planteado y explorado el asunto son José Ortega y Gasset y Julián Marías. Ambos, maestro y alumno, han planteado que de los cero a los quince años, las personas prácticamente no cuentan en las decisiones o en la influencia para tomarlas (se entiende, a nivel social). De los quince a los treinta, que es prácticamente la edad juvenil, es el periodo de formación, donde las personas nos apropiamos de conocimientos, habilidades, capacidades y elementos que configuran nuestro modo de ser. De los treinta a los cuarenta y cinco, se da la generación que toma decisiones y que conduce y manda en una sociedad. Pero no la tiene fácil, porque de los cuarenta y cinco a los sesenta está la generación que se resiste a esas decisiones. Entre ambas generaciones, una que toma o arrebata, y otra que se resiste y pelea, se da prácticamente lo que decide una sociedad en un tiempo y lugar determinados. Luego viene una generación, de los sesenta a los setenta y cinco, que ya está totalmente desplazada de las decisiones pero que, ahora, se vuelve problemática porque simplemente está ahí y no puede ser ignorada (como no puede ser ignorada ninguna generación, simplemente porque están ahí y hay que hacer algo con ellas: los niños, aunque no tomen decisiones, están ahí, representan un reto, un problema y, desde luego, una bendición para una sociedad). El asunto es que la generación de los 15 a los 30 años de edad, que es la juventud, está ahí (según el dato de la lista nominal del INE, casi son 24 millones que podrán votar el próximo 7 de junio en la elección federal del año que entra), formándose para que, dentro de unos años, sea la que tome o arrebate el control de las decisiones en el país. Esa generación, que es la de los jóvenes, ¿cómo se está formando, cómo se está preparando, para qué se prepara?

Como quiera que sea, algo está haciendo esta generación y no es difícil imaginar lo que hace, lo que piensa, lo que siente. Si pensamos en los jóvenes que acuden a la universidad (prepa, carrera, posgrado o trabajo), veremos una perspectiva: ¿cómo estudian, cómo se preparan, para qué se preparan? Y una problemática: ¿están bien preparados? ¿Encuentran trabajo adecuado? Si pensamos en jóvenes que, por las razones que sean, no acuden a la escuela o a la universidad (y que, además, o no trabajan o no encuentran trabajo), ¿qué hacen, a qué se dedican, en qué invierten su tiempo?

En cuanto a las edades de la vida, o ciclos, la juventud, a diferencia de la niñez y de la madurez, o de la vejez incluso, tiene una peculiaridad: la energía, una energía que parece tener un cauce de gran envergadura: la sexualidad y la identidad sexual. Si esa energía se vuelve virtud puede incluso brotar ese espíritu de magnanimidad y grandeza, si no, se queda en un mero torbellino y veleidosidad. ¿O será que, en sustancia, la juventud, en esos quince años, de los quince a los treinta años de edad, es el descubrimiento de sí mismo en virtud de lo cual se palpa la identidad, se vislumbra y se forma la vocación personal y profesional que dará temple a la propia existencia? Desde luego, siempre está presente la impericia, la falta de experiencia, que hacen siempre a los jóvenes susceptibles de ser manipulados. También es el momento de los amigos y de las compañías adecuadas que abren un horizonte de camaradería, de solidaridad y de respeto y de sentido de justicia: si hay algo que más molesta al espíritu juvenil es precisamente la injusticia. Detrás de todo reclamo de justicia hay una fuerte dosis de juventud.

Se encuentra, empero, la otra cara de la moneda. Ya Aristóteles describía el carácter de los jóvenes: propensos a los deseos pasionales, fugaces y volubles, apasionados y coléricos,  propensos a la ira y dominados por el apetito irascible. Pero no soportan que se les desprecie ni que se les trate injustamente. Lo amable, escribe el Estagirita: son de buen carácter, bondadosos, crédulos, “la mayoría de las veces viven llenos de esperanza” (Retórica II, 12.2, 21).

Sé que son tiempos difíciles, oscuros, inciertos; si no es la violencia y sus redes, es la perspectiva del dinero fácil y de lo efímero, lo insulso y lo trivial, la frivolidad y la farándula; y un horizonte que, en la vida social no es halagüeño para nada: la impunidad, la corrupción y la ineficiencia para generar dignidad y desarrollo.

Con todo, yo veo en los jóvenes la mirada ardiente, los ojos donde arde la llama; lo he visto en las generaciones universitarias y, ahora, en los ojos de mis hijos. Llamean sus ojos y sus vidas corren como ríos caudalosos. Y yo sonrío agradecido, convencido de que pronto encontrarán el mar, el mar de la existencia y su misterio…

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