Narraba mi abuelo que en su infancia la gente mayor se refería a la 6 poniente en la altura que corre entre la “Casa del Alfeñique” y el “Teatro Principal”, no bajo la nomenclatura de "José Manso" que le habría sido asignada desde 1890 tal y como lo refiere el cronista Hugo Liecht en su formidable obra “Las Calles de Puebla”, sino con el nombre antiguo del "Chito Cohetero”; en cuyas delimitaciones se habría establecido la sede de su domicilio infantil, una vez que sus padres habrían vendido la Hacienda de sus ancestros ubicada en Palmar del Bravo conocida con el nombre de "San Miguel Chaltepec"; domicilio desde el que le habría tocado en suerte escuchar las balaceras que se desataron a unas cuantas cuadras, el 18 de noviembre de 1910, sobre la residencia de los hermanos Serdán, hecho que detonaría el gran estallido social que fue la "Revolución Mexicana".
Trató siempre, asimismo,de ubicar la calle que en sus años de terneza infantil de habría denominado del “Piojo Seco”, nomenclatura cuyo origen atribuía en su imaginación a algún usurero de avanzada edad y aspecto enjuto; explicación que no se ajustaría a la realidad ya que gracias a la lectura de Liecht la he podido ubicar recientemente en la esquina de la parroquia del “Sagrado Corazón de Jesús” sita en la 9 norte y 12, descubriendo que la designación se habría originado por la existencia de un bajo de aguas termales denominado “temazcal del piojo”, mismo que al cerrar sus puertas daría pie a la denominación ya referida.
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En la 3 norte y 8 poniente en contraesquina del antiguo mercado de “La Victoria” se ubica la calle que fuera conocida durante la época virreinal con la peculiar designación del “Beaterio Viejo”, dada la existencia de una residencia de mujeres solteras de edad avanzada que se recluían a hacer vida de oración, y que, posteriormente, recibiría el nombre de calle de “Merino”, denominación que no obedecería a la disposición de la ciudad de homenajear al gobernador de la intendencia Joseph Merino Ceballos quién durante la etapa borbónica estuvo al frente de la intendencia de Puebla con antelación a don Manuel de Flón Conde de la Cadena, sino a un personaje mucho más modesto aun cuando acaso emparentado con aquel, un panadero quién habría establecido su expendio de pan en el lugar de marras según habría quedado asentado en los anales de la ciudad al manos desde el año de 1805.
Viene a cuento lo anterior ante el hecho de que éste mes de diciembre se cumplirán diez años del fallecimiento de José Luis Ibarra Mazari, pionero en la radiodifusión en la ciudad y que a lo largo de años escribió su emotiva columna: “Balcón”, y, si bien es cierto que a José Luis le molestaba sobremanera que se le endilgara el calificativo de “cronista de la ciudad”, no es menos cierto que en la referida columna rescato mucho del imaginario colectivo de todos los que nacimos y habitamos en Puebla.
El imaginario de una ciudad, cuyos primeros alcaldes: Hernán de Helgueta y Alonso Martín Partidor han quedado en el total olvido del que tan sólo recientemente han sido rescatado gracias a un extraordinario hispanista como lo es el historiador Hugh Thomas; imaginario que, por lo demás, abarca lo mismo lecturas completas y acabadas como la de los historiadores antiguos del siglo XVIII Miguel Cerón Zapata, Diego Antonio Bermúdez de Castro y Mariano Fernández de Echeverría y Veytia, así como la obra del poeta del siglo de “oro” Guitierre de Cetina; que remembranzas de relatos escuchados de personas mayores durante los años de infancia.
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