Don Manuel, como lo conocemos quienes lo hemos tratado, Manuel para quienes compartieron su amistad y su juventud, sobre todo su juventud, Manuel Antonio Díaz Cid, el licenciado, el maestro, el académico, para quienes lo ubican por algún motivo en un catálogo o diccionario de personas relevantes, cumple hoy 76 años de edad (Vargas Llosa tiene 78, el Papa, 77), por lo que, desde el punto de vista de la madurez, se encuentra en cierta plenitud, la de la vida intelectual, la de la experiencia de la vida y la del desinterés por tomar partido. Sus consejos son, por lo tanto, el fruto más granado con que hoy podemos contar quienes por diversas circunstancias gozamos de su cercanía.
Incluso, en estas horas oscuras para el país, de aguas turbulentas en las diversas regiones y de polarización en el estado, la claridad de sus análisis resulta ser muy precisa y viene como un oasis en medio del desierto. No es, sin embargo, su capacidad para hacer análisis político lo más admirable (que desde luego, es de admirar y de considerar); a mi modo de ver, su característica principal es que, con todo y la madurez de su edad, tiene una gran sensibilidad para seguir aprendiendo; me atrevería a decir que, para él, lo más relevante es, justamente, aprender de lo que la vida nos ofrece y nos muestra tanto en el ámbito externo como en el interno. Por eso es que sigue estudiando, consultando, recopilando datos, comparando, analizando, sintetizando y compartiendo lo que va descubriendo. Es como un moderno Virgilio, acompaña a quien quiere iniciar el largo y arduo camino del conocimiento y del aprendizaje. Es un maestro, sin duda, un guía.
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Uno de sus autores favoritos es san Agustín, el gran obispo de Hipona y uno de los mayores sintetizadores del pensamiento cristiano primitivo. Supongo que, por lo que dice, lo que le atrapa del hiponense ha sido su búsqueda de la verdad y su sentido antropológico: “no vayas fuera de ti, entra dentro de ti, y si descubres que eres finito, trasciéndete a ti mismo”. Porque es verdad, el corazón inquieto, el de todo ser humano, el de Agustín, el de don Manuel, “no descansará hasta que descanse en ti”. Esto se ve en su mirada, en su inquietud al estudiar, en sus preguntas (es un hombre que, a su edad, más que dar respuesta, plantea preguntas), y hasta en su familiaridad con el santo, Aurelio Agustín, le llama. En su casa, que es una biblioteca gigante (dondequiera hay libros), en una de las paredes, cuelga la imagen del santo de Hipona, su actitud es de petición y de apertura; creo que es una de las grandes virtudes que don Manuel ha ido aprendiendo con los años: la tolerancia. Esa imagen del hiponense, según yo, es la viva imagen de la tolerancia. Y don Manuel no se queda atrás.
Le encanta la historia; no hay tema histórico, dato, referencia a personaje o hecho, país o época, en que, si se le pregunta, no dé un dato, una referencia, un breve resumen y una recomendación bibliográfica. Incluso, si uno le sabe conmover su pasión filatélica, explica la historia de los países en base a las estampas postales que recibe de todos sus amigos que viajan a distintos lugares el mundo. Ahí, mediante los timbres postales, va explicando las condiciones y circunstancias económicas, políticas, sociales y culturales de las sociedades. Aunque él dice que su vocación debió haber sido la del psicólogo, ya que le apasionan los temas del alma, ahora, desde la historia, sabe y explica los humores de las almas de los pueblos y las generaciones, de las épocas y de los países, de las naciones y de las sociedades, hasta llegar a la modernidad y la llamada posmodernidad, que analiza como un relojero, pieza por pieza, para comprender su funcionamiento palmo a palmo. Es una de las personas más cultas que conozco, no sólo por la cantidad de saber (no hay tema que don Manuel no sepa) sino, sobre todo, por la calidad: cuando uno estudia con él, me refiero a cuando uno está allí con él en su pequeño taller donde elabora las ideas, donde estudia los libros y los analiza, no sólo obtiene datos, sino sobre todo, significados: uno entiende lo que pasó, lo que pasa y lo que es posible que pase.
Aun con todo el saber, no es eso lo que distingue a don Manuel. Lo que lo distingue es su sencillez, su apertura, como he dicho, su tolerancia, su gran calidad humana y su magnanimidad: me parece que tiene la convicción de que, en la medida que un pueblo, una sociedad, una generación, es consciente de lo que está llamado o llamada a ser, en esa medida está dispuesto o dispuesta a construir los puentes del presente no al pasado sino al futuro. Don Manuel mira al futuro, por eso es capaz de mover y conmover: porque no mira hacia atrás, donde comenzó la obra, sino hacia delante, donde culminará. Su preocupación no es el pasado sino el porvenir: su ocupación mira hacia delante, con el horizonte abierto, eso es lo admirable en él, y eso es lo que se percibe en su mirada.
Tuve la oportunidad de trabajar con él cerca de diecisiete años y qué no aprendí en muchos rubros del conocimiento; pero no es eso lo más relevante, a mi modo de ver. Don Manuel es una enciclopedia viva, un hombre cultísimo, un árbol de saber. Y, sin embargo, lo más sustancial es su trato humano, su humildad, su cercanía, su apretón de manos, su mirada directa, su abrazo cálido y su sonrisa.
Varias veces, cuando acudía a impartir conferencias en lugares relativamente cercanos, me invitaba de chofer o de acompañante; por dos o tres horas, la charla era la muestra de una gran gratitud de un ser humano por sus padres, por sus amigos y por todo lo que la vida le ha brindado. Eso también es don Manuel. Su trato humano y generoso no tiene límites, y su consejo siempre está para quien se lo pide.
Así, pues, su mirada, su apretón de manos en el saludo, su abrazo, su sonrisa, su apertura y su cordialidad están siempre que muestra o explica un libro, o un texto, también cuando ofrece una copa de coñac o hasta cuando invita a una partida de billar. Ese es don Manuel, el que ha aprendido a aprender y el que enseña, también, esa actitud. Por ello, yo lo comparo con un árbol frondoso, que brinda sombra y da sus frutos (quien a buen árbol se arrima, buena sombra le cobija, dice el dicho). O a un río caudaloso, que ofrece su agua y lo que hay en su corriente para alimentar pero sobre todo para conducir al mar, ese horizonte lleno de misterio que significa la grandeza y la inmensidad de la existencia. Por todo ello nos alegramos con don Manuel y su familia, por sus 76 años de vida que ya han dados sus frutos y los seguirá dando.
Tenemos al Papa que, con sus 77 años, ha hecho lo que ha hecho y nos seguirá sorprendiendo con lo que hará, sin duda. Tenemos también a Vargas Llosa, que con sus 78 años ha hecho lo que ha hecho y seguirá haciendo lo que hará (yo le acabo de leer su novela Travesuras de la niña mala, y qué cosas, uno se llena de vitalidad). Tenemos a don Manuel y me atrevo a decir ha hecho y realizado mucho, formando generaciones de politólogos y de universitarios, y estoy seguro que nos falta ver lo que hará todavía. Esos son los hombres que nos hacen falta, que nos alumbran y nos conducen para que la violencia, la intolerancia, la polarización, el cinismo y los demás cánceres sociales no nos ahoguen. Que, por el contrario, con su sencillez, su apertura, su amor a la verdad y el conocimiento de lo humano nos muestren los elementos para construir una sociedad solidaria, más justa y más humana, donde podamos ver y descubrir al otro, a los demás y, por ello, descubrirnos a nosotros mismos, el rostro que llevamos dentro. ¡Felicidades, don Manuel y gracias por todo lo que nos ha brindado!.