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Martes, 12 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Doliente futuro

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Joshue Uriel Figueroa

Politólogo y abogado con estudios de Maestría en Políticas Públicas y Género (FLACSO). Fue Consejero Universitario en la BUAP. Activista por los derechos humanos. Se ha desempeñado como asesor en el INE y en la Cámara de Diputados. Desde el 2019 es titular del Programa Becas Benito Juárez en Puebla.

Sábado, Octubre 25, 2014

“En México… no hay peor casta de criminales natos que aquellos de donde los gobiernos sacan sus esbirros”

Martin Luis Guzmán.

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Dos fenómenos  han salido a relucir con los trágicos sucesos de Iguala Guerrero. Por un lado la violencia sistemática sobre la sociedad civil es una clara expresión de las cada vez más acentuadas contradicciones entre las inconformidades de los más necesitados y los intereses de los que concentran el poder económico, armado y político en el país.

Lo más terrible de esa contradicción es el estado de indefensión de los estudiantes y de la sociedad civil, frente a la colusión de grupos criminales con los tres niveles de gobierno, situación que instaura una crisis de gobernabilidad progresiva. Si de facto en el año 2011 el país se movilizó para pedir paz y No Más Sangre, apenas unos años después los tres niveles de gobierno se ven involucrados en un crimen de lesa humanidad que, por sí mismo, ya es un parteaguas en la historia de nuestro país.

En ese sentido hay quienes comparan el dos de octubre de 1968, con la matanza de estudiantes de la Normal Rural Isidro Burgos Ayotzinapa, Guerrero. Y no es una comparación bajo el razonamiento cuantitativo de los daños, mejor dicho es la trascendencia cualitativa de su significado. Reflexionemos pues sobre el papel de los estudiantes en la sociedad y el valor de la juventud en la historia,  pues en reiteradas ocasiones se entiende que en ellos guarda morada el “futuro”, la esperanza o la enérgica posibilidad de transformar y mejorar nuestra vida en colectividad. En esta lógica, la desaparición forzada de 43 estudiantes, y asesinato de 6 civiles representa una agresión contra la esperanza y una desaparición forzada del “futuro” bajo la marcada sombra del terror.

 Ya lo dijo Hanna Arendt en su momento: “el terror es la esencia de la dominación totalitaria”. Y a pesar del miedo en estos momentos lo que  impera en Guerrero no es sólo el más alto índice de violencia en el país, ni la pobreza. Ni la narcopolítica sino las más altas expectativas de vivir, de luchar y de reanimar la acción alternativa de una sociedad organizada, solidaria y humana.

Por otra parte, la indignación provocada por el cinismo de las autoridades que perpetraron este crimen desencadenó el baúl de las complicidades y artimañas  calculadoras de la política, más allá de la espantosa acción de los policías que balacearon, secuestraron y entregaron al narco la vida de estudiantes, la omisión del gobierno federal para prevenir la violencia en Iguala sabiendo  por sus propias estadísticas, al igual que las de INEGI ( Instituto Nacional de Estadística y Geografía), que el alto índice de crímenes perpetrados en Guerrero era un síntoma de peligro eminente para la sociedad civil . La complicidad natural con que los partidos políticos  se tapan y cubren las espaldas, guardando silencio y moderando sus declaraciones, solo demuestra y reafirma la desconfianza hacia las instituciones y los actores de la política electoral.

Empero, habrá que estar muy pendientes de las próximas elecciones en las que se elegirán 500 diputados federales, 9 gobernadores, 661 diputados locales y mil quince ayuntamientos en 17 estados. Activándose la maquinaria proselitista se reanudará para reconfigurar y posicionar el inevitable acomodo de las mafias de la violencia en el sistema político, económico y emocional de nuestra democracia doliente.

¿En qué manos está el futuro ?

figuerblazj@hotmail.com

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