Parado bajo la sombra de un árbol el joven se recargó en el tronco. Tenía dos botes de nieve sobre el piso. De esas hechas en casa. Sabores: vainilla y limón. Una niña se acercó y pidió ver las nieves, por lo que el muchacho le quitó las tapas a los botes para que la niña se enamorara de la vista. Se miraba el hielo con sal y algunos pedazos de tela envueltos alrededor del continente, mismos que la mantenía en su punto entre la suavidad y la dureza. La chiquilla, emocionada, eligió limón. El chavo le preguntó que si la quería de 6 o de 8 pesos, y ella respondió que el más grande.
El joven, como artista, tomó la cuchara para empezar a hacer la primera bola de nieve. Acarició de manera tal la sustancia, que sus movimientos suaves y rítmicos hipnotizaron a la niña que quedó prendada de las vibraciones oscilatorias. Su mirada siguió el hechizo de meter la bola dentro del vaso, soltarla con la palanquita del cucharón y acomodarla. Era una bola grande que sobrepasaba el contenido de la cuchara. Siguió una segunda bola más pequeña. Esta, de igual manera, el joven la formó como si en eso se le fuera la vida, y la chamaca saboreaba cada gota de elixir que se iba acumulando en el vaso.
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Fueron 4 bolas en total… todo por 8 pesos. A la niña le brillaron los ojos cuando, copeteado el vaso, se lo entregó con un popote y una servilleta el joven.
Era majestuoso ver la estampa callejera de la niña fascinada con la maestría arte del nevero, y al nevero hacer arte callejero consumible. Aquí no se pesa la cantidad de nieve para no dar de menos… ni de más. Aquí no se rasca la nieve… se acaricia. Aquí no se sienta un@ en las sillas de plástico, se está bajo la sombra de un árbol. Aquí no se mantienen frías las nieves con electricidad, es con hielo, sal y trapos helados. Aquí es un negocio ambulante donde los niños pueden mirar a la altura de sus ojos, en vivo y en directo, la maestría de hacer una bola de nieve que es para ellos. Aquí el maestro nevero, hace su nieve, la transporta, la ofrece y la sirve. Ama lo que hace de principio a fin. Sin prisas.
Estos momentos, y penetrarse en ellos, son lo que todavía hacen plena la vida, entre tanto escombro… de nuestra patria que está hecha pedazos…
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