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Ojo juvenil | Fidencio Aguilar Víquez
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Miércoles, 13 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Ojo juvenil

Fidencio Aguilar Víquez

Es Doctor en Filosofía por la Universidad Panamericana. Autor de numerosos artículos especializados y periodísticos, así como de varios libros. Actualmente colabora en el Centro de Investigación Social Avanzada (CISAV).

Martes, Octubre 7, 2014

Abro la página de un periódico digital de Guerrero y leo algunos encabezados: “¡Los quemaron! Hallan a 28 cuerpos en fosas de Iguala”, “¿Que por qué el procurador dijo que eran huesos? Porque los quemaron con diesel”, “Padres de normalistas desaparecidos mantienen viva la esperanza de encontrarlos con vida”, “El silencio me vuelve loco: padre de desaparecido en Ayotzinapa”, “Normalistas bloquean autopista y causan daños en caseta de peaje”, “Atrae PGR la investigación y envía más especialistas para identificar cuerpos de fosas”, y así otras referencias semejantes. En otro diario leo: “Monreal: Chalchihuapan, Iguala y Tlatlaya avergüenzan al país.”

En el diario español El país, bajo el rubro de ‘Violencia en México’, aparece una nota de Juan Diego Quesada: “Todos bajo sospecha por matanza en Guerrero”. En el periódico italiano La repubblica, se lee: “Messico: l’esercito prende il controlo a Iguala: disarmata la polizia locale”.

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Por otro lado, hace algunos días, algunos rectores de universidades, incluyendo a la estatal, que han rendido sus informes de gestión, donde, además de fijar una postura, destacan los datos de sus instituciones, por aquí, por allá, por acullá. En todo este escenario, y sobre todo ahí donde se preparan las jóvenes generaciones, cabe la pregunta, ¿qué pensarán los jóvenes de todo lo que se escucha, se dice, se lee, se mira?

Hablando del carácter de la juventud, Aristóteles señala que los jóvenes son, en primer lugar, propensos a los deseos pasionales y a hacer lo que desean; son, añade, fugaces y volubles, “tanta es la fogosidad con que desean como la rapidez con que se les pasa” (Retórica, II, 12.2, 7-8). Apasionados y coléricos, son propensos a la ira; en suma, los domina el apetito irascible, y por ello mismo no soportan que se les desprecie y se indignan si piensan o creen que se les trata injustamente.

Sin embargo, con todo, los jóvenes, sigue escribiendo el Estagirita, son de buen carácter, bondadosos y crédulos: “La mayoría de las veces viven llenos de esperanza” (Retórica, II, 12.2, 21), por eso son magnánimos, aunque, también por eso mismo, son fáciles de engañar y de manipular.

Yo me quedo con esa parte positiva, no porque no haya que atender a los riesgos y peligros, pero el saber que en ellos está viva la esperanza de una sociedad, de una generación, de un pueblo incluso, da pautas para creer en los jóvenes:

 

Por su modo de actuar prefieren lo bello a lo conveniente: viven, en efecto, más según el talante que según el cálculo racional, y el cálculo racional es propio de la conveniencia mientras que la virtud lo es de lo bello.

Asimismo, son más amigos y mejores compañeros que los de otras edades, porque gozan con convivir y nada juzgan aún mirando a la conveniencia, de modo que tampoco a los amigos. En todo pecan por demasía y por vehemencia contra <el precepto de Quilón> (pues todo lo hacen en exceso: aman en exceso, odian en exceso y proceden igual en todo lo demás); creen que lo saben todo y son obstinados en sus afirmaciones (lo cual es ciertamente la causa de su exceso en todo) y comenten las injusticias que se refieren a la desmesura [hybris], no las que corresponden a la maldad. Son también compasivos, por cuanto a todos los suponen buenas personas y mejores <de lo que son> (ya que miden a cuantos tienen cerca según su propia falta de malicia, de modo que presumen que éstos sufren daños que no merecen). Y son amantes de la risa y, por ello, también de las bromas; pues, efectivamente, la broma es una desmesura de los límites de la educación. (Aristóteles, 2007: 220).

 

Creo que el espíritu juvenil no ha cambiado mucho de cuando Aristóteles escribió a nuestros días. Y desde luego, ante tanta vorágine informativa y ante tanta publicidad, valdría la pena que sea en los espacios universitarios donde se rescaten esos aspectos positivos de los jóvenes, la esperanza, el ser compasivos y su inclinación a la risa y a las bromas. En ellos no funciona, como lo ha recordado el Estagirita en el texto citado, el llamado a la mesura, el llamado a la medida (precisamente el mandato de Quilón era: “Todo con medida”). Más bien, en ellos hay que abrir el horizonte de la esperanza, de la compasión trasformada en solidaridad y la diversión tornada en ver la vida con sus toques de gracia y buen humor.

Más cercano a nosotros en tiempo, Romano Guardini ha escrito sobre los jóvenes algunos rasgos generales, dos impulsos básicos y la fuerza vital que encierran. En cuanto a rasgos generales, el teólogo católico señala en primer lugar que el joven comienza a diferenciar entre seres amistosos y seres hostiles, en segundo lugar que aprende a distinguir los modos de comportarse útiles de los que pueden perjudicarle, y en tercer lugar que también aprende a ver fines y alcanzarlos, para lo cual distingue entre el bien y el mal y, en un esfuerzo disciplinario, a adherirse a lo correcto.

En esas actitudes, Guardini ve los dos impulsos básicos: la autoafirmación individual como conciencia de ser alguien distinto de los demás (que es donde radica también el riesgo de ser seducido por las más necias ideas) y, el segundo impulso, el instinto sexual como oposición contra el entorno, contra la autoridad y la exaltación de las fantasías y la entrada en los disimulos.

 

El joven que ha pasado por la crisis de los años de desarrollo ha tomado contacto con el propio yo y trata de adueñarse de él. Encuentra en sí mismo un terreno firme desde el que puede enfrentarse al mundo y comenzar a realizar su obra propia en este último (…). Ha cobrado conciencia de sus capacidades vitales y nota que en ellas existen posibilidades en devenir y de experimentar. Pero también tareas que realizar: afirmar y ordenar esas fuerzas vitales, reservarlas para conducirlas a su auténtica plenitud respectiva. (Guardini, 1997: 47-48).

 

En resumen, es bueno resaltar esa fuerza ascendente de la personalidad juvenil que, con esperanza, busca lo grande, lo noble, lo bello. En cierto sentido para ello acuden a las universidades; no está de más señalar que hay que evitar, sin embargo, que por su falta de experiencia puedan ser manipulados por intereses ajenos al espíritu juvenil, sean ideológicos, políticos o de mera publicidad. Si se respeta ese impulso vital, nuestros jóvenes serán como el agua de un río que sólo busca cauce para no desbordarse y llegar al mar de la vida, agua que significa en todos los aspectos vida: la familia, la escuela (la universidad), el trabajo y los espacios públicos.

Notas bibliográficas:

Aristóteles (2007): Retórica, introducción, traducción y notas Quintín Racionero, Gredos, Madrid, 412pp.

 

Guardini, Romano (1997): Die Lebensalter. Ihre ethische und pädagogische Bedeutung, Workbund – Verlag, Wülzburg, 1967 (1 Auflage 1953), Matthias – Grünewald – Verlag, Mainz, 1986, 7 TB-Auflage 1996 [versión castellana: Las etapas de la vida. Su importancia para la ética y la pedagogía, introducción Alfonso López Qujntás, traducción José Mardomingo, Ediciones Palabra, Madrid].

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