¿De qué grosor son los muros del autoritarismo en nuestro país?
¿Qué tan normal se asume desde las torres de poder en todo México que los cargos son un derecho patrimonial, o hasta familiar..? Y que nada debe osar trastocar ese privilegio.
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Por qué preguntar sobre esto. Porque no de otra manera se explica el trato de buen número de analistas y medios ante el gesto novedoso de Miguel Osorio Chong, secretario de gobernación, ante los jóvenes politécnicos.
Se mostró al funcionario como haciendo algo realmente extraordinario. Como si se tratara de un lance audaz jamás visto. Casi como si de pronto de la bóveda celestial una figura divina bajara a hablar con los mortales.
Durante una semana un torrente de elogios colmó la figura de Osorio Chong. Loas, aplausos y adulaciones abundaron. Pocos comentaristas, a mi juicio, mantuvieron una postura mesurada, equilibrada.
Los demás siguieron los viejos moldes del periodismo mexicano. Incienso abundante al secretario y pronósticos desbordados respecto de su futuro.
El exceso de humo impide ver las cosas con claridad, con naturalidad.
Hagamos a un lado los incensarios.
Nada sano es que los medios sobredimensionen un comportamiento. Sí es importante, que se explique el hecho en su marco histórico y con elementos de juicio.
Nadie habla de restar méritos al estupendo trato que el secretario de gobernación dio a un problema. Encarar a los manifestantes, recoger sus peticiones y ofrecer respuestas, todo en mangas de camisa y a campo abierto, es una forma democrática y acertada.
Afrontar así las cosas tuvo riesgos, por supuesto. No por tratarse de estudiantes, sino ante cualquier grupo protestante. La irritación social en el país tiene una elevada graduación hace mucho tiempo.
El que sorpresivamente Osorio Chong recurra a formas políticas francas, espontaneas y ejecutivas, en primer término da una idea de que este recurso tan viejo y tan valioso, los gobiernos lo tienen arrumbado y bajo siete llaves.
El diálogo directo, el trato con criterio ejecutivo, el abocarse a los problemas con sentido común, ha dejado de ser un mecanismo en el ejercicio del poder en México.
Presidente, secretarios, gobernadores, alcaldes, senadores y diputados, ninguno –o casi- concibe que es parte de su elemental deber hablar de cara a la gente. Atender a personas o grupos debe ser lo común y ordinario. Pero no lo es.
Las murallas de la burocracia y la sordera de los funcionarios son infranqueables. No hay poder humano que remueva esos bloques de cemento y varilla.
A diario suman cientos las manifestaciones y quejas, individuales y colectivas en el país. La respuesta es una montaña de tramitología brutal. Las legiones de funcionarios dan largas a peticiones, consultas y oficios. Jamás contestan una llamada telefónica. Son contadas las soluciones ejecutivas ante el alud de demandas.
Todo esto ha formado una coraza de acero en torno al desempeño público del poder. Ese es el grosor del ejercicio autoritario del poder.
Antes, al menos en ciertos niveles de mando había audiencias públicas. Los gobernantes y funcionarios viajaban por tierra, iban por los caminos, había saludos de paso, saludaban a la gente sin los impenetrables círculos de seguridad que forman hoy soldados y policías.
Podía haber algo de escenografía en esto, es cierto, pero los ductos de la comunicación se ventilaban al menos.
La incomunicación del poder hacia abajo se ha vuelto poco menos que imposible en los años recientes. El que manda concede. Se envuelve en muros de protección con mitos de paranoia. Se vuelve selectivo al dar la mano. Filtra mercedes, donativos, gotas de asistencia social.
Fabrica escenarios mediáticos con cifras, teatros, fotos, fachadas, listones y obras de relumbrón.
La gente no se identifica con quienes ejercen el poder. Habrá excepciones, no lo dudo. Pero en la enorme geografía nacional se pierden esos casos.
¡Cómo están los cimientos de este estilo de gobernar, que se convierte en todo un suceso lo que debía ser común y corriente: el que un secretario dialogue con la gente…!
Reitero, el acto del secretario Chong merece reconocimiento. Pero con el agregado de que se retome ese estilo como forma común y natural de gobernar en todos los niveles. Cumplir con el deber es la obligación de todo funcionario; hacerlo así es apenas su obligación.
Si lo hace de modo sobresaliente es digno de aprobación y aplauso. En esto, la soberbia de quien analiza y juzga tampoco se vale.
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