La realidad que viven millones de mexicanos en materia económica es tan compleja como cruda. Esa realidad que se palpa en la mayoría de los hogares, huele a necesidad, a desesperación y a una resignación porque en muchos de esos hogares el deseo de contar con una mejor vida se ha convertido en un sueño lejos de alcanzar.
El ánimo de los mexicanos por luchar y avanzar a un mejor panorama que les permita vivir con lo necesariamente indispensable, se transforma en una imperiosa necesidad de subsistir con lo que se tenga y lo que se pueda.
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Más allá de las estadísticas frías y recurrentes sobre los cientos y cientos de mexicanos desempleados, se encuentran aquellos que en medio de esa subsistencia han hecho de la informalidad su herramienta para llevar el ingreso a sus hogares.
Hay que recordar que nuestro país registra la mayor tasa de empleo informal entre las economías más grandes de América Latina con 59 por ciento de su población en edad productiva, de acuerdo a uno de los últimos estudios del Panorama Laboral de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) de hace 2 años.
La población joven –reporta dicho estudio- es el segmento de población que mayor incidencia tienen en el empleo informal, pues seis de cada diez solo consiguen este tipo de trabajos y en México la tendencia continúa al alza; una realidad –insisto- tan compleja como cruda y recurrente.
En América Latina, países como Brasil y Argentina, el empleo informal llega al 40 y 50 por ciento respectivamente, en medio de altibajos y estrategias fallidas que en poco alivian la necesidad de empleos con todas las de la ley en eso país donde uno de los principales retos –incluyendo en México- radica en generar plazas laborales con calidad en las condiciones y en los salarios.
Claro está que la informalidad trae consigo desventajas como los bajos salarios, la poca estabilidad laboral, la escasa cobertura en la seguridad social y sobre todo el incumplimiento de los derechos laborales; sin embargo en muchos de los casos es la alternativa que las familias desempleadas, despedidas o sin preparación tienen para hacerle frente a la vida.
Es en este contexto, que el Gobierno de la República firmó –hace unos días- el decreto por el que se brindan incentivos fiscales a los contribuyentes del Régimen de Incorporación Fiscal, esto en beneficio de los micro y pequeños empresarios, mismo que fue denominado "Crezcamos Juntos" con la finalidad de ponerle un alto a la creciente informalidad que se registra en nuestro país.
Sin olvidar que en agosto del 2013, el mismo Gobierno del Presidente Enrique Peña Nieto, se inició una cruzada contra la informalidad haciendo partícipes a los Gobiernos Estatales a sumarse a un Plan Nacional de Formalización del Empleo que no pasó del anuncio y la fotografía, no porque el esquema fuera erróneo sino porque la informalidad combinada con la falta de oportunidades laborales representan un problema social que requiere ser analizado y atendido de manera integral y multifactorial.
Es un hecho que existen buenas intenciones pero el desempleo que conlleva a la informalidad requiere del esfuerzo de los entes gubernamentales, empresariales y sociales para que esquemas como el Plan Nacional de Formalización del Empleo y “Crezcamos Juntos” tengan efectividad y continuidad más allá los períodos sexenales donde en cada cierre y apertura de otro, el laboratorio del “prueba y error” están a la orden del día.
No hay que olvidar que sin una economía sana, la efectividad de los esquemas de salvamento se insertan en la incertidumbre y el entredicho, más aún cuando la necesidad es la que empuja a las personas a aceptar laborar en lo que sea y como sea. Lamentable pero real.
Finalmente reflexiones ya no sobre la efectividad de los esquemas de salvamento, pensemos en el mar en el que navega la informalidad: el contrabando, la piratería y lo ilícito, principal motor que mueve a ese barco.
Soluciones sí, pero de fondo.