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Miércoles, 13 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Los afectos y las antipatías

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José Alarcón Hernández

Lic. en economía, con mención honorífica. Diputado Local dos veces y diputado federal dos ocasiones. Subsecretario de Educación Superior de la Entidad y Subsecretario de gobernación del Estado. Autor de 8 libros publicados por la Editorial Porrúa. Delegado de la SEP Federal en el Estado. Actualmente Presidente del Colegio de Puebla. A.C.

Lunes, Septiembre 1, 2014

Los humanos son los seres mejor “acabados” por su capacidad de raciocinio y por la voluntad que poseen.

El reino antropomórfico, se rige por leyes generales, universales, específicas y de identidad.

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Hasta ahora los seres humanos pensamos que somos los más perfectos de toda la creación, esto es, de todos los reinos.

La naturaleza se rige por leyes tan perfectas, que cuando el hombre atenta contra ellas los efectos son catastróficos.

Los afectos y las antipatías también se presentan entre integrantes del reino animal y de otros reinos.

“Los afectos, motivan nuestras acciones y pensamientos, nuestros vínculos con nosotros mismos y con los demás. Son el dinamismo que impulsa nuestras vidas, están en la base del desarrollo psicofísico, del empuje vital, de la creatividad”, afirman Gladys Brites de Vila y Mariana Müller.

Los afectos y las antipatías son el efecto de un complejo proceso que se genera en el cerebro humano y en la voluntad de las personas.

No hay seres humanos que sólo posean afectos o sólo antipatías. Cada persona es una combinación de unos y de otras, que se producen, a veces, de manera casi automática y derivan en conductas de simpatía o de enojo y coraje.

Las autoras que he citado, en estos temas, “…incluyen una amplia gama que va del amor al odio, la alegría y la tristeza, la confianza, el enojo, la envidia, los celos, la ansiedad, la esperanza, el sentimiento de culpa, la vergüenza, el miedo, el dolor, el agradecimiento, la compasión, la solidaridad, el deseo”.

Los afectos alimentan la cercanía. Estos promueven, consiguen cargos, ascensos, protegen, fomentan la simpatía, bueno, hasta perdonan errores y recobran confianzas.

Por afecto el sacerdote asciende a obispo, el soldado raso obtiene el cargo de capitán, el gerente empresarial logra participación en acciones, a veces el político asume responsabilidades y da vigencia a aquella expresión de que: “el que sabe, sabe, el que no es jefe”.

El afecto dispensa soberbias, desentiende ineficiencias, enriquece a algunos, comparte a los pobres, deja que se actúe con “puras manos y no con manos puras”, crea aduladores, acerca a la justicia y a la injusticia, hace que lo hecho mal pase como si se hiciera bien, perdona la mentira y la calumnia, hace creer que las victorias son para siempre.

Las antipatías son veneno para las relaciones humanas. Estas se alimentan por diversos factores, endógenos y exógenos.

Las antipatías derrumban el edificio que conforman la comunicación y la amistad.

Estas tienen su origen en diversos sentimientos e intereses; sentimientos que van desde la negativa del saludo, por intención o por desatención hasta confabulaciones y eliminaciones.

Las antipatías impiden ascensos en los cargos.

Aniquilan el progreso de empresas e instituciones, milicias e iglesias.

Las antipatías corroen la organización social, son fuente de animadversión y hasta llegan  a crear conflictos y guerras.

El hombre es antipatía y simpatía, afectos y desafectos.

El hombre pues, no es perfecto, lleva y conlleva cualidades y defectos que son consustanciales a su naturaleza.

Las antipatías inventan, conspiran, destruyen, aniquilan.

El antipático lo es por sí mismo, pero también por su ego acendrado.

El antipático elimina, excluye. La antipatía es un monstruo de mil cabezas.

La antipatía es un estado psicopático, que se da en el hombre y en algunos animales.

Frente a antipatía y simpatía, existen métodos y formas para regular a los antipáticos y a los simpáticos.

La historia contiene muchos ejemplos individuales, así como colectivos, de pueblos completos.

Hay pueblos guerreros, conquistadores, malévolos, perversos, que se alimentan de antipatías y desafectos.

Hay pueblos nobles, generosos, magnánimos, solidarios, perdonadores.

En fin, entre afectos y antipatías, se ubican la psicología, la psiquiatría que intentan poner a unos y a otras, esto es, a las personas con una  u otra característica en su justo medio.

El hombre tiene que aprender a ubicarse en los desequilibrios, ni actuar sólo por afectos ni proceder sólo por antipatías.

En las religiones orientales, igual que en la iglesia católica, el camino de la perfección está en profundizar entre antipatía y simpatía hasta carnificar y perfeccionar a personas y grupos y pueblos enteros.        

Los afectos y las antipatías no conllevan a la virtud, que es una verdadera necesidad para el buen desenvolvimiento del ser humano.

La virtud pues, remedia aquellas actitudes que por ser extremistas se convierten en males, hecho patológicos.

La escucha, el discernimiento, el uso de los dos oídos, la objetividad y la verdad, son remedio eficaz para no conducirse sólo por afectos o sólo por antipatías.       

En otras palabras y de manera más directa, el amor, en sus diversas expresiones, etapas, facetas y temporalidades, es el camino adecuado para conseguir una sociedad armónica, libre y justa.

Termino estas notas y me surge la duda: ¿por qué los grupos y las sociedades o mejor dicho, los que dirigen, trabajan para conseguir, por afectos y antipatías, por ejemplo mayores utilidades, a costa de lo que sea, más dinero pues, lo cual da al traste con los buenos propósitos, los principios y los valores de los que casi todas las culturas tienen conciencia y luchan por hacerla realidad?

Juan de Palafox escribió: “Más vale ser el menor de los buenos, que el mayor de los malos; porque el último de la buena línea, es más dichoso que el primero de la mala”

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