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OPINIÓN

La razón política

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Fidencio Aguilar Víquez

Es Doctor en Filosofía por la Universidad Panamericana. Autor de numerosos artículos especializados y periodísticos, así como de varios libros. Actualmente colabora en el Centro de Investigación Social Avanzada (CISAV).

Jueves, Agosto 21, 2014

Estos días me he dado tiempo para tomar tres textos que llamaron mi atención, unos cuentos cortos de José Emilio Pacheco, en particular el de “El principio del placer”, que es la historia del enamoramiento y decepción de Jorge, un adolescente que no entiende cómo esa etapa de su vida puede ser la más bella si ha descubierto la mentira, la traición y la farsa de la mujer que ama, de su supuesto amigo que le enseña las artes de las mujeres y del luchador que era su héroe favorito, unos ensayos de Leo Strauss sobre la relación entre filosofía y política, en particular sobre el arte de escribir de los filósofos ante el poder persecutorio (los casos de Maimónides, Halevi y Spinoza), y el de Paul Ricoeur sobre hermenéutica, en especial sobre lo que he intitulado la razón política.

Este tercer texto fue sobre el que decidí escribir. Me llamó la atención el capítulo, “Ideología, utopía y política”, y el apartado, “Ética y política”, pero más me llamó la atención su tesis de que lo político debe ser definido, en primer lugar, en relación con lo económico y social, antes de ser confrontado con la ética. Y luego dos afirmaciones que, de plano, me sumergieron en su lectura; la primera de ellas retoma la crítica de Marx: “no conocemos Estado que no dé ventajas y privilegios a la clase dominante del momento” (Ricoeur, 2010: 368); ¡caray, qué manera de decirlo tan directo! ¿No vemos eso todos los días en todo nivel y ámbito de vida pública? Y la segunda afirmación: “Al acceder al poder, un grupo accede al universal concreto y se supera como grupo particular, realizando así la coincidencia frágil entre una función universal y una posición de dominación.” (Ricoeur, 2010: 369). Es decir, quien accede al poder también, aunque no lo quiera, realiza y construye obras de interés y beneficio general.

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¿No ocurre, en efecto, que el grupo que gobierna otorga privilegios a la clase dominante del momento, sus aliados, como modificaciones de leyes, otorgamiento de contratos para obras y/o servicios? Eso se dice en los diarios acerca del gobierno federal, de los gobiernos estatales, municipales, de universidades públicas, en fin, de todo núcleo de poder público. ¿Cómo puede ser que, haciendo eso, sin embargo, haya un núcleo, un sustrato donde es posible un beneficio general y tangible? Eso es lo que trata de responder Paul Ricoeur en el texto citado.

Veamos; nuestro autor plantea que existen tres esferas que se entrecruzan en la vida pública, por un lado la ética, porque siempre hay una pretensión de lograr el bien, por otro lado la política y, por uno más, la esfera o ámbito de lo económico social. La razón política, que Ricoeur identifica con la prudencia, es ese arte de conciliar, por un lado, la racionalidad tecnicoeconómica, con la racionalidad, o mejor dicho, lo racional acumulado por la historia de las costumbres y que no es otra cosa que la vivencia histórica de una comunidad política determinada.

En efecto, el mundo tal como se encuentra organizado, donde la racionalidad de la eficacia se vuelve premisa número uno para organizar el trabajo, no deja de ser un ámbito de cálculo, de competencia y, hasta cierto punto, de abstracción. Es el mundo globalizado donde el mercado lo produce todo, lo distribuye y marca las pautas de su consumo. Los mercados hablan, dicen cómo van las cosas, cómo han de ir, en fin, hasta cuando “se ponen nerviosos” hacen temblar a los gobiernos y generan crisis que afectan a todos. Este mundo habla de un estado como fuerza, como energía y, en última instancia, como violencia y poder, a  él estamos sometidos todos, individuos y gobiernos. Es una fuerza abstracta e impersonal, pero real, presente, omnipresente, quizá es esa maquinaria que vio Kafka como la amenaza anónima que está sobre todos los individuos, que los controla, los oprime y, si quiere, los suprime.

Por otro lado, empero, existe un ámbito donde se aprecia una comunidad histórica que a lo largo del tiempo se manifiesta y vive, es la nación, que cuando se organiza, sobre todo jurídicamente, se transforma en un estado como forma (ya no como fuerza o violencia); se trata del estado de derecho, de una racionalidad que se ha ido acumulando en la historia de sus usos, costumbres, tradiciones, instituciones, dinámica activa histórica. Es, en suma, el estado educador y auspiciador de la vida como dinámica colectiva. Ya no es el mercado como fuerza anónima, sino la comunidad política que busca su identidad, es, a final de cuentan, la manifestación, la expresión y el encuentro con el universal concreto, la nación vivida y asumida en su dinámica real, histórica y social.

La razón política no es otra que la prudencia entendida en su sentido clásico, tanto griego como medieval, es decir, reconocer la paradoja, la contradicción y la ambivalencia entre, por un lado, la fuerza, la violencia y el rostro anónimo del poder, y, por el otro, la política como ejercicio razonable de una comunidad que, histórica y socialmente, reconoce el sentido y el significado de la lucha por la no violencia y de que tal lucha se traduce, y se debe traducir permanentemente, en instituciones públicas que se vuelven benéficas para todos sus miembros.

En otras palabras, si bien es cierto que la lucha por el poder sigue siendo el motor de la historia, también lo es que el sentido de la historia sigue siendo el establecimiento de la no violencia generalizada, aunque no deje de ser una utopía, pero es una utopía que permite a los individuos, y deberá también permitir a los estados, escapar de la fuerza anónima del poder para construir un espacio de lo razonable, donde el otro, los otros, aunque no piensen y sientan como uno, tengan un lugar irreductible, inatacable, insuprimible. Sólo así tendrá sentido seguir construyendo una sociedad, una comunidad democráticamente sostenible y sustentable, que brinde horizontes de desarrollo humano para sus generaciones presentes y futuras.

Referencia bibliográfica:

Ricoeur, Paul (2010): Du texte à l'action. Essais d'hermeneutique II, Èditions du Seuil, 1986 [versión castellana: Del texto a la acción. Ensayos de hermenéutica II, trad. Pablo Corona, FCE, 2a. ed., Buenos Aires, 380pp.]

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