El siglo XXI ha sido definido como la era de las grandes migraciones, y esto se debe a la creciente diferencia económica y social que hay entre los países receptores de migrantes, como es el caso de los Estados Unidos de Norteamérica y los que exportan seres humanos, como México, que no hallan las condiciones para un desarrollo digno, como es tener un trabajo, vivienda, educación, salud y en general un futuro promisorio, mismo que les ha sido arrebatado por un sistema neoliberal que ha provocado esta gran ola de movimiento de personas que huyen de la pobreza para arriesgarse a alcanzar el famoso sueño americano, el cual resulta mortal en estos tiempos de xenofobia posmoderna.
El acto de migrar hacia los Estados Unidos fue en el período de los años sesenta y setenta una alternativa que practicaban los trabajadores del campo, que orillados por el abandono económico, social y cultural, de un régimen que poco o nada hizo por aminorar este fenómeno de los llamados “Mojados”, que en su momento vieron el ir hacia el otro lado como la única vía para sacar adelante sus problemas económicos de familia, este antecedente daría origen al surgimiento de una serie de redes de población migrante que serviría de enlace para las futuras generaciones que se incorporarían al mundo laboral tanto legal como ilegal en los Estados Unidos.
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Lo que ha sucedido en años recientes es realmente alarmante, con respecto a la gran cantidad de población infantil y de jóvenes que ahora se han incorporado a la aventura de ir al otro lado a buscar un mejor futuro. Se sabe de niños de países de Centroamérica que los cruzan traficantes de personas que se aprovechan de su condición de vulnerabilidad para lucrar con su necesidad, de los que viajan solos y se suben al tren conocido como la “bestia”, y que en muchas ocasiones el viaje puede ser mortal para muchos de ellos, o de los que son secuestrados y se quedan a la mitad del camino para ser explotados por el crimen organizado o incorporados a redes de prostitución infantil. Pero los niños de México que hace varios años dejaron de jugar, de acudir a la escuela y que crecieron con el estigma de ser hijos abandonados por el padre, porque nunca estuvo con ellos y solo la madre se hizo cargo de sus necesidades, también se han ido y de eso, ya tiene su buen par de años, lo que sucede es que hasta que no empezaron los norteamericanos a deportar niños y niñas de Centroamérica, el asunto no tenía mayor relevancia para el Estado mexicano.
Lo cierto que estamos ante una realidad de cambios en el modelo de familia tradicional. La migración infantil es el reflejo de una sociedad que ha venido cambiando y la familia como célula de la sociedad ha pasado a ser un residuo que poco a poco ha sido incorporado a los intereses de una sociedad en constante riesgo. De ahí el creciente número de divorcios, de familias donde la mujer asume el rol de padre y madre, de hijos que nacen, crecen y se desarrollan en un medio de violencia y corrupción, donde la prioridad es hacer dinero fácil para destacar y ser visto con éxito, si no, no tiene sentido vivir. Y la manera de tratar el fenómeno migratorio no se resuelve con decretos o reformas, lo que se necesita es atenderlo desde la creación de las condiciones materiales que permitan el crecimiento y desarrollo económico y social de las personas, pero también el fortalecimiento moral que nos permita construir familias seguras que le den a sus hijos junto con el Estado los mejor ingredientes para su formación, los cuales resultan ser el amor y la educación.