Era increíble lo que pasaba, nadie daba crédito, nadie lo esperaba, vaya, nadie lo imaginaba, ni lo había imaginado siquiera mente alguna. Pero como alguna vez escribió Lyotard en La condición posmoderna, si mal no recuerdo, “lo único que puede pasar es lo imposible”. Es como el síntoma de los tiempos que corren, ocurre lo impensable, lo inimaginable, lo inverosímil, lo que parece un sueño, una pesadilla para el caso, lo que nadie espera, en suma, lo inesperado. No es posible, no es verdad, no puede ser, serían los términos que mejor denotan la dimensión de lo acaecido.
El 7 a 1 que propinó Alemania a Brasil en el mundial de fútbol confirmó el aserto. Los comentaristas, Valdano, si la memoria me sigue, hablaban de algo similar a lo que ocurrió al Titanic a inicios del siglo pasado: nadie pensaba ni creía, ni imaginaba, lo que estaba ocurriendo: y ocurrió precisamente como nadie lo esperaba, el optimismo, acaso la soberbia, la confianza, pronto se tornó en sorpresa y luego en tragedia.
Más artículos del autor
Dos equipos poderosos, dos rivales respetables con larga y luenga (como dijera don Quijote) tradición y trayectoria futbolísticas hablaban, más bien, de un encuentro parejo, si bien de tú a tú, por el espacio y los aficionados, inclinado al anfitrión. No podía, aunque lo fue, ser de otra manera: ambos campeones ya varias veces, ambos capaces de dañar al adversario, ambos, igualmente, capaces de levantarse de las adversidades.
Es cierto que, de antemano, se sabía que faltaba una pieza clave en el equipo carioca, no cualquier pieza, sino una relevante, la estrella Neymar da Silva. Pero, como dijera Valdano, el fútbol (y hablaba como si fuese el destino mismo) ya tenía escrito lo que pasaría: que todos los ataques alemanes cruzarían el arco rival y los intentos cariocas, ni uno solo, o sólo al final, tendrían ese efecto.
Así es el fútbol, así es el destino, siempre juega a pesar de los esfuerzos y de los planes de los técnicos y de los futbolistas: a veces hay coincidencias y deja que surtan sus efectos, pero a veces, como ocurrió en el Brasil – Alemania, dicta en sentido contrario. Desde luego, el fútbol, como el destino, se vale los movimientos humanos, en este caso, la técnica y la dirección de los germanos. La técnica, la coordinación, la mente fría incluso, la cohesión de los alemanes mató desde muy temprano la magia, la soltura, la confianza y la estética del fútbol de los brasileños. El gigante cayó, el favorito se vino abajo. Nadie suponía un partido fácil; todos creíamos que sería cerrado, difícil, complicado, pero que, al final, se impondría la magia y la belleza del juego de los verdiamarillos, máxime estando en su casa con el apoyo de los suyos, en esa simbiosis extraña con que, también, el fútbol confecciona sus designios: el público y su equipo.
Alemania, por su parte, iba in crescendo, si bien no había magia ni espectacularidad, había efectividad, contundencia, eficacia y muchos goles. Entonces, mientras todo ello pasaba, me acordaba del filósofo alemán que ha marcado los cauces del pensamiento de los últimos 120 años: Friedrich Nietzsche. Y, con tales lentes, me percaté de que el juego tomaba tonalidades dionisiacas: la magia carioca cedía a la embriaguez extática de la vitalidad teutónica.
Es cierto, decía el joven Nietzsche, cuando apenas iniciaba a escribir a manera de diario sus apuntes, el destino se nos opone como algo natural o caótico, y nunca hay que verlo como algo que nos favorecerá o que nos sea benéfico, pero contamos con una vitalidad y una fuerza que puede transformar esas condiciones, es lo que llamamos libertad y que no es sino nuestra voluntad de poder. “El destino carece de rostro, no se refiere al hombre, es aquella conexión ciega a la que arrancamos un sentido solamente a través de la propia acción.” (1).
Alemania estaba arrancando, con sus acciones, lo que el destino parecía haber determinado a los ojos de todos. El equipo teutón estaba cambiando el destino a golpes de su férrea concentración y de su eficaz libertad de acción: ocurrió lo que nadie pensaba, una goliza que nadie olvidará, y que los cariocas, como en aquel maracanazo de hace 64 años, llevarán de generación en generación.
Eso que pasa en el fútbol, que es el juego del hombre, también acaece en el juego de la vida y de la política; los grandes vienen al suelo por donde menos lo imaginan. No el balde, en El príncipe, Maquiavelo señala que en la política la mitad depende de la acción del príncipe y la otra mitad de los designios de la fortuna. Y ésta, en esta ocasión, no favoreció a los cariocas. Mucha pena y muchas lágrimas, pero así es el fútbol.
Postfacio:
Mientras el Fiorentino veía en la fortuna esa suerte de incertidumbre dejada a las manos divinas (“cuando te toca, aunque te quites, te toca; cuando no te toca, aunque te pongas, no te toca”), Nietzsche, en cambio ve en el destino una fuerza ciega a la que sólo se le arranca su cauce a fuerza de golpes de libertad (“cuando te toca, actúa para que no te quedes sin nada, no sea que se te escurra todo; cuando no te toca, actúa por si te toca algo”).
Nota bibliográfica:
(1) Safranski, Rüdiger (2004): Nietzsche. Biographie seines Denkens, Carl Hanser Verlag, Munich – Viena, 2000 [versión castellana: Nietzsche. Biografía de su pensamiento, Tusquets (Fábula, 181), 2ª. Edición, Barcelona, p. 38].