Ambos, entonces, aún vivían; el lugar fue en Puebla, cercano a Las bodegas del molino o por ahí; Paz daba una conferencia a un grupo de unas cien personas (caray, cómo se calculará el número de gente), hablaba de la poesía como esa suerte de incursión en la otredad, yo me encontraba detrás del conglomerado, casi en la entrada (el sitio era un salón de madera colocado a manera de terraplén, sin ventanas y con mucha ventilación y luz), había decidido escuchar al poeta y al mismo tiempo estar listo para salir de ahí una vez concluido el evento.
En esa ocasión vi a Octavio como una barca en medio del mar de gente, pero realmente, ahora que me he metido un poco a estudiarlo, él es el mar, uno tiene que ir en una barca para no ahogarse de tanta agua que significan sus textos. El año pasado que vino Anthony Stanton a Puebla, en una comida de especialistas financiada por el ICI y otros, le pregunté cuál era, a su juicio, el poema más importante de Paz, y me respondió que, sin duda, “Árbol adentro”; por qué, le volví a cuestionar; porque ahí Paz, dijo, se reinventó: sesenta años después de sus primeros poemas, volvió a escribir como si comenzara a escribir, como si fuera un joven poeta.
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Algo me quedó de inquietud y decidí bucear en ese río de poemas; uno en particular se me pegó a mi traje de buzo, el que dedica a Kostas Papaioannou, “París: Bactra: Skíros”: “El hombre es sus visiones: una tarde, después de una tormenta, viste o soñaste o inventaste, es lo mismo.” (Obras completas, FCE, t. 12, p. 132).
Con ese sentimiento más que pensamiento me quedé; en efecto, somos lo que hemos visto (“El hombre es sus visiones”), eso que llamamos experiencia no es sino lo que hemos visto, eso que hemos vivido no es sino lo que hemos visto, nuestra historia no es sino lo que hemos visto: lo que guardamos en la memoria, lo que en ella se encuentra presente, lo que hace acto de presencia.
Y desde luego, también somos lo que queremos ver, como don Quijote: toda su historia, toda su aventura, todas sus aventuras, no son sino lo que él ve, lo que él mira, lo que comprende y siente: una venta, un castillo; unos molinos, unos gigantes; una doncella no agraciada, sufre el encantamiento de algún encantador que es su enemigo; un león que se voltea, le tiene miedo (“El hombre es sus visiones”).
La semana pasada, el 16 de abril, se conmemoró la fundación de Puebla capital, y si revisamos con cuidado y atención la historia, ¿no fue cierto espíritu quijotesco el que hizo que se fundara, es decir, que, como don Quijote, primero existió la idea, el plan, la visión, y luego el hecho y el llevarlo a cabo? Porque Puebla antes de Puebla no existía (“El hombre es sus visiones”).
Bien, volvamos al punto, la conferencia de Paz; yo me encontraba, decía, casi en la entrada del lugar escuchando la reflexión sobre la otredad, sobre la poesía como camino hacia la otredad, que se encuentra en el fondo de nosotros mismos, escuchaba decir al poeta. En eso estaba cuando, con su guayabera, o una suerte de guayabera, reconocí al Gabo, al mismísimo Gabriel García Márquez con su siempre larga sonrisa y su más largo y tupido bigote. ¡Qué sorpresa! ¡¿Cuándo iba yo a imaginarme con dos premio Nobel ahí, juntos, separados por un conglomerado de unas cien personas?!
Pero eso no es lo realmente sorprendente; lo que pasó enseguida me dejó aun más anonadado; el Gabo, palabras más, palabras menos me dijo: Necesito hablar con Octavio, por favor, ayúdeme a llegar con él. Yo ya había pensado hacerle algo de plática, e incluso hacerle saber que su novela Memoria de mis putas tristes me decepcionó ampliamente, pero al final no pude hacer sino lo que me pedía.
Sígame, le dije, y nos fuimos abriendo camino entre la gente; seguro de que podía ser escuchado, comencé a gritarle a Paz: ¡profesor, profesor, profesor Paz, alguien quiere verlo! El poeta interrumpió su exposición, me miró fijamente y me dijo: sí, dígame. Pero ya García Márquez se había adelantado: Hola, Octavio, le dijo, el señor me hizo favor de abrirme paso (“El hombre es sus visiones”). Ahí terminó esa aventura, no sé si lo vi, si lo soñé o si lo inventé, a final de cuentas, como dice nuestro poeta, es lo mismo.
Por cierto, en su libro autobiográfico Vivir para contarla, García Márquez cuenta que cuando, siendo chavo, leyó El Quijote se dio una aburrida bárbara y que, a final de cuentas, no le gustó. Y tal situación no cambió sino hasta que uno de sus amigos le aconsejó que colocara al clásico en el baño; narra el Nobel colombiano que no sólo le tomó el gusto, sino que hasta se lo aprendió de memoria: supo mezclar las necesidades del cuerpo con las del espíritu (“El hombre es sus visiones”).