Cuando los ciclos terminan la nostalgia arriba para recordar con añoranza ciertos momentos, experiencias valiosas y a determinadas personas. Así me siento hoy que concluyo mis estudios de maestría en periodismo en mi querida escuela “Carlos Septién García”.
En razón de ello, en esta columna incluyo una breve reflexión contenida en mi tesis “México y su ausencia de futuro: 1994 una generación hundida entre la indiferencia y el agobio”. En coincidencia y atraído por el momento del reciente libro del maestro Julio Sherer García “Niños en el Crimen” (ed. Grijalbo, 2013). Texto en el que muestra el intrincado origen de estos jóvenes, su entorno social y familiar, así como el vacío y omisión del gobierno, situación que es aprovechada por las organizaciones criminales para penetrar en el sector más desatendido: la juventud mexicana.
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Consciente de que el abordaje de este problema tan complejo debe ser integral, en esta ocasión me referiré únicamente a su expresión en la inseguridad.
Nuestro país se halla en un momento muy delicado, hace 19 años atestiguamos el nacimiento de la generación más numerosa de la historia: 2 millones 904 mil nacimientos (INEGI, 2000). 1994 fue un año clave que nos permite entender el porqué de la violencia criminal y de la ruptura del tejido social, contexto que nos augura un negro horizonte. Se trata de una generación que llegó al mundo en un México en crisis: con la devaluación del peso, el levantamiento del Ejercito Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) en protesta por la firma del Tratado de Libre Comercio con América del Norte (TLCAN), y el trágico asesinato del candidato presidencial Luis Donaldo Colosio, entre otros factores. En sintesis, nacieron en crisis y los que todavía sobreviven lo hacen en un escenario aún más crítico.
Como cualquier trabajo de tesis el rigor metodológico establece definir adecuadamente la relación de causalidad (causa-efecto). Para nuestros políticos la causa de que la juventud se encuentre en este laberinto sin aparente salida es muy simple. Se reduce a retórica y la asignación mutua de culpas. Unos aseguran que se origina por la indiferencia gubernamental que ha empobrecido y marginado a esta generación y que se explica con la ausencia de políticas públicas eficientes. Mientars que los otros señalan como causa central el equivocado diseño institucional del Estado. Incluso, la mayoría de los estudiosos del fenómeno se centran en la razón de la vulnerabilidad de nuestras autoridades que se exhiben en la renuncia de sus obligaciones, omisión e indiferencia aprovechada por las organizaciones criminales que penetran en los sectores olvidados como lo es nuestra juventud. Sin embrago, todas estos razonamientos parecen no advertir que no hay futuro para un país que no satisface las necesidades básicas de un tercio de su población.
Ahora bien, los efectos de este fenómeno saltan a la vista. El país huele a sangre y los actos de barbarie no cesan. La política gubernamental hacia los jóvenes pasó de la timidez a la indolencia, y del clientelismo electoral a la incitación criminal. Esta descomposición social viene aparejada con la aparición del neoliberalismo (1982) que ha llevado a la quiebra a la nación. El deterioro del país ha sido gradual, en tan solo 20 años pasamos de 27 millones a más de 60 millones de pobres en nuestro territorio. No es casualidad que de los más 100 mil muertos por la lucha contra el narcotráfico, el 85% de estas personas sean menores de 30 años, cifra coincidente con el inicio de este modelo económico (Human Rights Watch). Infinidad de jóvenes han muerto en esta obsesión gubernamental de resolver con balas lo que con solvencia y responsabilidad institucional han sido incapaces de solventar (tragedia escalada con Felipe Calderón). La estrategia de seguridad está basada en el exterminio de los delincuentes bajo el frívolo argumento de que se combate a los criminales, sin detenerse a reflexionar que el germen del problema es la herida social, que lejos de cicatrizar, se desangra cada vez más con esta política empecinada de no cambiar el orden de prioridades.
Formula demostrada: educación e información.
1) En Brasil han logrado restaurar su sistema educativo desde la sociedad. Pudieron estructurar un programa que exitosamente ha rebasado los avatares de los gobiernos en turno, mediante un movimiento ciudadano que va más allá de ánimos y coyunturas. Han podido aminorar la intromisión de los medios masivos de comunicación que se ostentaban como agentes educadores, semejante a lo que sucede en nuestro país. Ellos pudieron darse cuenta que el rol instructor estando en manos de la televisión mercantil solo incrementaría la manipulación y continuaría creando necesidades artificiales, promoviendo la ambición por el dinero, el sexo y el reconocimiento material. Ocasionando un ambiente de competencia de consumo, de insatisfacción, de inmoralidad, de egoísmo, y de corrupción que nos tiene contra la pared.
2) En Medellín, Colombia han pasado de ser la ciudad más violenta del mundo con un índice de 380 homicidios dolosos por cada 100 mil habitantes, un registro casi 3 veces superior al que hoy tiene Ciudad Juárez, Chihuahua. La tasa de criminalidad en esta ciudad colombiana cayó a 52 por cada 100 mil habitantes (Proceso, 1926). El punto central de su éxito se encuentra en que las políticas de prevensión del delito descansan en la educación y la cultura. Son políticas diseñadas y enfocadas por ciudad y por calle que hacen de Medellín un referente en latinoamerica de una ciudad hospitalaria, cálida y generosa.
3) La experiencia de Nueva York (NY) cobra paralelismo con nuestra situación. NY era una de las ciudades más inseguras del mundo. Especialistas, políticos y estudiosos norteamericanos encontraron como una de las causas de sus altas tasas delictivas que los delincuentes eran –en su mayoría- hijos no planeados, no deseados que procedían de familias desintegradas, con padres o padrastros violadores, madres prostitutas, niños que crecieron sin un hogar que los orientara de los riesgos de las drogas y el alcohol. Se trataba de menores que se desarrollaron sin atención y en situación de pobreza, acorralados a caer en las redes de la delincuencia porque representa la única opción para sobrevivir. Ese fue uno de los argumentos que permitió que la Corte Suprema aprobaran en 1973 el Aborto Inducido (Caso Roe contra Wade). 18 años después, en 1991, la tasa de criminalidad empezó a descender hasta tener una caída del 30%, elemento que le permitió concluir a los economistas Steven Levitt y Stephen Dubner en Freakonomics que la aprobación del aborto redujó la criminalidad en esa ciudad norteamericana.
Ya veremos en 14 años si los efectos son positivos para el Distrito Federal por aprobar la interrupción legal del embarazo.
Ya veremos cuanto de ello podemos replicar.
juandiazcarranza@hotmail.com
Twitter: @juandiazcarr
Abogado, economista y periodista.