La lepra afecta a la humanidad desde hace al menos cuatro mil años, y aún está presente en países como China, algunos de África, en Brasil y ciertas zonas de la amazonia. En México hay diferentes focos, “uno de ellos al sureste (Chiapas y Yucatán), otro en el centro del Estado de México, además de Michoacán y Morelos; de igual manera, en la zona occidental de Jalisco, Sinaloa y Nayarit, y en Coahuila y Nuevo León.

De acuerdo con informes oficiales de 138 países de todas las regiones de la Organización Mundial de la Salud, su prevalencia (proporción de personas que sufren una enfermedad con respecto al total de la población en estudio) en el orbe hasta finales de 2015 era de 176 mil 176 casos (0,2 casos por 10 mil), y el número de nuevos casos notificados en ese mismo año fue de 211 mil 973 (2,9 casos por 100 mil), frente a los 213 mil 899 de 2014 y los 215 mil 656 de 2013.

Es una enfermedad crónica poco transmisible, causada por Mycobacterium leprae, un bacilo de multiplicación lenta que afecta principalmente la piel, los nervios periféricos, la mucosa de las vías respiratorias superiores y los ojos, afirmó Rosa María Ponce Olvera, de la Facultad de Medicina (FM) de la UNAM.

Se trata de la afección menos infectocontagiosa. El periodo de incubación de la bacteria es de, aproximadamente, cinco años, y los síntomas de este padecimiento –luego de tener contacto con un paciente que puede causar infección– pueden tardar hasta dos décadas en aparecer. No obstante, cuando está debidamente tratado es de nula transmisibilidad, dijo con motivo del Día Mundial de la Lucha contra la Lepra, que se conmemora hoy, domingo 29 de enero.

Es multisistémica, neural, cutánea y ocular; puede derivar en pérdida de visión, alteración de los cartílagos en la nariz, mucositis continua –inflamación de las membranas reproductoras del revestimiento del tracto gastrointestinal-, rinorrea o congestión nasal; también puede generar perforación de tabique, hepatitis y reacción leprosa, que es sistémica y motivo de internamiento hospitalario.

Su contagio ocurre de persona a persona, y aunque ataca esencialmente la piel, es equivocada la creencia de que un paciente leproso es alguien con fragmentos de piel cayendo. Una placa sin sensación, blanca o con un color más pálido que el resto del cuerpo, puede sugerir su presencia, subrayó la profesora del posgrado en Dermatología.

Para su incubación, más que una condición ambiental, como requieren algunos hongos, es necesaria la predisposición de la persona (algunos individuos carecen de ciertas defensas de linfocitos, entonces existe la predisposición) y estar en contacto con un paciente que secrete bacilos de Mycobacterium leprae.

Se transmite por gotículas nasales y orales cuando hay un contacto estrecho y frecuente con los enfermos no tratados. Es curable con un tratamiento multimedicamentoso e implica un proceso muy largo de varios meses o años, indicó

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