Martes, 19 De Mayo De 2026 | Puebla

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Engrillados, tradición en la que se expían con sangre los pecados

Esto es para purificar nuestro físico, nuestra vida (...) Dios da pero espera que tú te lo ganes", explicó uno de los participantes

Engrillados, tradición en la que se expían con sangre los pecados

Foto Agencia Enfoque

Por la calle adoquinada que sube al ex convento de San Francisco se escucha el ruido de cadenas que se arrastran, cadenas que van sujetas a pies descalzos, pies descalzos de 62 hombres de todas edades, hombres que cargan eslabones de metal cruzados en el pecho, llevan espinas en el cuerpo y una corona de espinas en la cabeza. Son los engrillados de Atlixco, que este Viernes Santo cumplen una manda o una penitencia.

Los hombres, algunos de ellos jóvenes, otro canosos, empezaron a llegar desde las siete de la mañana al templo. Casi todos acompañados de dos o tres personas para que los ayuden a prepararse. La mayoría ya estaba adentro a las ocho de la mañana, dos llegaron hasta después de las nueve de la mañana.

Uno de ellos se llama Luis y llegó con su familia, se disculpó con los organizadores por llegar tarde, salió de trabajar a las cinco de la mañana. Su esposa se quedó afuera esperando a que se alistara, dijo que se siente orgullosa porque su esposo participa como engrillado cada año.

El comienzo de la penitencia

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Hace 110 año comenzó el ritual, el señor José Muñoz Ariza fue el primer engrillado.

Después de cortarle el dedo a un muerto para robarle el anillo, don José sintió una culpa enorme, soñaba que el muerto lo visitaba para reclamarle el hurto.

Para expiar su culpa, don José ideó amarrarse cadenas a los pies, cargar otras en el pecho, clavarse espinas de huizache en el cuerpo y colocarse una corona de espinas en la cabeza. Además, caminar con los pies sujetos y los ojos vendados alrededor de la iglesia.

Su expiación duró 54 años y aún el día de su muerte -cuentan sus nietos- siguió creyendo que el muerto al que le había cortado el dedo le reclamaba.

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Después de José Muñoz, fue Jaime Garcés Quit, quien se quedó como encargado para organizar la procesión. Contó que desde los 18 años es un engrillado y ahora que tiene 71 años sólo puede ver y organizar.

Sostuvo que la corona de espinas representa la que Jesucristo llevó en el momento de ser crucificado y las cadenas cruzadas son la cruz que cargó durante su pasión

Preparación de los engrillados

Desde las ocho y media de la mañana los 62 engrillados de la mañana, pues otros 55 llevarán a cabo el rito a las cinco de la tarde, se comienzan a alistar.

Primero se desvisten, dejándose sólo un calzoncillo negro y un taparrabo también negro. Luego sus acompañantes les colocan las cadenas, primero las que van sujetas a los pies y luego las que van en el pecho y la espalda haciendo una cruz.

Los hombres tienen que tener cubierta la cabeza con un manto negro o de color oscuro.

Con las cadenas encima, sus acompañantes comienzan a untarles alcohol, para luego tomar los huizaches, que son una especie de cactus con espinas larga, para aventarlos en el cuerpo.

Luego toman una charola o canasta con limones, lo único que pueden tomar durante la procesión, dinero y la imagen de su devoción.

A Luis, que llegó al último, le ayuda un joven. Luis lleva 21 años cumpliendo una manda, que para cumplirla aún le quedan unos años. "Nadie lo hace por gusto", aseguró mientras le colocaban las cadenas en el pecho.

Por culpa, manda o agradecimiento

Muchos de los engrillados participan para expiar una culpa, como don José, o para agradecer algo que les fue concedido, como don Rogelio, que vive en Nueva York y que sólo regresa a Puebla para ser uno más de los engrillados.

Don Rogelio tiene 42 años de engrillado. Esta vez no participó, sólo estuvo ayudando a los organizadores, pero en 2016 sí volverá a colocarse las cadenas y las espinas porque le aprobaron los papeles para que su hija más chica pueda vivir en Estados Unidos.

"Lo hacemos por fe, si no hay fe no hay esperanza", comentó, quien a pesar de que desde hace 17 años padece diabetes sigue recorriendo los cinco kilómetros de la procesión.

Don Rogelio también dijo que cada vez son más los que participan, cuando él comenzó hace más de cuatro décadas sólo eran unos 15 ó 17 los engrillados, ahora son más de cien.

Comienza la procesión

Alrededor de las nueve y media los engrillados se formaron en el atrio del ex convento, muchos de ellos portaban tatuajes en el cuerpo: cruces, vírgenes, Santas Muertes, calaveras y estrellas.

Los penitentes iban con dos personas, casi todos hombres, que los tomaban cada una de un brazo. Algunos llevaban de un lado a un hombre y del otro lado a uno mujer, tal vez su hija, su esposa o su hermana. Sólo Luis iba con su esposa, nadie más.

El sacerdote se paró a fuera del templo, bendijo a los participantes y comenzó a caminar, a su lado iban cargando la imagen de un Cristo y detrás varias personas vestidas de apóstoles. Al final comenzaron a desfilar los engrillados, cargando sus cadenas y charolas con limones.

La procesión avanzó por las calles de Atlixco, por calles llenas de tapetes de aserrín o de flores, que se iban atorando en las cadenas de los engrillados. Mientras la gente cantaba: "Perdona a tu pueblo Señor, perdona a tu pueblo, perdónalo Señor".

Engrillados por generaciones

Don Jaime Garcés contó que don José, el fundador de los engrillados, murió de 90 años y que él sólo pudo compartir diez años como engrillado con él.

Después de que el señor José falleció y él se hizo cargo, fue que la procesión dejó la iglesia y se extendió a las calles, porque cada vez se apuntaba más gente.

"Son mandas que hacemos, nosotros participamos en esto porque queremos limpiarnos un poquito de lo que se nos atraviesa. Esto es para purificar nuestro físico, nuestra vida (...) Dios da pero espera que tú te lo ganes", explicó don Jaime.

Desde una silla, el organizador vigiló que la procesión se realizara según la costumbre, pues ya no puede ponerse las cadenas y salir a las calles.

"Los hijos de nosotros son los que ahora salen", dijo don Jaime, quien ahora deja que su hija la más grande vigile los detalles de la procesión y mantenga el orden.

La penitencia termina

Conforme se recorrieron las calles del centro y el sol se puso más insoportable, algunos de los hombres se fueron encorvando por el peso de las cadenas y haciendo su paso más lento. Otros rengueaban por el piso caliente, alguna espina enterrada en el pie o una piedra.

La mayoría llevaban en la piel las cicatrices de las cadenas y de las espinas, los pies sangrantes por las cadenas que arrastraron por cinco kilómetros.

Algunos temblaban al subir la cuesta para volver al templo, sus ayudantes tenía que aprovechar cada pausa para cargar por ellos las cadenas y darles limones.

Los integrantes del comité organizador iban y venían de un lado a otro revisando que los 62 estuvieran en condiciones de dar los últimos pasos.

Había preocupación por un joven llamado Cristian, que llevaba un gran peso en el pecho y se rehusaba a que se le quitaran. Finalmente tuvo que salir de la fila y dirigirse directo a la carpa para que le quitaran las cadenas y lo atendiera su familia.

Cuando los cantos y rezos se dejaron de escuchar, cuando sólo por las calles se escuchaba el ruido metálico de las cadenas sobre el adoquín, en ese momento terminaba la procesión. Sólo faltaba que cada uno de los 61 engrillados se persigne frente a la iglesia y agradezca porque la penitencia había terminado.