Viernes, 11 De Septiembre De 2026 | Puebla

OPINIÓN

La tierra que tenemos y la desigualdad que no vemos

Una región rica en suelo concentra su riqueza mientras compromete alimentos, ambiente y paz

Carlos Anaya Moreno

CEO de Geo Enlace, empresa de Internet de las cosas desde el año de 2010; y fundador de la Unión de Servicios Solidarios-Banco de Tiempo (2018). Se desempeñó como director General del Registro Nacional de Población de 2004 a 2010. Actualmente, es cofundador de metododelcaso.org y miembro de “Laicos en la Vida Pública”.  

Viernes, Septiembre 11, 2026

 

Una riqueza que no está igualmente repartida

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Cuando escuchamos hablar de desigualdad pensamos casi siempre en salarios: quién gana más, quién gana menos y cuántas personas viven en pobreza. Pero existe una desigualdad mucho más antigua y persistente: la de la tierra.

El libro Derecho al acceso a la tierra y su gobernanza en América Latina y Caribe, coordinado por Susana Nuin y Mario Nudelman, lo plantea desde sus primeras páginas: “El acceso a la tierra, el cuidado de los territorios y la dignidad de las comunidades rurales constituyen un clamor histórico en América Latina y el Caribe” (Nuin & Nudelman, p. 7).

Los números ayudan a entender la magnitud. Mientras el coeficiente de Gini regional de ingresos se sitúa alrededor de 43.5 en la escala porcentual utilizada por el estudio, el Gini de tenencia de la tierra alcanza niveles de 0.75 a 0.85 (Nuin & Nudelman, 2026, p. 35).

El libro, retomando datos de Oxfam, precisa 0.85 para América del Sur y 0.75 para América Central, niveles superiores a los registrados en Europa, África o Asia. (pp. 35–36). La conclusión económica es incómoda: se puede reducir parcialmente la desigualdad de ingresos y, al mismo tiempo, conservar una enorme concentración de la riqueza patrimonial.

La tierra ya no se controla solamente comprándola

Hay otro cambio importante. Concentrar tierra no significa necesariamente adquirirla. El estudio identifica modalidades como el arrendamiento, el comodato o el derecho real de superficie, capaces de permitir el control de grandes extensiones sin transferir formalmente su propiedad. En distintos países, estas dinámicas se han relacionado con desplazamientos de población rural y transformaciones en las formas de vida campesinas, indígenas y afrodescendientes.

Por eso la pregunta económica ya no puede ser únicamente quién es propietario, sino también quién controla, explota y decide sobre el territorio.

Mucho más que hectáreas

Para una familia campesina, perder la tierra no equivale simplemente a vender un activo. Puede significar perder trabajo, alimentos, vivienda, comunidad, memoria e identidad. El libro lo resume mediante una pregunta: “¿cómo restituir a la tierra su carácter de bien común?” (Nuin & Nudelman, 2026, p. 9).

Y enseguida establece: “Acceder a la tierra no es solo una cuestión jurídica ni meramente económica” (Nuin & Nudelman, 2026, p. 9). El resto del pasaje relaciona ese acceso con dignidad humana, identidad cultural, vida comunitaria, derechos, seguridad alimentaria y sostenibilidad ambiental. Esta perspectiva modifica el debate: la tierra es un recurso económico, pero no es solamente un recurso económico.

Del campo a las ciudades

La paradoja aumenta con la urbanización. Según los datos recogidos en el libro para 2024, Uruguay, Puerto Rico y Argentina superaban el 90 % de población urbana, mientras Chile, Brasil y Venezuela rebasaban el 85 % (Nuin & Nudelman, 2026, p. 38).

Vivir en ciudades no es necesariamente un problema. Lo preocupante aparece cuando abandonar el campo deja de ser una elección y se convierte en consecuencia de la falta de oportunidades, del desplazamiento o de estructuras productivas que dificultan la permanencia de pequeños productores.

Y aquí surge otra paradoja: cuanto más urbanos somos, más fácil resulta olvidar que seguimos dependiendo diariamente del campo. Detrás de cada tortilla, café, fruta o verdura hay suelo, agua y personas que producen alimentos.

Tierra y naturaleza: el mismo problema

El debate tampoco puede separarse del cambio climático. El estudio relaciona expresamente la presencia de pueblos originarios con estrategias de conservación de importantes biomas amenazados por el calentamiento global (Nuin & Nudelman, p. 35).

Eso convierte los derechos territoriales en algo que interesa también a quienes vivimos a cientos de kilómetros de esas comunidades. Bosques, cuencas, biodiversidad y alimentos dependen de cómo gobernemos el territorio. La frontera entre política social y política ambiental comienza a desaparecer.

Tierra, techo y trabajo

El libro recupera también la fórmula del Papa Francisco de Tierra, Techo y Trabajo. En el texto fuente se reproduce su afirmación: “Tierra, techo y trabajo, eso por lo que ustedes luchan, son derechos sagrados” (Francisco, 2014, cita en Nuin & Nudelman, 2026, p. 218).

La frase conecta economía con dignidad. Tener tierra para producir, techo para habitar y trabajo para sostenerse representa una plataforma material mínima desde la cual una persona puede construir su futuro.

El mismo capítulo rechaza, además, contemplar a los sectores populares únicamente como beneficiarios. Al citar a Francisco, recuerda: “Ustedes son poetas sociales: creadores de trabajo, constructores de viviendas, productores de alimentos” (Francisco, 2015, como se citó en Nuin & Nudelman, 2026, p. 218). Es decir, las comunidades no son solamente parte del problema: son parte indispensable de la solución.

Gobernar la tierra es prevenir conflictos

La disputa territorial ya constituye uno de los ejes de conflictividad social, ambiental y política en diversos países de la región. Por eso hablar de gobernanza significa discutir quién participa en las decisiones, cómo se reconocen los derechos, cómo se resuelven controversias y cómo se distribuyen beneficios y costos.

No es casual que antecedentes internacionales sobre reforma agraria hayan vinculado el acceso justo a la tierra con tres objetivos que siguen plenamente vigentes: combatir el hambre, reducir la pobreza rural y fortalecer la paz.

La verdadera paradoja

América Latina tiene tierra, agua, biodiversidad y una extraordinaria capacidad para producir alimentos. Sin embargo, mantiene profundas desigualdades territoriales.

Ahí está la paradoja del suelo: tenemos una enorme riqueza debajo de nuestros pies, pero sus oportunidades, derechos y beneficios están distribuidos de manera profundamente desigual.

El desafío no consiste simplemente en producir más. Consiste en construir una gobernanza capaz de combinar productividad con derechos, inversión con inclusión y crecimiento económico con sostenibilidad.

Porque cuando discutimos sobre tierra, en realidad estamos hablando de algo mucho mayor: quién puede producir, quién puede permanecer, quién puede decidir y qué territorio dejaremos a las próximas generaciones.

Te invitamos a ver el video de “Laicos en la Vida Pública” sobre el tema:

 

Referencia
Nuin, S., & Nudelman, M. (Coords.). (2026, junio). Derecho al acceso a la tierra y su gobernanza en América Latina y Caribe. Cáritas Latinoamérica y el Caribe, Programa Latinoamericano y Caribeño de Tierras y Aguas hacia una Fraternidad Posible e Instituto Universitario Sophia América Latina y el Caribe. Derecho al acceso a la tierra y su gobernanza en América Latina y Caribe - Programa Latinoamericano de Tierras y Aguas

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