Las semanas recientes han estado marcadas por acontecimientos cuya relevancia histórica no hemos aquilatado suficientemente, quizá debido a la prisa de la vida cotidiana. En ellos ocupan un lugar central el desarrollo de la inteligencia artificial y la adicción que los diseños de las redes sociales generan, especialmente entre niños y adolescentes.
La semana pasada, Meta, el gigante tecnológico estadounidense, aceptó pagar 18 mil millones de dólares para resolver la demanda colectiva interpuesta por 29 estados de Estados Unidos. En ella se acusó a esta corporación supranacional de infringir las leyes destinadas a proteger a los menores de edad en las plataformas digitales (BBC News Mundo, 26 de agosto de 2026).
Más artículos del autor
El señalamiento fue muy concreto: Meta habría diseñado Facebook e Instagram para generar conductas adictivas entre niños y adolescentes. El mecanismo se encuentra a la vista de todos: la reproducción automática y continua de videos breves e historias, concebida para retener durante el mayor tiempo posible la atención de los usuarios.
Estas acusaciones, sumadas a otros cuestionamientos, desembocaron en un acuerdo multimillonario y pusieron en evidencia una estrategia de enormes proporciones. Esto permite explicar numerosos comportamientos que han contribuido a que, paradójicamente, vivamos cada vez más incomunicados y desconectados de nosotros mismos.
A este panorama se agrega el creciente debate sobre las posibles repercusiones de la inteligencia artificial en la actividad cerebral, a medida que incorporamos esta tecnología en casi todos los ámbitos de nuestra vida. En una interesante nota publicada en la Gaceta UNAM el 1 de diciembre de 2025, la doctora Pilar Durán Hernández, investigadora del Departamento de Biología Celular de la Facultad de Ciencias, sintetizó el problema con claridad: nos encontramos ante el riesgo de que el cerebro humano involucione debido a la falta de ejercicio del pensamiento crítico y a una creciente «flojera para pensar».
La cuestión es evidente: cuanto menos pensamos por nosotros mismos y más delegamos en la inteligencia artificial tareas como cuestionar la realidad, contrastar puntos de vista, construir argumentos y formular alternativas frente a los problemas individuales y colectivos, mayor es el riesgo de retroceder en algunas de las capacidades que han acompañado nuestro desarrollo evolutivo.
Si utilizamos la inteligencia artificial sin mesura y le entregamos la responsabilidad de pensar por nosotros, propiciamos las condiciones para que termine no solo auxiliándonos, sino también decidiendo cómo interpretar y resolver nuestra vida. El peligro no reside en la tecnología por sí misma, sino en la renuncia paulatina a nuestras facultades críticas, creativas y deliberativas.
Tampoco existe plena certeza acerca del control y la supervisión de los modelos experimentales de inteligencia artificial que los gigantes tecnológicos podrían estar desarrollando de manera reservada. La revolución que hoy presenciamos se sustenta, principalmente, en versiones y modelos comerciales; sin embargo, estamos lejos de conocer —o siquiera imaginar— lo que se construye en los sótanos tecnológicos.
Traigo a cuenta estas consideraciones para contextualizar los tres poemas de mi autoría que comparto a continuación y recordar la valiosa función de la poesía como una vía para preservar la agilidad mental y rescatar la voz propia.
La poesía nos permite nombrar lo que ocurre, señalar aquello que pretende permanecer oculto y hacer visible lo que la velocidad cotidiana suele borrar. Mediante ella nutrimos nuestras dimensiones simbólica, emocional y cultural, ejercitamos el pensamiento crítico y conferimos significado y profundidad a la existencia. Frente a los mecanismos que capturan nuestra atención y a las tecnologías que pueden sustituir nuestra capacidad de discernimiento, la palabra poética constituye un ejercicio de conciencia, libertad y resistencia.
Maná
Juro escribir los versos más simples
para recuperar la fuerza de mis palabras,
hallar entre el mar de opciones seductoras
el alivio que nace del corazón.
Retornaré a la voz que me guio en los días más oscuros,
a la mano amiga que no me soltó
en los movimientos telúricos
que sacudieron la confiable cimbra:
último salvavidas
en el hundimiento de las creencias.
En medio de la certeza de ser otra vez yo,
daré pasos lentos, cortos, de regreso
al oasis que no debí abandonar,
a la tierra firme
que hoy besa mis plantas desnudas
y me conecta con la madre tierra,
con el padre sol.
Callaré.
Gritaré de ser necesario.
Me reconstituiré en la simpleza.
En la restauración
me perdonaré
por haber abandonado el maná de la poesía.
Desconexión
Alma les falta a las palabras
concebidas en el enjambre de los algoritmos.
Carecen de la vibración
que nace cuando un corazón encuentra su par
y una mano se entrelaza con otra
hasta fundirse en un mismo latido.
Ausencia de la estructura
que sostiene al genio,
vacío al interior de los copos de nieve,
riesgo de que las nubes se dispersen
por falta de los hilos invisibles
que las mantienen unidas.
Los versos nacidos desde afuera
son encanto para los oídos,
sendero de halago para el ego,
pero son ruta divergente
al misterio de la vida.
Siento que me desconecto de mí
cuando mis versos no son poesía,
sino apenas un reflejo de la IA.
Voz recuperada
Mi voz extraviada busca resurgir,
sobreponerse al acantilado de algoritmos.
La arcilla que me conforma cedió,
se desintegró en fichas de polvo.
Ya no responde al mantra ancestral.
¿Dónde está el sonido de las entrañas,
hambriento de conciencia,
el que rompía el ruido de la materia
y la miseria que nos asfixia?
Mi voz es apenas una lánguida flama
que batalla por escasez de rebeldes nutrientes.
Los axones se secan
como raíces a mitad del desierto.
No fluye electricidad
ni afluente para las barcas de papel:
ausencia de lluvia de julio.
Aquí, listo,aguardo el resquicio,
el instante en que la rutina se abra
y pueda fracturar el acero
que se hizo cadena al calor
y luego se disfrazó de dulce libertad.
Hoy la voz deja la máscara impuesta.
Toma posesión de sí.
Ya no es el vano meme que fuimos:
es otra vez el Yo que se reconoce
y se atreve a sonar.
Abel Pérez Rojas (abelpr5@hotmail.com) escritor y educador permanente. Dirige: Sabersinfin.com #abelperezrojaspoeta