Domingo, 23 De Agosto De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Poesía, sensibilidad y prevención del suicidio

La poesía no puede resolver el dolor del mundo, pero sí puede ayudarnos a reconocerlo a tiempo

Abel Pérez Rojas

Poeta, comunicador y gestor de espacios de educación. Estudió Derecho (BUAP), Maestría en Formación Permanente y Doctorado en Educación. Ha impartido conferencias y cursos de posgrado en instituciones públicas y privadas. Su obra poética consta de cinco poemarios. Es fundador de Sabersinfin.com.

Domingo, Agosto 23, 2026

El pasado jueves asistí como invitado a la Cámara de Diputados al Segundo Foro Internacional en Prevención del Suicidio. Cambiar la Narrativa. Esta experiencia me permitió aprender y reflexionar a partir de las aportaciones de especialistas, así como acercarme a algunas de las perspectivas recientes desde las cuales se estudia este complejo fenómeno, a la vez individual y social.

Entre los asuntos que actualmente se discuten en diferentes partes del mundo se encuentran la incidencia de las redes sociales en el aislamiento de las personas, la fragilidad de los vínculos comunitarios y las transformaciones producidas por la inteligencia artificial en los entornos laborales, educativos y cotidianos. Millones de seres humanos están siendo desplazados de ocupaciones y espacios que, hasta hace poco, daban sentido a su forma de vida. La pérdida de empleos, además de sus consecuencias económicas, puede representar el debilitamiento de ciertas identidades construidas alrededor del trabajo, la convivencia y el reconocimiento social.

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La invitación de Gricelda Dzul Escamilla, doctora en educación, escritora, compañera de letras en la VII Antología internacional de poesía Sabersinfin e integrante de la Coalición Nacional en Prevención del Suicidio en México, me llevó a detenerme en una cuestión que, desde hace tiempo, he abordado en diferentes espacios: la relación entre la creación poética, la sensibilidad y el sufrimiento humano.

Al repasar la historia de la literatura, resulta imposible ignorar que el suicidio ha marcado la trayectoria de varios poetas de distintas épocas y latitudes. Manuel Acuña, Jaime Torres Bodet, Sylvia Plath, Alfonsina Storni, Alejandra Pizarnik y, en años más recientes, el joven poeta pereirano Sebastián Restrepo Santana forman parte de una lista dolorosa que nos obliga a mirar más allá de sus obras y a preguntarnos qué circunstancias personales, sociales, culturales y emocionales incidieron en sus decisiones.

Sin embargo, sería equivocado suponer que existe una relación causal y necesaria entre la poesía y el suicidio, o que la sensibilidad artística constituye, por sí misma, una patología. La creación poética no debe asociarse de manera automática con la enfermedad, la inestabilidad o la conducta suicida. Hacerlo significaría reproducir el estereotipo romántico del poeta atormentado, como si el sufrimiento extremo fuera una condición indispensable para escribir. Nada más injusto para la poesía y para quienes padecen dolor psíquico.

La pregunta debe formularse de otra manera: ¿cómo podemos acompañar a quienes poseen una sensibilidad particularmente receptiva frente a las contradicciones, las pérdidas y las violencias del mundo? El poeta suele percibir matices que pasan inadvertidos para otros; escucha las fracturas del lenguaje, advierte la soledad detrás de los gestos y reconoce la vulnerabilidad humana, aun bajo el vértigo de la prisa cotidiana. Esa capacidad puede transformarse en obra, conciencia y solidaridad, pero también requiere espacios de escucha, pertenencia y cuidado.

Esta reflexión me remontó al discurso que pronuncié en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, el 20 de enero de 2024, durante la presentación de la IV Antología internacional de poesía Sabersinfin. En aquella ocasión planteé la necesidad de identificar los talentos poéticos desde edades tempranas para brindarles acompañamiento y seguimiento, tal como se hace con los atletas de alto rendimiento.

De ninguna manera pretendo comparar mecánicamente el arte con el deporte, sino destacar que las capacidades excepcionales requieren ambientes capaces de reconocerlas, orientarlas y protegerlas. Así como el potencial físico necesita entrenamiento, disciplina y atención integral, la sensibilidad creadora demanda interlocutores, formación estética, equilibrio emocional y comunidades en las cuales pueda expresarse sin ser ridiculizada, ignorada o reprimida.

Quien contempla la realidad con el “corazón en la mano” puede experimentar de manera intensa la incertidumbre, los cambios constantes y la rápida obsolescencia de aquello que durante mucho tiempo ofreció seguridad. A ello se suman la tecnificación de la vida, la automatización, la despersonalización de los vínculos digitales y el uso irreflexivo de la inteligencia artificial. Esta última, aun cuando posee enormes posibilidades, puede empobrecer nuestras facultades si delegamos en ella lo que nos corresponde desarrollar mediante la inteligencia natural: el juicio, la creatividad, la imaginación, la empatía y el pensamiento crítico.

El verdadero problema no radica en la tecnología en sí misma, sino en una cultura que convierte los instrumentos en sustitutos de la conciencia y confunde la conexión permanente con la compañía. Nunca habíamos tenido tantos medios para comunicarnos y, paradójicamente, muchas personas se sienten solas, invisibles o prescindibles. Las redes pueden acercarnos, pero también, mediante dinámicas capaces de generar conductas adictivas, pueden intensificar la comparación, el rechazo, la exposición pública y la sensación de insuficiencia.

 

Por ello, la identificación temprana del talento poético —y, por extensión, de las aptitudes para las demás artes— podría formar parte de una estrategia educativa más amplia de cuidado y prevención. No porque todo niño o joven creativo presente riesgo suicida, sino porque el acompañamiento permite conocer sus emociones, fortalecer sus recursos internos y advertir oportunamente cambios preocupantes en su conducta.

Esta perspectiva exige capacitar a familias, docentes, promotores culturales y personas cercanas como primeros respondientes o agentes comunitarios de prevención. Su responsabilidad no sería diagnosticar ni sustituir a los profesionales de la salud mental, sino escuchar sin juzgar, reconocer señales de alerta, evitar la minimización del sufrimiento y canalizar oportunamente a quienes lo requieran hacia servicios especializados.

También resulta indispensable crear talleres literarios, círculos de lectura y espacios artísticos seguros en las escuelas y comunidades. La poesía puede contribuir a nombrar lo que duele, pero no debe considerarse una cura automática ni reemplazar la atención clínica cuando esta sea necesaria. Su valor reside en abrir cauces de expresión, favorecer el diálogo y recordarnos que la experiencia individual puede ser compartida y comprendida.

Todo esto lo hemos venido trabajando desde la educación permanente y la cultura de paz, en el contexto de las aportaciones y los principios del saber infinitista, ahora documentados y organizados en el Manifiesto del Saber Infinitista (Martínez Barradas, Miguel A., 2026).

Cambiar la narrativa en torno al suicidio implica abandonar el estigma, el silencio y las explicaciones simplistas. Supone reconocer que cada vida está entrelazada con una red de relaciones, condiciones materiales, expectativas, heridas y posibilidades. Prevenir no consiste solamente en intervenir durante una crisis; también significa construir comunidades en las cuales nadie tenga que llegar al límite para ser escuchado.

Uno de los grandes desafíos de nuestra época es aprender a cuidar la sensibilidad antes de que el dolor la convierta en aislamiento. Identificar a nuestros niños y jóvenes creadores, acompañarlos y ofrecerles un horizonte de pertenencia no es un lujo cultural: es una responsabilidad educativa y humana. Allí donde una persona encuentra palabras para expresar su sufrimiento y a alguien dispuesto a escucharlas, comienza a abrirse la posibilidad de trascender los días oscuros.

Evidentemente, la poesía no puede resolver por sí sola el dolor del mundo, pero sí puede ayudarnos a reconocerlo a tiempo, a no dejar en soledad a quien lo padece y a cambiar la narrativa con la cual construimos el mundo en que vivimos.

Abel Pérez Rojas (abelpr5@hotmail.com) escritor y educador permanente. Dirige: Sabersinfin.com #abelperezrojaspoeta

 

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