¿Guarda una moneda de la suerte, tiene un dólar en la cartera para que no le falte dinero o porta un dije con una piedra? ¿Recuerda las pulseras rojas con ojo de venado que usan los bebés para protegerlos del “mal de ojo”? Le recomiendo no perderse la experiencia de recorrer una tienda esotérica.
Entré a una y descubrí que, después de miles de años, el ser humano ha buscado conocer el futuro y protegerse de “la mala suerte” a través de la magia y los amuletos, una pequeña ayuda para negociar con el destino.
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Desde que crucé la puerta, la tienda parecía guardar un pedacito de cada civilización que alguna vez intentó descifrar lo desconocido. Primero sonaba de fondo un tema de power metal; sin previo aviso, la música cambió por sonidos que parecían acompañar algún antiguo ritual egipcio. Entre una melodía y otra flotaba el olor del sándalo, mezclado con el de las velas encendidas y los aceites de aromaterapia. Todo contribuía a crear una atmósfera misteriosa y curiosa.
Estaban los anaqueles. Había de todo: amuletos, cartas, inciensos, dijes, cuarzos de todos los tamaños y colores, libros, figuras egipcias, oráculos y objetos de protección contra las malas vibras. Trolls noruegos, escarabajos egipcios, ojos de Horus, cruces, símbolos antiguos y toda clase de objetos cuyo significado seguramente habría requerido otro recorrido completo.
Caminé entre los estantes y encontré velas de colores, cada una con una misión diferente. El rojo, el verde, el blanco, el morado… cada color parecía prometer algo. Había inciensos cuyo humo quedaba suspendido en el aire y aceites aromáticos que envolvían aquel pequeño universo en una mezcla de olores que hacía difícil recordar que, unos metros afuera, la vida seguía ocurriendo con absoluta normalidad.
También había muñecas sin rostro, que me parecieron orientales. No sé quién decidió que quitarles los ojos, la nariz y la boca era una buena idea, pero lejos de provocar ternura, aquellas muñecas producían un ligero escalofrío. Cerca de ellas había muñecos negros de trapo, tipo vudú, también sin rostro y con uno que otro alfiler clavado.
Y entonces aparecían las figuras: una bruja relacionada con los pueblos originarios de Norteamérica, figuras egipcias, dioses, animales, criaturas protectoras y personajes que parecían haber salido de alguna leyenda que alguien había decidido colocar cuidadosamente sobre un anaquel.
Cerca de aquella mujer indígena de profundos ojos negros hacía un calor indescriptible. Quizá era la temperatura de la tienda, quizá alguna vela encendida o simplemente mi imaginación. Pero sus ojos eran tan intensos que, por un momento, tuve la extraña sensación de que alguien me observaba fijamente. Seguí caminando, por si acaso.
En otro punto encontré cartas de tarot y distintos tipos de oráculos. Y ahí descubrí una oferta difícil de ignorar: por diez pesos, la esfinge de una bruja milenaria podía contestar una pregunta. La respuesta, por supuesto, venía oculta en una carta de tarot.
Diez pesos. No sé si el destino había bajado de precio o si simplemente estaba teniendo una promoción para mí.
Pero debo reconocer que sentí curiosidad.
¿Qué pregunta le haría a una bruja milenaria por diez pesos? ¿Voy a enamorarme? ¿Me irá bien en el trabajo? ¿Debo tomar esa decisión? ¿Encontraré lo que estoy buscando? ¿Qué me depara el futuro?
Mientras seguía recorriendo la tienda, rodeada de velas, cuarzos, figuras, cartas y amuletos, se me ocurrió algo mucho más interesante: ¿desde cuándo los seres humanos queremos saber qué va a pasar y, sobre todo, desde cuándo creemos que podemos hacer algo para cambiarlo?
La respuesta es: desde hace muchísimo tiempo.
Los antiguos egipcios tenían una auténtica colección de amuletos para acompañar la vida y la muerte. El ojo de Horus, el anj, el escarabajo y otras figuras estaban relacionados con la protección, la vida, la salud o el renacimiento. No eran simples adornos: formaban parte de una manera de entender el mundo y de protegerse frente a aquello que no podían controlar.
Los griegos tenían sus oráculos. Si el futuro parecía demasiado importante como para dejarlo en manos del azar, siempre había un templo al que acudir para preguntar. Los romanos también interpretaban señales y presagios. El vuelo de un ave podía convertirse en mensaje; un fenómeno inesperado podía adquirir significado.
Hoy quizá miraríamos el teléfono, consultaríamos Google o le mandaríamos un mensaje a ese amigo que tiene una opinión para absolutamente todo. Cada época encuentra su propio oráculo.
En las culturas indígenas de Norteamérica también encontramos una enorme diversidad de objetos vinculados con protección, bienestar y espiritualidad. Entre los sioux, por ejemplo, se han documentado amuletos con forma de tortuga entregados a los niños y asociados con la protección frente a enfermedades y con una larga vida. Entre otros pueblos de la región existieron talismanes y objetos protectores relacionados con animales, ancestros, curación y buena fortuna.
Y luego está la India, donde la tradición de los amuletos tiene también una historia profunda. Se han utilizado cuentas, relicarios con versos sagrados, imágenes de deidades y piezas decoradas con símbolos considerados protectores. Incluso las piedras preciosas y determinados materiales podían adquirir un significado de protección.
De Egipto a la India, de los pueblos indígenas de Norteamérica a los antiguos griegos, encontramos una misma inquietud humana expresada con distintos lenguajes: ¿hay algo que pueda protegerme de lo que no puedo ver y ayudarme frente a lo que todavía no puedo conocer?
Lo fascinante fue darme cuenta de que, si bien los objetos han cambiado, nosotros no.
Antes llevábamos un amuleto de piedra, hueso, metal o madera. Hoy podemos llevar un cuarzo en la bolsa, una pulsera roja en la muñeca, una medalla en el cuello o una piedra junto a la cama. Antes consultábamos un oráculo; hoy podemos consultar el tarot, el horóscopo, la numerología o incluso ese algoritmo que parece conocer nuestros gustos, obsesiones y hasta nuestras debilidades mejor que nosotros mismos.
Cambian los instrumentos, pero la pregunta permanece: ¿qué me espera? Y todavía más importante: ¿puedo hacer algo para que me vaya mejor?
Tal vez por eso los amuletos tienen algo que decirnos, incluso si no creemos literalmente en sus poderes. Un objeto puede convertirse en una pequeña reserva de esperanza. Puede recordarnos a alguien que amamos, una promesa, una etapa de nuestra vida o simplemente la sensación de que no estamos completamente indefensos frente a lo que ocurre.
Porque cuando la vida se pone difícil, todos buscamos algo que nos sostenga.
Una persona prende una vela. Otra hace una oración. Alguien guarda una fotografía en la cartera. Hay quienes consultan las cartas. Alguien más se pone una medalla que perteneció a su abuela, y algunos prefieren cargar un cuarzo “curado”. Otros simplemente aprietan muy fuerte las manos y piden que todo salga bien.
La necesidad de creer no siempre nace de la ignorancia. Muchas veces nace de la incertidumbre o de la tradición que la familia transmite generación tras generación.
No sabemos qué ocurrirá mañana. No sabemos qué decisión cambiará nuestra vida, qué persona aparecerá en el camino, cuál se irá, qué oportunidad llegará ni qué golpe inesperado modificará nuestros planes. Frente a esa enorme cantidad de cosas que escapan de nuestras manos, inventamos pequeños rituales para sentir que todavía podemos participar en nuestra propia historia.
Quizá por eso una tienda esotérica resulta tan fascinante: es casi un pequeño museo de la esperanza humana. En sus estantes conviven civilizaciones, dioses, símbolos, criaturas, piedras, cartas y creencias que nacieron en lugares y épocas completamente diferentes. Todo parece decirnos lo mismo de maneras distintas: no estás solo frente a lo desconocido.
Y tal vez esa sea la verdadera razón por la que seguimos creyendo en la magia.
No porque necesariamente pensemos que un objeto puede resolver nuestra vida, sino porque necesitamos recordar que todavía hay algo por hacer.
Aquí es donde quizá la frontera entre magia y realidad se vuelve mucho más interesante.
Porque tener fe no significa sentarse a esperar que el universo haga todo por nosotros. Creer puede ser también una manera de reunir valor, mantener la esperanza cuando las circunstancias no ayudan, encontrar sentido cuando no lo vemos claro y levantarnos una vez más para intentar algo diferente.
Tal vez el amuleto no cambie el destino, pero puede recordarnos que debemos caminar.
Probablemente el cuarzo no resuelva nuestros problemas, pero puede convertirse en el pequeño símbolo que nos recuerde que tenemos que enfrentarlos.
Quizá ninguna carta pueda decirnos exactamente qué ocurrirá mañana, pero nosotros sí podemos decidir qué hacemos hoy.
Después de tantos siglos buscando señales en las estrellas, en las cartas, en las piedras, en los animales, en los dioses y en los objetos que llevamos cerca del cuerpo, quizá hemos descubierto algo mucho más sencillo: el destino no siempre está completamente en nuestras manos, pero sí podemos ayudarlo con nuestras decisiones, nuestra voluntad, nuestra prudencia y, sobre todo, con la esperanza y el valor de intentarlo otra vez cada día.
Al salir de la tienda tuve la sensación de que cientos de ojos me seguían. Serían las figuras, las muñecas sin rostro, aquella bruja de profundos ojos negros que parecía haberme observado durante todo el recorrido. A lo mejor era simplemente mi imaginación.
Lo cierto es que salí sonriendo y guardé en mi bolsa el dije y las cartas que había comprado. No porque creyera que iban a resolver mi vida, por supuesto. Los guardé… solo por si acaso.
Tal vez no sea magia, tal vez sea fe, y eso no significa esperar que algo extraordinario ocurra sin hacer nada. Tal vez significa creer que todavía podemos hacer nuestra parte; que una decisión, un acto de voluntad, una buena elección, una oportunidad aprovechada o simplemente el valor de volver a intentarlo pueden modificar el camino.
Probablemente el destino no sea una historia completamente escrita. Puede ser que también se construya con nuestras manos.
Y si alguna vez la vida se empeña en demostrarnos lo contrario, siempre podremos sacar un amuleto del bolsillo, hacer una oración, mirar las cartas y pensar: “Bueno… por si acaso.”