Las declaraciones recientes de las diputadas poblanas Nay Salvatori y Grace Palomares en el podcast Descasadas cruzaron una línea peligrosa: la de la discriminación y la gerontofobia. Burlarse públicamente de la apariencia y edad de los hombres mayores de 45 años, afirmando entre risas que «ya huelen a baúl del recuerdo» o que «ya se están pudriendo», no solo provocó el rechazo en redes y el deslinde de su partido, sino que desnudó una profunda falta de madurez y empatía legislativa.
Ante esto, hablo por mí y por muchos: yo soy un hombre con olor a viejo, como dicen esas diputadas, y lo llevo con profundo orgullo. Tengo seis décadas a cuestas. Pertenezco a una generación que construyó el pulso de Puebla, esa que en el pasado tomaba café los domingos por la tarde en el Sanborns de la 2 Poniente o en el Dicky's de la avenida Juárez, compartiendo la vida con los amigos el siglo pasado. Somos quienes esperábamos a la novia a las afueras de los colegios Esparza, Central o América; los que entrenábamos taekwondo con el profesor Martínez, inauguramos Plaza Dorada —el primer gran centro comercial de la ciudad— y sudamos la camiseta jugando futbol semiprofesional con las Águilas de la UPAEP.
Más artículos del autor
Ese "olor a viejo" de las burlas no es más que el aroma del camino recorrido. En mi caso, es el orgullo de haber ejercido las profesiones de abogado y contador público de manera simultánea; de haber trabajado en San Lázaro durante la LXI Legislatura federal y de haber operado políticamente para lograr el primer gobierno de oposición en la historia de nuestro estado. Significa haber sobrevivido a las complejidades del poder regional, trabajando con figuras tan polarizantes como Rafael Moreno Valle o el difunto Miguel Barbosa.
Huelen a viejo las manos de quien, además de la política y el servicio público, ha mantenido una actividad empresarial para pagar, desde el maternal hasta la universidad, las colegiaturas de tres hijos que hoy llenan de orgullo mi vida. Es el mismo aroma de la persistencia de quienes apoyamos a Andrés Manuel López Obrador desde el siglo pasado, cuando la transformación parecía una utopía, hasta verlo consolidarse en la presidencia.
Las legisladoras, arropadas en su juventud, aseguran con soberbia «oler a nuevo». Nadie cuestiona que vivan bien, pero convendría recordarles que el estatus y las plataformas de las que hoy gozan, muy probablemente se sostienen gracias al respaldo, el trabajo o la complicidad de algún hombre de esa generación a la que hoy vilipendian. Ese hombre que, a sus ojos, «ya se está pudriendo».
La juventud es un estado biológico transitorio; el respeto y la dignidad, en cambio, deberían ser permanentes. Menospreciar la veteranía no es solo un acto de discriminación, sino una preocupante muestra de amnesia histórica.