Lunes, 3 De Agosto De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Desconectar para reconectar: El diálogo y la ternura frente al reto digital

Se vuelve impostergable abrir una conversación nacional sobre el impacto del entorno digital

Dr. Melitón Lozano Pérez

Dr. Melitón Lozano Pérez es un destacado profesional mexicano con una sólida trayectoria en el ámbito educativo, académico, social y político, caracterizada por su compromiso con el derecho a la educación y el desarrollo comunitario.

Lunes, Agosto 3, 2026

Imaginemos por un momento el inmenso caudal de creatividad, curiosidad y energía que habita en las niñas, niños, adolescentes y jóvenes de nuestra patria. Pensemos en las grandes hazañas cotidianas que estarían realizando si su atención no estuviera cautiva por horas frente a las pantallas: melodías compuestas en una guitarra, descubrimientos científicos en las aulas, debates apasionados sobre nuestra historia, el disfrute y dominio de un deporte en las canchas del lugar donde viven o la simple pero profunda alegría de mirarse a los ojos y construir comunidad.   

En consonancia con la visión de la presidenta Claudia Sheinbaum, que nos convoca a poner en el centro el bienestar integral, la salud y la formación humanista de las nuevas generaciones, se vuelve impostergable abrir una conversación nacional sobre el impacto del entorno digital y, sobre todo, sobre la ruta colectiva para recuperar la plenitud de nuestras infancias y juventudes.

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Es indispensable reconocer la gravedad del diagnóstico sin caer en el inmovilismo. Las plataformas digitales no son herramientas neutras; están diseñadas intencionalmente para capturar la atención y dirigir la publicidad justo en los momentos en que el cerebro es más sensible. De esta manera, interactúan intensamente con el sistema cognitivo y producen modificaciones en las zonas frontoparietales del cerebro, responsables de la atención y el autocontrol.

Asistimos a una drástica erosión de la atención humana, que se ha reducido de dos minutos y medio a escasos cuarenta y siete segundos en las últimas décadas. Esta fragmentación constante genera distracciones, cambios compulsivos entre tareas y un desgaste intelectual que desemboca en un mayor índice de errores, frustración y el preocupante fenómeno del estrés digital. 

Para comprenderlo mejor, podemos recurrir a la metáfora del automóvil: la mente joven posee un motor extraordinariamente potente —el sistema límbico, impulsor de las emociones, la curiosidad y la búsqueda de recompensa inmediata—, mientras que los frenos —la corteza prefrontal, encargada de regular los impulsos y evaluar consecuencias— aún están en pleno proceso de ensamblaje. Al estimular e irritar en exceso ese motor emocional, las pantallas generan dinámicas adictivas que opacan el disfrute de los placeres sencillos de la vida cotidiana, y cada vez se requieren más y más estímulos para logarlo.

Más aún, esta dinámica atenta directamente contra los pilares biológicos del desarrollo: frena el sueño reparador al fragmentarlo con luz y notificaciones nocturnas, sofoca la hora de actividad física diaria indispensable para prevenir el sedentarismo y la obesidad, y altera la alimentación consciente, ya que comer distraído anula la capacidad del cuerpo para registrar la saciedad.

Frente a esta realidad, la respuesta no puede ser el castigo ni la prohibición ciega. La solución exige situar como núcleo principal el empleo de la comprensión y ternura en el acompañamiento a las infancias y juventudes. La ternura no es debilidad ni permisividad; es la capacidad de reconocer al otro en su complejidad, de crear ambientes de aprendizaje gozosos y de ofrecer una guía amorosa que despierte el criterio propio en lugar de imponer reglas vacías.

En el ámbito escolar, esto implica transformar las aulas en baluartes de la convivencia y el aprendizaje presencial. Las escuelas deben ser espacios donde se establezcan tiempos claros de desconexión deliberada para dar paso al diálogo cara a cara, al juego comunitario y al pensamiento crítico. Es necesario formar ciudadanas y ciudadanos digitales con criterio ético, fortaleciendo la figura de las y los maestros no como jueces, sino como acompañantes entrañables que escuchan, orientan y estimulan la curiosidad intelectual.

Por su parte, la familia debe constituirse en el primer refugio de cuidado. Acompañar a hijas e hijos significa sentarse a dialogar con ellos sobre lo que consumen en el mundo virtual, establecer límites claros y compartidos, y crear espacios libres de dispositivos a la hora de comer y de dormir. Los adultos estamos llamados a modelar con el ejemplo hábitos digitales saludables, recordando que la autoridad moral se construye desde la presencia consciente y no desde el aislamiento en nuestras propias pantallas.

Desde la política pública y el marco legal, en sintonía con el compromiso del Estado social de derecho, se vuelve urgente regular a las plataformas tecnológicas para garantizar entornos digitales verdaderamente seguros y segmentados por edad. La regulación pública debe proteger y educar, exigiendo a las corporaciones estándares de diseño ético que no exploten la vulnerabilidad del desarrollo cerebral infantil. Paralelamente, el Estado debe multiplicar la oferta de espacios públicos, culturales y deportivos que hagan atractiva y accesible la vida presencial.

Nos mueve una esperanza activa. Salvar la atención y la salud de nuestras infancias, adolescencias y juventudes, es devolverles la capacidad de soñar, de crear y de transformar su realidad. Cuando sustituimos la adicción a la pantalla por la calidez de la ternura, el deporte, el arte y la convivencia presencial, no solo recuperamos la paz mental de nuestras familias, sino que liberamos el potencial de un pueblo joven capaz de construir un futuro más justo, próspero y profundamente humano.

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