Ante la producción y reproducción de imágenes, sonidos y todo tipo de verdades que se imponen en clave estética, la reflexión crítica se vuelve indispensable, no solo como necesidad imperiosa de comprensión de lo que esto implica en el día a día de las estructura sociales, económicas y políticas que vivimos, sino ya como principio y ejercicio humano de discernimiento subjetivo, en contraste del desplazamiento de la reflexión humana a la respuesta algorítmica. Comportamiento automático que apunta un Síndrome de Estocolmo generalizado.
Cada vez es más frecuente encontrar sitios, youtubers y páginas que, desde expresiones críticas y analíticas, sus autores ven la necesidad de expresar que su imagen o voz, no es de un bot o algoritmo, enfatizando que sus expresiones, son fruto de su subjetividad, de la potencia y límite de su propia humanidad. Esto puede parecer un acto innecesario, sin embargo, la reivindicación humana surge necesaria, algo está pasando y sabemos que nos desplaza, pero no siempre se sabe hacia dónde.
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Lo que está en juego es un llamado ético-estético multiforme y multidimensional, donde nuestras generaciones, impotentes ante genocidios, migraciones y múltiples vejaciones a los más vulnerables, se manifiestan en contra de estéticas del espectáculo, de una violencia en formato live-action a lo largo y ancho de nuestro planeta.
Los modos de producción manejados por intereses multimillonarios, delincuenciales y empresas tecnológicas que venden sus servicios al mejor postor sean gobiernos, mafias, empresas y a todo aquel que pueda pagar.
Surgen nuevos actores y potencias sin frontera que reivindican viejas formas de poder, vigilancia y control social. Manifiestos ultra cínicos como el de Palantir, expresan supuestas superioridades y la necesidad anarcocapitalista, de revelarse y posicionarse para defender su proyecto de muerte contra el bien deseado por la mayoría global, basando su teoría y práctica en crear y validar sus verdades.
El cineasta Alejandro González Iñárritu, en una entrevista, expresaba que en nuestros días sería imposible identificar qué es real y qué no lo es. Justo, ante esta reconfiguración estético-política del mundo, sobreviven medios independientes, que brindan datos e información verificada, pero que lamentablemente parece, tienen fecha de caducidad. Ante este dilema sobre lo real, surgen movilizaciones y voces internacionales en todos los rincones del mundo exigiendo un freno al aceleracionismo de las violencias, particularmente un alto absoluto al uso particular de la IA para cancelar vidas humanas, porque diluye la responsabilidad humana en la toma de decisiones sobre la vida y la muerte, al ser la herramienta de selección de objetivos militares.
La aparición reciente de la encíclica Magnifica Humanitas del papa León XIV sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial, señala los riesgos de lo que llama una revolución de la tecnología digital, la IA y la robótica, lo que pone a debate la omnipresencia teológica de las nuevas tecnologías. Esto lo vinculo a lo señalado por el filósofo Érick Sadin en su más reciente libro titulado El desierto de nosotros mismos, cuando entre otras cosas refiere el fenómeno de nuestra anhumanización, como la renuncia a nosotros mismos.
Particularmente en esa renuncia, hay un aspecto que me gustaría enfatizar, ya que considero Sadin lo anota, pero no profundiza en su gravedad, me refiero a una especie de fractura epistemológica en lo antropológico con el uso actual de la IA. Primero, Sadin explica que todas las respuestas de la IA se anclan en el pasado, en un océano de recurrencias algorítmicas y correlación probabilística dando por resultado un seudo lenguaje que no refleja nuestra singularidad, y diría nuestra lógica combinatoria, indeterminista e improvisatoria.
Esto conduce a que la posibilidad humana de pensar e indagar, se rinde ante el pragmatismo de ese seudo lenguaje que condiciona percepciones e hipnotiza subjetividades, diría Andrea Colamedici.
Nos apropiamos hipnóticamente de la palabra y símbolo arrojado, aceptamos esa indistinguibilidad estética por su similitud con un carácter imaginativo antropológico que nos distingue. Está surgiendo una nueva antropología que está basada en, “una externalización de todas nuestras aptitudes”, de ahí la desposesión de nosotros mismos que refiere Sadin. La reiteración del texto y relato del pasado se convierte en el dispositivo del rompimiento antropológico, algorítmicamente se enlaza lo ya dicho, la base de datos, ya no una representación creativa humana, una metáfora.
Las prácticas artísticas y creativas de nuestra historia reflejan nuestra posibilidad crítica ante la supervivencia de nuestra especie. Ese carácter libre e improvisatorio del arte, del arte de lo humano, contrasta ética y estéticamente con la instrumentalización de las mayorías desfavorecidas del planeta.
En la praxis artística, se observa el poder de lo subjetivo e intersubjetivo, el arte es creación, ampliación de la realidad, posibilidad humana, no es resultado estadístico de combinaciones algorítmicas de bases de datos del pasado. En la posibilidad del arte, radica el ejemplo vivo y encarnado, que proyecta ética y estéticamente nuestra imagen, nuestra singularidad y posibilidad humana.