A pocos días de que inicie el Mundial de Futbol, soy un afortunado: estoy a punto de vivir mi tercer mundial. El primero de ellos fue en 1970, cuando tenía seis años. Recuerdo que mi papá había comprado una televisión a color —la gran novedad de la época— para ver ese evento. En ella vimos la inauguración en el Estadio Azteca, a cargo del entonces presidente de México, el poblano Gustavo Díaz Ordaz.
También sufrí hasta el llanto la derrota de la Selección Nacional ante Italia en el estadio de Toluca por cuatro goles a uno. En esa tele nueva vi jugar al rey Pelé con la verdeamarela y coronarse campeón. En ese tiempo gobernaba el PRI y en México existía una clase media pujante a la que mi familia pertenecía.
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Recuerdo salir a la calle a jugar futbol con mis amigos de la cuadra en mi colonia La Paz, algo que hacíamos siempre después de terminar la tarea. En esa época se podía, no como ahora, que la inseguridad lo impide. También solíamos ir al río Atoyac a pasear a los perros; en aquel entonces, el agua todavía era transparente.
Después vino el Mundial de 1986. Seguía gobernando el PRI y yo ya estaba en mi época universitaria. Compré un abono para asistir al Estadio Cuauhtémoc, donde pude ver a las selecciones de Argentina, Italia, Corea del Sur y Uruguay. Observé con mucha atención al argentino Diego Armando Maradona. También vi perder a la España del «Buitre» Butragueño aquel domingo 22 de junio, en una serie de penaltis ante Bélgica.
Lloré la eliminación como todo el estadio poblano, contagiado por el llanto de Manolo «el del bombo», el aficionado más emblemático de la selección española, quien iba acompañado de su inseparable tambor y con quien coincidí en la misma sección de las gradas.
Después de ese mundial de 1986, las cosas en mi país se descompusieron. Vino la crisis de ese año, que inició cuando se resintió el impacto del sismo de 1985, el colapso petrolero y la deuda externa impagable que superaba los 100 mil millones de dólares, lo que ahogó las posibilidades de crecimiento y obligó al gobierno mexicano a firmar una nueva carta de intención con el Fondo Monetario Internacional (FMI).
A esto le siguió la hiperinflación de 1987, que llegó a estar en el 180 por ciento anual, como consecuencia del cambio de conducción del país por gobiernos neoliberales del PRI y del PAN. A pocos días de que inicie este nuevo Mundial de Futbol —donde nuestro país es sede junto con Canadá y los Estados Unidos—, el PRI y el PAN ya no gobiernan.
Organizar una tercera Copa del Mundo representa un hito histórico sin precedentes para México, pero la fiesta del futbol llega en un momento de profunda fractura social, incertidumbre económica y desafíos de seguridad que ensombrecen la alegría del balón.
Para el pueblo mexicano, este torneo se vive como un alivio temporal y un motivo de orgullo cultural, pero también resalta la dolorosa contradicción entre la inversión millonaria para esta justa deportiva y las carencias diarias de un país que no la está pasando bien. El Mundial se convierte así en un espejo de la realidad nacional: una vitrina para mostrar al mundo la inquebrantable hospitalidad que nos caracteriza en medio de la adversidad.
A partir del año 2018 gobierna la izquierda y, si bien falta mucho por hacer, se pretende que las cosas mejoren. Ya se han dado los primeros pasos para progresar y construir un México mejor, donde no se olvide que "por el bien de todos, primero los pobres".