Mientras las protestas contra la guerra y contra “los reyes” todopoderosos se generalizan en Estados Unidos y en Israel aumentan los cuestionamientos contra Netanyahu, Donald Trump ordenó desplegar tropas terrestres hacia el Golfo Pérsico, y en Jerusalén se prohibió la misa del Domingo de Ramos.
La escalada del conflicto no deja a nadie ileso y las consecuencias de la guerra cuenta claramente con sus primeras naciones víctimas: las petromonarquías del Golfo Pérsico.
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En el corazón del sistema energético global se encuentran las llamadas petromonarquías del Golfo Pérsico: Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Qatar, Kuwait, Bahréin y Omán. Son naciones que no promueven los derechos humanos y están muy lejos de la equidad entre hombres y mujeres. Se les acusa de tener obreros y empleados extranjeros en esquemas de semi esclavitud. Y pueden hacer lo que quieran porque estos Estados concentran una parte fundamental de las reservas mundiales de petróleo y gas, lo que los convierte en actores clave de la economía internacional. Además, desde el año pasado, se han vinculado económica y comercialmente con Estados Unidos y con Trump.
Su modelo económico se basa en la exportación de hidrocarburos, lo que les ha permitido acumular enormes recursos financieros y construir economías altamente rentistas. Sin embargo, esta misma dependencia los hace particularmente vulnerables en el contexto de la guerra contra Irán.
El primer nivel de vulnerabilidad es geográfico. Estos países se ubican en torno al estratégico estrecho de Ormuz, una de las rutas marítimas más importantes del mundo por donde transita cerca del 20% del petróleo global. El conflicto está ya interrumpiendo el flujo energético y generando impactos negativos inmediatos en sus economías.
El segundo factor es su limitada capacidad militar autónoma. Aunque cuentan con fuerzas armadas modernas, dependen en gran medida de alianzas externas, especialmente con Estados Unidos, para su seguridad. Esto significa que su estabilidad está directamente vinculada a dinámicas geopolíticas más amplias. Por esta razón, dentro de sus fronteras han sufrido los ataques directos de Irán contra las instalaciones estadounidenses ahí emplazadas.
En tercer lugar, existe una vulnerabilidad estructural interna. Estos Estados tienen poblaciones relativamente pequeñas y, en muchos casos, una alta proporción de trabajadores extranjeros. En situaciones de crisis, esto puede generar tensiones sociales o dificultades operativas en sectores clave. Además, por el mismo estrecho de Ormuz, estos países importan el 90% de sus alimentos. Son naciones que tampoco tienen agua dulce y dependen de las plantas desalinizadoras que podrían ser blanco de los ataques iraníes.
De igual manera, la infraestructura energética —refinerías, oleoductos y terminales portuarias— constituye un blanco estratégico. Ataques a estas instalaciones, como se ha visto en los últimos días, pueden paralizar la producción y afectar los ingresos estatales. Y, por si fuera poco, la producción de petróleo no puede detenerse y sus capacidades de almacenamiento del crudo que no se transporta está llegando a su límite
Es cierto que las petromonarquías también han desarrollado mecanismos de resiliencia invirtiendo en fondos soberanos, diversificando sus economías hacia el turismo (profundamente afectado por la guerra) y la tecnología de punta, buscando reducir su dependencia del petróleo. Aun así, su seguridad sigue estrechamente ligada a la estabilidad regional. Las petromonarquías del Golfo son actores económicamente poderosos, pero geopolíticamente vulnerables.