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OPINIÓN

México ante la guerra: costos y contradicciones

El país cada vez más encapsulado por su ambigüedad diplomática

David Córdova Tello

Licenciado en Relaciones Internacionales por la UNAM con maestría en Administración para la Seguridad y Defensa Nacional. Analista y consultor en seguridad, inteligencia y análisis político, especialista en análisis estratégico. Ha ocupado diversos cargos en instituciones como el CISEN, la Secretaría de Seguridad Pública y el INE.

Miércoles, Marzo 25, 2026

La guerra en Irán está por cumplir un mes desde su inicio y el panorama futuro no presagia que el conflicto armado se diluya tan rápidamente como se anuncia con entusiasmo desde Washington. El mundo encara, por tanto, un escenario de mayor incertidumbre, cuyas consecuencias son difíciles de anticipar. Sabemos cuándo entramos al túnel, pero no cuándo saldremos ni en qué condiciones veremos la luz al final.

Lo cierto es que este capítulo bélico de Estados Unidos e Israel contra el país gobernado por la teocracia iraní ofrece dos certezas: es la apuesta unipersonal más arriesgada y ambiciosa de Donald Trump para reconfigurar el mapa geopolítico mundial y al mismo tiempo, uno de los mayores riesgos para la paz y la estabilidad globales, ya de por sí sacudidas por la guerra en Ucrania y el conflicto palestino aún irresuelto.

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En América Latina, el panorama tampoco anticipa un mejor horizonte. Los acontecimientos en Venezuela, los procesos en curso en Cuba y la secuela en Colombia con su presidente, Gustavo Petro —presuntamente investigado por la DEA—, así como la sombra que se cierne sobre México, no dejan lugar a dudas de que la región atraviesa un periodo de cambio acelerado.

A la luz de este contexto, resulta pertinente analizar cuáles serían las principales repercusiones del conflicto en Medio Oriente para nuestro país, que, aunque geográficamente distante, no es ajeno a sus efectos.

Impacto económico

Es el más inmediato y tangible, particularmente en el precio de los energéticos. Como se ha señalado, por el estrecho de Ormuz – controlado por Irán- transita entre el 20% y el 30% del petróleo mundial, lo que ha impulsado el precio del crudo por encima de los 100 dólares.

Para México, esto implica una paradoja: por un lado, existe un efecto positivo limitado, ya que exporta petróleo y recibe mayores ingresos fiscales en el corto plazo; pero, por otro, el país continúa importando una proporción significativa de gasolina (entre 55% y 70%) desde Estados Unidos a precios más altos, lo que genera un balance negativo. México gana poco por exportar crudo, pero pierde más por importar combustibles.

El encarecimiento del petróleo impacta en el conjunto de la economía: alimentos, transporte e industria tenderán al alza. Aunque el precio de la gasolina se contenga mediante subsidios, ya se registran incrementos en diésel y turbosina, reflejados de inmediato en tarifas aéreas. Las presiones inflacionarias —al igual que en el resto del mundo— persistirán, mientras que el crecimiento, de por sí raquítico, previsiblemente se desacelerará aún más.

A ello se suma un problema estructural interno: el huachicol fiscal y la devastación ecológica en Veracruz y Tabasco —con su refinería Olmeca— proyectan internacionalmente la imagen de un país con debilidades en su gobernanza energética, atrapado entre corrupción estructural e impericia operativa.

Impacto en la relación bilateral

Aquí radica uno de los puntos más delicados. La relación entre México y Estados Unidos entra en una fase de tensión indirecta, pero tensión al fin. La coyuntura bélica refuerza la prioridad de la seguridad energética, donde México aparece como un socio relevante.

Esto podría fortalecer la relación, pero bajo condiciones más estrictas de alineamiento geopolítico. Washington tenderá a endurecer su política exterior y a reducir el margen de ambigüedad de sus socios estratégicos.

Este endurecimiento también se reflejará en temas como seguridad, crimen organizado y migración, que serán observados con mayor escrutinio. Estados Unidos difícilmente permitirá debilidades en su frontera sur que representen riesgos a su seguridad nacional, incluyendo amenazas no convencionales como el terrorismo islámico.

En el ámbito económico, podría presentarse un efecto rebote: el aumento de costos en Estados Unidos impactaría su crecimiento, afectando a México, que depende de ese mercado para cerca del 80% de sus exportaciones. Como lo indica la experiencia histórica, cuando Estados Unidos estornuda, México padece gripe.

Política exterior

En momentos de crisis internacionales pasadas, la diplomacia mexicana solía encontrar fórmulas creativas y eficaces para sortear escenarios complejos y salir bien librado. Sin embargo, en una reconfiguración global que exige definiciones claras, la política exterior actual parece inclinarse por una ambigüedad selectiva.

La relación con Estados Unidos ilustra esta bipolaridad. Mientras el discurso interno enfatiza soberanía y distancia, la realidad refleja una dependencia creciente. Comercio, energía y seguridad evidencian una relación mucho más estrecha que la narrativa. Como advertía Henry Kissinger, el orden internacional responde a equilibrios de poder, no a declaraciones de intención.

México intenta sostener una política exterior que proclama independencia mientras practica una cercanía pragmática. Una soberanía discursiva que, ante escenarios críticos como el conflicto en Irán, corre el riesgo de exhibir sus límites.

En el plano discursivo, la política exterior de la llamada “Cuarta Transformación” ha adoptado una defensa selectiva de regímenes como Cuba o Venezuela —y una cautelosa empatía hacia posturas afines en el caso iraní— bajo el amparo de principios históricos. Se condenan sanciones en nombre del humanismo, pero se omiten los déficits democráticos y de derechos humanos de dichos gobiernos.

Más allá del discurso, esta postura estaría encaminada a generar costos cada vez más elevados. Washington ha dejado claro que espera definiciones más nítidas y la cercanía política de México con ciertos regímenes autoritarios introduce fricciones innecesarias. Analistas y calificadoras advierten que estos vínculos podrían trasladar tensiones políticas a espacios clave como la revisión del T-MEC.

Una política exterior que dice ser principista a contentillo, pero que corre el riesgo de convertirse en inocua y perjudicial, lo que dejaría al país más encapsulado y con reducido margen de maniobra, justo en el momento que más lo necesita.

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