Hubo un tiempo en que una canción podía acompañarte años. No días. No una semana. Años. Bastaban los primeros segundos para que regresaran todos esos recuerdos, ya sabes, la calle donde caminabas, la persona que te gustaba, la manera en que el mundo parecía más grande de lo que era. La música además de entretener, era la memoria y el alma de muchas personas.
Milan Kundera alguna vez escribió que la memoria no guarda el pasado tal como ocurrió, sino tal como lo sentimos. Quizá por ello una canción puede convertirse en una especie de cápsula emocional, abre la puerta y todo vuelve a entrar al mismo tiempo. Tal vez por eso ciertas canciones sobreviven décadas.
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“Persiana Americana” de Soda Stereo apareció en 1986 y todavía hoy alguien la canta en un bar como si fuera nueva. “Bohemian Rhapsody” de Queen en 1975 y sigue encontrando generaciones que la descubren con asombro. “Cien años” de Pedro Infante sigue sonando en cantinas, bodas, fiestas familiares, como si la canción se negara a abandonar el mundo. Algo tienen esas canciones. Algo que las hace quedarse.
Sin embargo, el paisaje musical de hoy funciona con otra lógica. Una canción aparece el viernes, se vuelve tendencia el sábado, invade redes el domingo y el miércoles ya fue reemplazada por otra. No es un problema de talento, la historia de la música demuestra que el talento aparece en todas las épocas. El problema es el ritmo del consumo.
El sociólogo Zygmunt Bauman decía que vivimos en una “modernidad líquida”, una época en la que casi todo se vuelve transitorio, los trabajos, las relaciones, las modas, las certezas. La cultura musical también entra en ese flujo.
Las canciones ahora circulan como contenido rápido. Se reproducen unos segundos. Se guardan en una playlist. Se olvidan en la siguiente actualización del algoritmo. La paradoja es extraña. Nunca habíamos tenido tanta música disponible. Nunca habíamos escuchado tantas canciones. Y, al mismo tiempo, cada vez menos canciones logran quedarse.
En medio de esa velocidad, ocurre algo curioso. Las canciones que verdaderamente importan siguen resistiendo. A veces vuelven en una película. A veces alguien las descubre en un vinilo viejo. A veces un padre se las muestra a su hijo. Y de pronto ocurre el pequeño milagro cultural, una canción escrita hace cuarenta años vuelve a decir algo verdadero. Ahí es cuando uno recuerda algo que la tecnología no ha logrado cambiar.
Las canciones no viven en las plataformas, el streaming o las tendencias, viven en el alma de quienes las escuchamos. Las que nacen solo para acompañar una tendencia terminan desapareciendo con ella. Las que nacen con alma encuentran la manera de quedarse. Porque al final, incluso en una época obsesionada con la novedad, la música sigue persiguiendo el mismo objetivo de siempre: sobrevivir al olvido. Y quizá ahí está la verdadera prueba del tiempo.
Dentro de veinte años nadie recordará qué canción dominaba las tendencias esta semana. Nadie recordará qué algoritmo decidió qué debíamos escuchar. Pero alguien, en algún lugar, volverá a poner una canción vieja en una bocina pequeña o en unos audífonos gastados, y de pronto regresará un amor, una noche, una ciudad que ya no existe como antes.
La música puede adaptarse a todas las tecnologías, pero su verdadero lugar nunca ha sido el algoritmo. Siempre ha sido la memoria. Y la memoria —por fortuna— todavía no sabe cómo desechar lo que alguna vez nos salvó.
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