Podemos analizar lo ocurrido en México en estos días, de muchas maneras y desde diferentes perspectivas. Probablemente tantas como intereses nos muevan a hacerlo. Sé que una opinión más a estas alturas puede parecer, incluso, superflua.
No puedo, sin embargo, sustraerme a la tentación de hablar de la captura y muerte de El Mencho, misma que, en mi opinión -contrario a lo que con buen sentido debería suponerse-, genera más dudas que certezas, más inquietud que tranquilidad y más desesperanza que confianza en el futuro.
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Comencemos por las dudas. Evidentemente no podemos regatear al gobierno de la república los méritos que pueda tener el golpe al Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG), una organización criminal que ha alcanzado un poder inaudito y cuyos tentáculos llegan a prácticamente todo el mundo, con presencia en por lo menos cuarenta países.
Aún más: el CJNG ha diversificado su actividad al grado de terminar monopolizando la mayor parte de la actividad delincuencial en vastas zonas de México y de otros territorios más allá de nuestro país. Atendiendo a ello, no podemos sino reconocer que el golpe fue espectacular y es indudable que tendrá un impacto trascendental en la lucha contra el crimen organizado y todo lo que implica, incluida la relación entre los gobiernos mexicano y estadounidense.
Aún con todo ello, a partir del momento en que se dio a conocer la muerte de El Mencho, surgieron, como suele ocurrir en estos casos, una serie de dudas, algunas de las cuales merecían respuestas inmediatas que nunca se produjeron. Otras, al parecer, no tienen respuesta, ni la tendrán. Entre las más importantes, y ante la gran cantidad de informaciones contradictorias, fake news, rumores, opiniones mal y bienintencionadas, una buena parte de los mexicanos nos preguntábamos, por ejemplo, si había habido en la captura y muerte de El Mencho algún tipo de participación de los Estados Unidos y, en caso afirmativo, en qué medida y de qué tipo había sido dicha participación.
Al tiempo que nos hacíamos esa y otras preguntas, un rumor corría como reguero de pólvora en redes sociales, teniendo como única base la información oficial de que El Mencho había muerto mientras lo trasladaban herido a -supongo- algún hospital. Más por nuestra inveterada tendencia a la sospecha que porque hubiera alguna base real para creerlo, se decía que a El Mencho en realidad lo habían ejecutado durante el traslado con la única finalidad de callarlo de una vez y para siempre.
Otra duda que surgía conforme transcurrían las horas era acerca de la situación real en diferentes ciudades y zonas del país. Ante la catarata de noticias falsas y verdaderas, en cualesquiera de los formatos al uso, la mayoría de los mexicanos nos preguntábamos qué era lo que estaba pasando y cuál debía ser nuestro comportamiento en esos momentos ¿Podíamos salir de nuestras casas sin correr peligro? ¿Las fotografías y videos que circulaban acerca de bloqueos, incendios de vehículos, balaceras, etc., eran reales?
Eran horas en que las preguntas circulaban descontroladamente y las respuestas tenían más bien un carácter especulativo. Y entre todas ellas, una duda reinaba y sigue reinando sobre las demás: ¿Por qué el gobierno de la república no daba información oficial acerca de la situación en el país? ¿Por qué la Presidenta no apareció para transmitir un mensaje de tranquilidad o, en el peor de los casos, de alerta, a una ciudadanía que depositó en ella la responsabilidad de garantizar su paz y su seguridad? Posiblemente nunca lo sepamos.
El caso fue que, después de varias horas, la titular del Ejecutivo emitió un escueto mensaje a través de sus redes sociales, en el que, además de reconocer la labor de las fuerzas armadas, llamaba a mantener la calma, asegurando, contra toda evidencia, que en el país todo transcurría con normalidad.
Como estrategia me parece pésima y, como comportamiento, evidencia una falta de sensibilidad frente a una población que vive con miedo crónico; tanto que, mientras todo eso ocurría, lo que las redes sociales transmitían era algo bastante parecido a una psicosis colectiva. Me resulta verdaderamente extraño que, con el oficio político que siempre ha mostrado, la presidenta no parezca saber que, en casos como ese, los ciudadanos necesitamos certezas, seguridad, sin embargo, ella parecía estar tan desinformada como todos nosotros. ¿Lo estaba?
Y en ese contexto, el ánimo celebratorio que pudiera generar el descabezamiento de una de las organizaciones criminales más poderosas del mundo, se ve opacado, por la paradoja que el hecho encierra: la tranquilidad que debería suscitar un acontecimiento como ese, es inmediatamente desplazada por la inquietud acerca de lo que sigue. Los mexicanos sabemos, por experiencia, que, en ese tipo de casos, el remedio puede resultar peor que la enfermedad.
Podemos identificar a bote pronto dos consecuencias que ya conocemos: La primera, que una vez que el líder de una organización de ese tipo desaparece, se inicia una lucha interna por el control de la misma y que eso puede producir escisiones que den lugar a la formación de nuevas organizaciones, generando una escalada de violencia descontrolada, hasta que alguna de las facciones asume el control del territorio o del mercado en disputa.
Suele decirse que los cárteles son como la hidra mitológica, a la que cada vez que se le corta la cabeza le nacen dos más y a cada una de esas dos más y así sucesivamente. Eso en lo que se refiere a la cabeza, pero me parece que la verdadera fuerza de los cárteles estriba más bien en que estructural y funcionalmente responden, en lo interno, a una lógica rizomática.
En esa lógica, sus infinitas ramificaciones, que van de arriba hacia abajo, dan lugar a una estructura jerárquica que los vuelve no solo complejos, sino prácticamente inabarcables, lo que hace que acabar con ellos sea casi imposible. Eso sin tomar en cuenta sus indudables vínculos con funcionarios de todos los niveles: gobernadores, alcaldes, jueces, policías, etc. Es por todo eso que la aprehensión y muerte de El Mencho, aunque en principio nos parezca algo positivo, no nos tranquiliza; nos inquieta.
Finalmente, los mexicanos hemos ido perdiendo la capacidad de ilusionarnos. El territorio en el que nos sentimos más cómodos es el de la desilusión, el de la desesperanza. Tarde o temprano caemos en ella y no porque nos guste o por una suerte de masoquismo colectivo, sino porque, por lo menos, nos da la certeza de saber en dónde estamos parados realmente. Con ello eliminamos la posibilidad de sentirnos engañados.
Aunque lo ocurrido el domingo sea una demostración de fuerza del actual gobierno y una evidencia, aún sin confirmar plenamente, de que hay colaboración del gobierno norteamericano en la lucha contra las poderosísimas bandas del crimen organizado en México, eso no nos lleva a ilusionarnos, por lo menos en relación con el futuro cercano.
Con el tiempo hemos aprendido que esto no se acabará de un día para otro y que por mucha voluntad que haya se necesita mucho más que eso. Aún si el gobierno en turno -el que sea- tuviera la plena voluntad de acabar con el problema, la tarea es sumamente compleja, pues no se agota en la configuración de una estructura humana y material que permita enfrentar con eficacia a las grandes bandas criminales, sino que, más allá de ello, es necesaria una labor exhaustiva y sumamente complicada de desmantelamiento de los intereses involucrados en eso que a estas alturas llamamos con tanta naturalidad crimen organizado. Porque sabemos todo eso, es que nos hemos acostumbrado a vivir en la desesperanza. Es una pena, pero así es.