Muchas veces, quienes nos dedicamos a hacer análisis político o social de cualquier tipo, tenemos la sensación de que la realidad va delante de nosotros; de que casi siempre vamos detrás de ella y de que nunca logramos alcanzarla. En los últimos tiempos esa sensación se exacerba, los temas de análisis se solapan unos a otros y cuando apenas estamos pensando en qué clase de análisis merece tal o cuál hecho, este ya está siendo desplazado del interés público por uno más reciente.
Una de las consecuencias que tiene esa dinámica es la banalización de lo importante en favor de la sobrevaloración de lo banal. Algunas veces esa inversión de valores es consecuencia de la inercia propia de la información masiva, pero otras provienen del poder mismo, lo que no es extraño, pero tampoco es políticamente sano.
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No es necesaria mayor explicación al respecto: es una práctica común de los gobiernos, cuando los buenos argumentos escasean, dar golpes de efecto o soltar ocurrencias, que, si bien, pueden generar polémica, son suficientes para distraer la atención de la opinión pública, al menos por un rato. Andrés Manuel López Obrador era un maestro en el uso de ese tipo de mecanismos. Se trata de algo que podríamos definir como microestrategias del poder.
Apenas el pasado lunes se produjo una extraña circunstancia que ejemplifica con claridad la puesta en práctica de esas microestrategias. Ante un fin de semana por demás violento, lo deseable era que la titular del Ejecutivo se posicionara en relación con la masacre de Salamanca, Guanajuato, en la que once personas fueron asesinadas y por lo menos doce más resultaron gravemente heridas.
Sin embargo, la presidenta se limitó a “informar” que había un comunicado de la fiscalía de Guanajuato y cuando el periodista que la cuestionaba al respecto, quiso seguirlo haciendo, la mandataria, visiblemente molesta, cortó abruptamente la pregunta y reiteró categórica que el asunto estaba en manos de la fiscalía de Guanajuato. La presidenta dedico al asesinato masivo, exactamente 45 segundos, dentro de los que hay que incluir la segunda pregunta del mencionado reportero.
Por el contrario, en el contexto de ese hecho gravísimo y de los cuestionables gastos de la Suprema Corte en la millonaria compra de camionetas y togas para uso de los ministros, la presidenta Sheinbaum dedicó más de dos minutos a informar con lujo de detalles, el grave problema que para la nación representa el que una gran cantidad de jóvenes se vayan a perder la presentación de un grupo de adolescentes sudcoreanos para los que hubo solamente 150 mil boletos y no un millón que, al parecer, era el número de fans que querían ver a esa especie de réplica asiática del grupo Menudo de los años ochenta.
Tan importante le pareció a la presidenta tal tragedia juvenil, que, como informó, no sólo se comunicó con los organizadores del evento, sino que le envió al primer ministro sudcoreano una carta solicitando una ampliación en el número de presentaciones del grupo en cuestión. Al parecer a la Presidenta le pareció muy graciosa la ocurrencia, pues no paró de reír mientras contaba acerca del problema y de las gestiones que había hecho para resolverlo. Me pregunto qué pensará el Secretario de Relaciones Exteriores, si aun tiene la posibilidad de pensar algo.
Como sea, lo que a todas luces parece una maniobra distractora, nos obliga a ser suspicaces: no dudo que la presidenta se las arregle para traer al grupo de marras al zócalo antes de las elecciones del 2027. Entonces, la cosa ya no será tan nimia, hablamos de voto juvenil, no le busquemos más. Astucia le sobra, lo reconozco.
Ofrezco al lector/la lectora una disculpa por extenderme tanto en un simple ejemplo, acerca de la estrecha relación entre lo que he llamado microestrategias del poder, la necesidad de distraer y la banalización de la política, cuyas consecuencias, paradójicamente, no siempre son banales. Todo ello no era en realidad más que un pretexto para hablar de la importancia de que, quienes de una u otra forma nos dedicamos al análisis de la realidad social y política desde una perspectiva crítica y tenemos la fortuna de contar con espacios para hablar de ello, nos planteemos la necesidad de elaborar lo que podríamos llamar una agenda fuerte para México.
Una agenda crítica que, al margen de estrategias y microestrategias, de ocurrencias y caprichos del poder en turno, mantenga en el centro del debate los grandes temas de nuestra vida pública, todos inacabados, todos en deuda con nosotros mismos: la soberanía, la democracia, la educación, la justicia; todos ellos sumamente complejos, dadas las articulaciones que los constituyen.
Hablar de una agenda fuerte, fundada en la crítica del poder, lo detente quien lo detente, es hablar también de una lucha contra el simplismo, contra el populismo, contra la mendacidad, contra la corrupción en todas sus formas, contra la ingobernabilidad y, sobre todo, contra cualquier forma de autoritarismo. Es, en pocas palabras, hablar de una lucha por la libertad de pensamiento y acción y por una democracia sin trampas ni subterfugios. No hay mejor forma de lograr la justicia y la equidad que un país como el nuestro merece.