Sábado, 16 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Sistema Seguro (IV): Infraestructura que salva vidas

Las personas cometerán errores, por lo que el espacio público debe estar diseñado para anticiparlos

Armando Pliego Ishikawa

Especialista en seguridad vial con diez años de experiencia desde el sector público y ahora desde la sociedad civil. Trabaja en la promoción de políticas públicas para ciudades más seguras y sustentables con la Coalición Movilidad Segura en México. Es egresado de la Clase 2024 del programa Planning the Cycling City en la Universidad de Ámsterdam.

Miércoles, Febrero 4, 2026

Cuando ocurre un siniestro vial grave, la atención suele centrarse en las personas involucradas. Se busca quién falló, quién no respetó una regla o quién cometió un error. Mucho menos frecuente es mirar la infraestructura.

Sin embargo, desde el enfoque de Sistema Seguro, las calles, cruces y vialidades no son sólo el lugar donde los siniestros pueden ocurrir, sino uno de los factores que explican por qué se evitan o suceden y, en caso de ocurrir, definen si los involucrados sufrirán lesiones que pongan o no riesgo sus vidas.

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La visión de la infraestructura segura desde el enfoque sistémico parte de una premisa básica: las personas van a cometer errores por lo que el espacio público debe estar diseñado para anticipar esos errores y evitar que se traduzcan en muertes o lesiones graves, procurando reducir la energía de los impactos, las oportunidades de conflicto y la exposición al riesgo de los participantes de un sistema en movimiento.

Esto implica geometrías que inducen velocidades más bajas, cruces visibles y cortos, separación de flujos incompatibles de masas y de velocidades, y diseños que hacen predecible lo que va a ocurrir, como carriles bien definidos, elementos de confinamiento, señalización o texturas diferenciadas en los pavimentos. Se entiende que una calle segura no debe depender de que todo el mundo haga lo correcto todo el tiempo, si no de que un error no le cueste la vida a nadie.

Cuando se plantean estos principios como parte esencial de las políticas para intervenir las calles, la implementación de estos criterios en el espacio público siempre generará incomodidades. Se trata de cambios y los cambios muchas veces generan resistencia por miedo o incertidumbre, y en no pocas ocasiones generan incomodidades.

La ciclovía de Zavaleta es un buen ejemplo de cómo la infraestructura puede convertirse en un campo de disputa pública. Se trata de un corredor caracterizado por arrancones nocturnos, congestión durante el día y banquetas constantemente invadidas por autos estacionados, donde la intención de implementar infraestructura ciclista hizo visibles algunos de estos problemas.

La resistencia que ha generado suele presentarse como un conflicto de convivencia entre usuarios. Sin embargo, en el fondo se trata de una disputa por el espacio: el tramo donde se proyecta la ciclovía es visto por locatarios y propietarios como una extensión de su predio. Así, se pretende equiparar la necesidad de mantener estacionamiento ilegal, pero tolerado con la necesidad de seguridad para peatones y ciclistas, argumentando que todas las partes deben ceder, pero la seguridad no es negociable y debe ser el punto de partida de la discusión de qué hacer con su diseño.

Desde el enfoque de Sistema Seguro, separar a los usuarios más vulnerables del tránsito motorizado por masas y velocidades es una medida básica de reducción de riesgo. Las ciclovías además de brindar un espacio exclusivo de circulación para vehículos no motorizados, también reducen la probabilidad de que un error termine en una lesión grave o una muerte, ya que ordenan por consecuencia la circulación de los motorizados también, al definir mejor los carriles vehiculares.

Un ejemplo es el caso de Insurgentes en CDMX, donde tras la creación de la ciclovía, todos los accidentes vehiculares disminuyeron a la mitad, como reveló la investigación de mi amigo Francisco Soní.

El caso de la Atlixcáyotl muestra con aún mayor claridad cómo una decisión de diseño puede aumentar la exposición al riesgo. Ahí se cancelaron semáforos y un paso peatonal a nivel de piso para sustituirlo por escaleras eléctricas y elevadores frente al CCU, con el objetivo explícito de garantizar la circulación continua de automóviles. La decisión se dio en el contexto de una serie de intervenciones orientadas a acelerar la Vía Atlixcáyotl, una vialidad que en los últimos años ha registrado un incremento sostenido de siniestros viales, con consecuencias cada vez más graves y, en no pocos casos, fatales.

Desde la lógica del Sistema Seguro, esta decisión es profundamente problemática. En lugar de reducir el riesgo, se opta por desplazarlo. El conflicto no desaparece, sino que se transfiere, pasando de la incomodidad de quien esperaba sentado en su vehículo a que el semáforo diera el verde, al esfuerzo físico adicional, al tiempo perdido y a la exclusión de quienes no pueden o no deben usar escaleras. El peatón deja de ser el parámetro del diseño y se convierte en un obstáculo que debe ser retirado para que el automóvil no se detenga. Las escaleras eléctricas y elevadores nuevos, son infraestructura que beneficia al usuario de automóvil, a costa de la conveniencia y accesibilidad del peatón.

La infraestructura segura debe hacer exactamente lo contrario. No busca esconder a las personas para que los autos fluyan sin interrupciones, sino pacificar la circulación motorizada para que el cruce a nivel de piso sea posible y seguro. Cancelar pasos peatonales en una vía urbana compleja no es una decisión técnica neutral: es una decisión política que prioriza la velocidad vehicular por encima de la seguridad y la accesibilidad, incluso cuando la evidencia muestra que el riesgo va en aumento.

Además, estas decisiones deben entenderse desde el modelo territorial que las sostiene. La nueva obra anunciada del Periférico al oriente de la ciudad no es sólo es infraestructura de movilidad, sino también infraestructura de expansión urbana. Cada vialidad “rápida” que pretende conectar comunidades alejadas habilita nuevo suelo para la especulación, extiende distancias a recorrer al fomentar el desplazamiento del centro a las periferias, y refuerza la dependencia del automóvil como única forma viable de desplazamiento entre estos nuevos polos atractores, profundizando desigualdades.

Las consecuencias urbanas y ambientales impactarán la ciudad por las siguientes décadas y puede tratarse de una de las decisiones urbanas para la zona metropolitana más trascendentes. No debe tomarse a la ligera y se requiere una discusión amplia, informada y pública, con participación de sectores académicos y especialistas técnicos. Las implicaciones que este periférico representa son enormes, y merecen su propia reflexión.

Donde hay expansión dispersa habilitada por este tipo de vías, hay más viajes largos y mayor proporción de viajes en automóvil. Donde hay más viajes largos en auto, hay mayor exposición al riesgo vial. Y donde la infraestructura se diseña para circular rápido, los siniestros son más graves. La ciudad se expande horizontalmente y encareciendo servicios e incrementando riesgos.

La infraestructura, como la velocidad o el vehículo, nunca es neutral. Decide qué conflictos se toleran y quién paga el costo cuando algo sale mal. Invertir en ciclovías, cruces seguros y pasos peatonales a nivel de piso reduce el riesgo hoy. Invertir en vialidades rápidas sin una estrategia clara de contención urbana traslada el riesgo al futuro y puede liberar mayor potencial para reproducir y apuntalar las desigualdades que pretende combatir.

@dobbyloca
armandoishikawa@gmail.com

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