Vergonzoso, sí, el concurso de fisicoculturismo que lanza la BUAP como una actividad deportiva más. Pero al mismo tiempo nada sorprendente en una institución que ha convertido la banalidad en el principio institucional que rige su vida en conjunto.
Lo que hay que subrayar es que lo único que sostiene ese deporte es un peligroso culto al cuerpo y su dimensión expositiva, apuntalados por una ambición narcisista, una ambición que reduce la perfección a la masa corporal a través de un conjunto de “ dispositivos de control” sobre el propio cuerpo: la ortopedia como instrumento político, que exaltó, de modo especial, el nazismo o “el mundo feliz” de Huxley, que tiende a anular todo conflicto con los otros y, en nuestro caso, con el propio cuerpo. Para retomar a Byung Chul Han, el rechazo de la negatividad.
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Al mismo tiempo, no puedo pasar por alto, señalar el peligro a la salud que implica una práctica así, al someter a sus participantes a dietas extremas y al consumo de sustancias químicas para aumentar la masa muscular.
La pregunta que ha recorrido prácticamente todas las culturas acerca de si estamos en un cuerpo o somos un cuerpo, queda respondida en el mundo contemporáneo a través de toda la industria que gira en torno a él y se sostiene, en buena medida, en la sustancialización del propio cuerpo.
Para recurrir al psicoanálisis lacaniano, a lo que asistimos es a una especie de aplastamiento entre el registro imaginario y el registro real del cuerpo, y por otra parte, el cuerpo como objeto del poder.
Para volver al psicoanálisis, pero ahora con Freud, ¿qué dimensión erótica pone en juego el fisicoculturismo? El de las pulsiones parciales, sin duda, porque como estrategia ortopédica, el principio que rige el fisicoculturismo es el trabajo sobre partes del cuerpo y el correspondiente placer que ello implica.
El fisicoculturismo ni siquiera pone al cuerpo como totalidad en relación al otro; lo suyo es la reproducción del propio cuerpo: «El objeto de placer es mi propio cuerpo y la “superación de sus imperfecciones».