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OPINIÓN

Las barbas del vecino y otros motivos de preocupación

No había llegado Maduro a EUA, cuando ya Trump estaba amenazando con tomar acciones contra México

Eduardo R. Villegas

Doctor en Psicología Social. Profesor-investigador de la BUAP durante 35 años. Director General de Pluriversia, Espacio de Investigación y Estudios Críticos. Es autor de capítulos de libros y artículos en revistas especializadas y de numerosos artículos de opinión.

 
 
 
 

Miércoles, Enero 7, 2026

Uno de los grandes inicios, entre las obras de la literatura mexicana, es aquel de la novela Dos crímenes de Jorge Ibargüengoitia, cuyo primer párrafo dice: La historia que voy a contar empieza una noche en que la policía violó la constitución. La frase, a pesar de su brutal realismo, mueve a risa, justamente por eso: es tan realista que convierte una obviedad en una ironía genial.

Pues bien, la historia que todos estamos contando desde hace varios días empieza una noche en que el gobierno de los Estados Unidos de América violó la soberanía de un país y todo aquello que pueda ser violado en lo referente a tratados y leyes internacionales.

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El problema es que en este caso lo que hay es realismo puro y duro, sin ironía ni gracia alguna y, en mi caso, sin posibilidad de terminar de entender cómo puede haber quien festeje un hecho que, en mi opinión, debería de tenernos, por lo menos a todos los latinoamericanos, profundamente preocupados.

Si asumimos que el Congreso norteamericano nunca aprobó las acciones militares sobre Venezuela y que una parte significativa de demócratas y algunos republicanos han desaprobado categóricamente tales acciones, el hecho en cuestión se convierte en una invasión norteamericana atípica e ilegal, incluso dentro del propio país invasor.

No deja de resultar irónico que si algún gobernante sudamericano o africano tuviera las características que tiene Trump y actuara como él actúa, violando permanentemente las leyes de su propio país y haciendo lo que le viene en gana, ya el mundo entero estaría llamándolo sátrapa, dictador y reclamando su salida y la intervención de las instancias internacionales y todo aquello que se suele hacer cuando se trata de países “menores de edad”. Pero no: en realidad quienes han llamado dictador o sátrapa a Maduro son los mismos que miran con respeto y admiración a Trump y aplauden sus acciones.

Pero volviendo al tema de las violaciones del gobernante norteamericano al derecho internacional y a las leyes de su propio país, tenemos que reconocer que quienes realmente invadieron Venezuela fueron Trump y su gobierno, tomando decisiones importantísimas al margen de las instituciones del Estado constitucionalmente habilitadas para autorizarlas.

Vaya, que esta vez no se trató de la acción de un país depredador como estamos acostumbrados a ver a los Estados Unidos, sino de un gobierno depredador, cuyas decisiones no son atribuibles a una política de Estado sino a las obsesiones, caprichos y delirios personales del gobernante.  Sin embargo, todo ello no aminora en lo más mínimo los motivos de preocupación que todos tenemos, pero que muchos, muchísimos, parecen no entender. Es evidente el interés de Trump por los recursos naturales de los que tan necesitado está su país, para seguir compitiendo.

Trump y su gobierno no están donde están por azares o caprichos de la historia, sino porque precisamente son la expresión de un momento sumamente crítico de la historia estadounidense: el de su más que evidente pérdida de hegemonía, el de su decadencia económica, el de su descrédito moral frente a las demás potencias y frente a los dueños del mundo que no parecen tener ningún interés en jugársela por un poder cada vez más carente de recursos y de capacidad de maniobra frente al crecimiento y fortalecimiento de las otras dos grandes potencias que sin ningún reparo y, desde su perspectiva, con plenos derechos, le disputan ya no su parte del pastel, sino el pastel entero con todo y muñequitos.

Esa es realmente la razón de las invasiones trumpianas pasadas, presentes y futuras: los recursos que le son tan necesarios al país que gobierna para seguir en la pelea por la hegemonía. Se trata de una bestia amenazada peleando por mantener su dominio en el territorio en el que hasta hace no mucho tiempo era ama y señora.

Hace menos de dos semanas tropas norteamericanas atacaron objetivos en Nigeria en una invasión menos publicitada que la de Venezuela, pero invasión al fin. El motivo oficial: detener la matanza de cristianos por parte del Estado Islámico. Lo más probable es que los cristianos sean lo que menos les importe a Trump y a su gobierno y que su principal interés tenga que ver en realidad con las enormes reservas de hidrocarburos, así como los recursos minerales y las llamadas tierras raras que posee el país africano y que resultan fundamentales para la fabricación de armamento y para el desarrollo de nuevas tecnologías.

El caso de Venezuela es, como todos sabemos, mucho más evidente: Trump no ha ocultado en ningún momento que va por el petróleo venezolano, haciendo uso del derecho norteamericano a cobrarse por las buenas o por las malas las antiguas inversiones norteamericanas en la infraestructura petrolera venezolana, que, por lo demás, está casi en ruinas. Excelente motivo para que el gobierno norteamericano asuma su papel de salvador y, una vez recuperada la funcionalidad de las instalaciones petroleras, cobre lo que tenga que cobrar en un país que tiene las reservas de hidrocarburos más grandes del mundo.

Justamente por eso me sorprende el júbilo y el inexplicable optimismo con el que ha sido festejada la invasión al país sudamericano. Sin embargo, me da la impresión de que conforme han ido transcurriendo las horas y los días, el festejo y el júbilo han ido dando paso a la decepción: primero, no parece que vaya a haber un cambio real de estafeta en el gobierno venezolano.

Detener a Maduro y a su esposa no es desmantelar el régimen. Quien quede al frente, aun tratándose de los propios bolivarianos, a Trump le da más o menos igual, siempre y cuando sea él quien determine el destino de Venezuela para los próximos años. Tal vez termine conviniéndole más, la permanencia negociada del gobierno bolivariano que un nuevo régimen sometido a los vaivenes de la democracia y de las presiones internas. Esa es la razón por la que nuevamente parecen quedar al margen personajes como Edmundo González y María Corina Machado, cuyo entreguismo ha resultado vergonzoso, por decir lo menos. Así que, ¿qué era lo que se festejaba?, ¿Venezuela libre?, ¿en serio?

Más allá de todo eso, preocupa la narrativa que, a partir de las amenazas de ir por Maduro y su cumplimiento, se ha ido construyendo en torno a lo que podría seguir para la región. No bien había llegado Maduro a los Estados Unidos, cuando ya Trump estaba amenazando con tomar acciones contra México por la amenaza que el narcotráfico representa para la seguridad de los Estados Unidos. Lo único que falta es que Trump acuse de genocidio a México por sus drogadictos muertos. No falta mucho, se los aseguro.

Decían las abuelas de quienes nacimos todavía faltando mucho para terminar el siglo pasado: cuando veas las barbas de tu vecino cortar, pon las tuyas a remojar. Pues la primera parte del dicho ya ocurrió y la amenaza se cierne casi inexorablemente sobre otros países o territorios sobre los que Trump tiene un interés particular: Colombia, México, Groenlandia. En los tres reclama Trump vindicación por afrentas de diferentes tipos.

Lo anterior induce por lo menos a hacernos dos preguntas: ¿Hasta donde está dispuesto a llegar Trump? y ¿qué debemos hacer ante la amenaza que representa? Me parece que es un buen momento para sentarnos todos a tomar acuerdos sobre el futuro de México. ¿Se podrá?

 

 

 

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